miércoles, 1 de abril de 2015

Yo quiero una Stratocaster.




La felicidad es un pan y son tortas. Hambre y empacho. Satisfacción y escasez. Miga tierna que se deshace en la boca al contacto de la saliva como los calostros de una buena madre que sólo piensa en alimentarte —ay, pobre de mí, yo quiero una Gibson donde tocarme nanas que acunen su ausencia. Y hostias de padre cura no me pillará a mí en el confesionario, ni sentado y menos aún de rodillas, aguardando monsergas y perdones. Tendrá que dármelas aliándose con la mano larga de la vida que te cruzan la cara de lado a lado. La felicidad se tiene y no se tiene. Porque esto, la vida, dura mucho y nada, nunca demasiado. Y todo no se puede tener a todas horas. Ni lo bueno. Y por fortuna tampoco lo malo.

Soy feliz a ratos. Y a ratos no. Maldito tiempo, auténtico dominador del escenario. Porque yo me hice persona para interpretarme. Nunca actor que aprenda a vivir la realidad. Y en ocasiones, a pesar del ensayo diario, olvido el guión, confundo el papel. Me lío. Me lío. Y soy feliz cuando toca llantera, pañuelo de mocos —pronto, mi bote de lágrimas— y día gris. Y algunas veces, lo contrario. Luego truena, el mundo se sorprende y dice: <<oh>>. Corren, como posesos, a refugiarse en sus casas pequeñitas, bajo sus techos enanos que amenazan con aplastarlos junto a sus miedos. Y yo, asomado al mundo, rompiendo nubes con la mirada, pocas, no todas: <<qué llueva, qué llueva, la Virgen de la cueva...>>(ponedle música y cantad), mientras sale el sol con rabia desabrigándose de tanto jersey de cuello alto y chaqueta de lana, y planta un arco iris perfecto con el compás de sus rayos. Entonces yo me encomiendo a él, desnudo de todo lo que me sobra. Y bailo bajo la lluvia a lo Gene Kelly —¿de ahí que me alguien pueda pensar que soy un abrazafarolas? Pregunto, no sé— Pero ésta cesa enseguida. Y yo bailo. Y bailo. Ya seco. Ya empapado en sudor —menudo infeliz— y entonces, al poco, cansado y resoplando por el calor, siento el ligero escozor. A la noche como una gamba: quemada mi piel, ampollas por la espalda, y a ver quién duerme. Y esa es la felicidad, una exaltación que acaba dejándote en cama, pensativo y en ocasiones dolorido por la pérdida. Pero, qué sería esta vida sin los sube y baja del tobogán, de esta montaña rusa.

Por cierto, en momentos de euforia, quiero una stratocaster —no es mi cumpleaños, queda lejos aún, pero...yo os quiero igual, y más a quien me la regale—. El tema es dar la tabarra, a guitarrazos, con ruido, mucho ruido. Y que nunca, nunca, dejemos de hallar motivos para faltarle el respeto al silencio.




acróbata



2 comentarios:

  1. Un excelente texto,... me quedaron estas letras dando vueltas "Soy feliz a ratos. Y a ratos no.
    Quizás fue porque me identifiqué demasiado con ellas o me identifiqué demasiado con tu texto.
    Te dejo un saludo y me quedo para seguirte.

    http://bajolalupadegiglio.blogspot.com/

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  2. Gracias y bienvenida, Gigliola.

    Saludos cordiales.

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