lunes, 4 de abril de 2016

Los estragos de la septicemia





En un pequeño frasco
bañadas en éter
como un tesoro conservaba mis anginas.

Me gustaba verlas
que me contara esa historia tan cruda.
Y cada vez que me acordaba
le pedía que me las enseñara.

Entonces ella
las sacaba del cajón donde las tenía
y me las mostraba.

No eran gran cosa
como un par de huesos de albaricoque
mal comidos
rodeados aún de carne.
Y joder, casi que me llevan
al otro barrio
sin apenas conocer este.

Por suerte, mamá
no consintió durante seis largos meses
no, no y no―
que los médicos me cortarán
mi maltrecha pierna izquierda.

Me cuesta imaginar
en qué lugar de su armario ropero
la hubiese guardado.






acróbata



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