lunes, 25 de mayo de 2015

99




Qué hora es.

Temprano, afortunado
las ocho y algo.

Al poco:
mamá, la hora
que ya es tarde.

Pero si acabas de preguntármelo
hace nada, cinco minutos
las ocho y media.

Y por qué no traen la leche.

No quería mentirme
mamá no quería hacerlo
pero tampoco decirme el motivo.
Me tenían en ayunas
tocaba bajarme a quirófano
una vez más.

Y al rato, por la puerta
de la habitación
los de las batas blancas
a por mí.
Y el horror, los monstruos
de mis peores pesadillas:

Mamá no dejes que me lleven.
Mamá, por favor.
Mamá.

Y ella, sus manos por mi cara
sus labios en mi frente
y su voz dulce, arrullándome:
tranquilo cariño
tienen que hacerlo
es para ponerte bueno.

Y entonces, con la cama
tomando el largo pasillo:
mala, mala
no te quiero, ya no te quiero
eres mala
dejas que me lleven
que me hagan daño.

Y ya en las puertas del ascensor
submarino de acero
descendiendo a los infiernos
la locura
mi grito en el cielo
el de un niño de tres años
que no conocía el significado real
de muchas palabras
pero sí sabía nombrarlas
y bien a las claras:
puta, puta.

Y el llanto.
El mío, y el de mamá.

Qué mal hijo has sido
afortunado.

Qué malo.






acróbata



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