martes, 26 de mayo de 2015

La sirena de la playa de poniente





      Verano. Una noche de luna llena, junto al mar. Tarde, más allá de las tres de la mañana. Y antes de recogerme, me asalta el deseo de darme un baño con el que quitarme de encima el pegajoso calor de esas fechas. Abandono el paseo, a esas horas casi en sombras bajo la luz cansada de las viejas farolas. Y, aprovechando la soledad de la playa desierta, me desnudo, por completo: así es como más se gozan los baños. Al caminar hacia la orilla, ya lamiendo la humedad salina las plantas de mis pies, de repente: una mujer. Morena, pelo largo, mirada de océano. Una belleza de mujer, y también completamente desnuda. Yo paralizado por la sorpresa, como una piedra, anclado al suelo. Sonríe ligeramente, viene hacia mí, se acerca sin ningún pudor. Y ya a mi altura, cerca, muy cerca, me toma de la mano, me mira a los ojos, y me dice: <<vamos>>. Me guía con decisión, sin el más mínimo gesto de fuerza o arrebato. Yo me dejo hacer. Me conduce hasta las aguas oscuras, en calma.
      Una vez dentro, ya cubiertos y cómplices del silencio de estrellas, ahora roto por nuestros deseos agitándose: me abraza, nos besamos, hacemos el amor. Llenos de pasión y ternura a partes iguales, enteros el uno en el otro y bien mojados. Ella rodeando mi cuello y su boca en mi boca. Y yo en ella, bien dentro, entre sus piernas, las mismas que abrazan mi cintura y acompasan el latir de dos cuerpos en uno. Arde Troya, los fuegos griegos no los apaga ni tan siquiera el mar.
      Y tras la agitación, el pequeño temporal, rota la quietud de la noche que no alcanza ni a apagar con su respiración la llama de una vela, ya exhaustos, la invito a salir fuera, donde el mundo y su realidad mordiendo los pies. Iniciamos el regreso, echamos a caminar juntos, aún con nuestros cuerpos sumergidos, cubiertos de inmensidad. Entonces se suelta de mi mano un instante, me adelanto un poco, me siento algo destemplado, un escalofrío recorre mi columna vertebral. Y al salir, pisando de nuevo suelo conocido, tierra firme, volteo la cabeza, buscándola. Y a mi espalda: nada. Sólo alcanzo a ver el ligero chapoteo de algo, alguien que se acaba de sumergir y rompe con ello la quietud negra del espejo de aguas de la luna. Y ondas. Ondas y más ondas, como ecos de un grito mudo, que mansas vienen a morir a la orilla, junto a mis pies sucios de arena y algas.
      Más de una hora, y de dos, permanecí allí: llamándola, buscándola, desesperándome. Incluso, a pesar del repentino miedo que me entró, acerté a meterme de nuevo y braceando, removí las aguas que me rodeaban bajo la impenetrable oscuridad. Quería, temía también, hallar algo, tocar quizá un cuerpo frío, inerte, ahogado. Y nada, ni rastro. Alivio, aunque no el suficiente.
      Y con el alba apuntando por el horizonte, acabé por darme por vencido. Llegué a casa: derrotado, nervioso, imposible conciliar el sueño a pesar del cansancio extremo. Qué hacer. Qué me había pasado esa noche. Venga vueltas a la cabeza. Imposible llegar a ninguna conclusión que me dejara conforme, que trajera algo de paz.
      Mas con la luz y el lento discurrir de los días, aquellas sensaciones mías, por suerte, fueron apaciguándose. Y más cuando no se denunció ninguna desaparición, nada. Ni por supuesto se halló cuerpo alguno ahogado. Nunca le conté a nadie esta experiencia que ni yo mismo alcanzaba a creer. Cómo hacerlo.
      Fue entonces cuando tomé la determinación: abandonaría ciertos hábitos solitarios recién adquiridos ese mismo verano. Pero a lo que no renuncié fue a los baños nocturnos. 
      Quizá nada fue real, es lo mismo, ya hace tanto. Aunque en ocasiones, cuando la oscuridad marina me rodea por completo, siento una presencia cercana, tan cercana. Nunca se sabe, igual cualquier otra extraña noche de verano está esperándome, ahí, en cualquier orilla desierta. Y aquello que sigo sin explicarme, sale de nuevo a mi encuentro y confirma: que lo irreal, también a veces, existe.



acróbata



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