viernes, 28 de agosto de 2015

Día 2 (fragmento III)





      Nos alcanza la noche, de pleno. Ya en el cielo del Oeste, ni atisbo del reciente atardecer encendido, donde rojos, azules y malvas, competían en protagonismo. Y hasta hace nada, nosotros: aguas arriba, aguas abajo, recorríamos en barcaza este viejo París de cuadro de museo. Ahora, de la mano, con el corazón ligero y la sonrisa en los labios, entre el río de gentes anónimas, como simples hojas en volandas. Caminamos de espaldas al martes que termina, cruzando puentes tendidos por encima del oscuro Sena, de cara al presente inmediato que nos lleva, al que vamos.
      Ahí delante, Trocadero. Y no sólo en el recuerdo la luz vertical de la Torre, faro sin parpadeos para navegantes de tierra adentro que apunta al cielo, guía de tantas miradas con sus más de trescientos metros desafiando al suelo. También aquí presente, porque aun alejándonos a cada paso del amplio paraguas de su sombra, continuamos estando a sus pies, como lo que somos: hormigas en semana de cigarra.
Junto a los primeros escalones de esta plaza monumental, y sus fuentes por momentos dormidas, detenemos nuestro progresivo alejamiento, volteamos la mirada: y sobre el espejo calmo de una de sus albercas escasamente poblada de aguas, a nuestros pies, también ella, la obra magna del gran ingeniero Eifell. Al igual que un sueño líquido de luz y magia que tiembla presa de nuestros ojos, o quizá por la brisa fría de la noche, quién sabe. Nos acercamos más, abducidos por el espejismo, nos agachamos y con nuestros dedos rompemos ligeramente su reflejo, la quietud áurea de aguas que invita a probar suerte.
      Imposible atrapar los sueños para retenerlos entre las palmas de las manos, no son simples luciérnagas que se dejan querer. Son más, mucho más: luz, instantes sin cuerpo, que sí, traspasan la epidermis llegando hasta el mismo hueso, mas sólo alcanzan a ser sentidos como unos labios en la piel por un instante. Por suerte, también dan para ser guardados en la memoria y en el corazón. Eso hacemos y no conforme, aquí: lugar de letras y confidencias, intento atesorarlos alargando en detalles su imborrable recuerdo.
      Durante unos pocos minutos, quizá ni eso, unos cuantos parpadeos, hemos vivido la ilusión de tener la naturaleza carnal de la luz de esta ciudad rozando la yema de los dedos, casi al alcance de las manos. Y su Torre a nuestros pies, temblando de emoción, como aguardando este abrazo tuyo y mío que ahora mismo nos damos cerrando el círculo.
      Fue un sueño hecho realidad y así lo hemos vivido.





acróbata



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