sábado, 4 de abril de 2015

Qué fumaban en Tierra Santa.




Resucité al tercer día. Absurdo invento”.
Extremoduro.



Mi viejo agnosticismo de andar por casa. Y la tentación rubia del ateísmo en bragas. Todo aquí, donde el milagro de la sinapsis y la luz que produce destellos en un mundo de materia gris envuelto en sombras. En otra ocasión tal vez hablemos de lucidez y otros hierros de marcar al rojo vivo. Hoy no quiero.

¿Cuándo es domingo?

El hombre hace y deshace. Imagina y destruye. Y luego Dios, esa figura literaria de palo y cera que hace bonito en las conciencias y arde en muchos corazones. ¿Pobres mentes? ¿Afortunados músculos de sangre y latidos? Sobre el papel humo, humo, en un mundo envuelto en tinieblas.

Ayer fue viernes y santo. Hoy sábado por todo el día. Y el Dios hombre continúa muerto y bien muerto. ―¿Dónde está el cuerpo, la prueba del delito?― Eso preguntaría Tomás, el incrédulo. Cadáver y en ausencia. Como ayer. Como mañana. ¿Como siempre? Quién sabe. Y no lo mató el hombre que abrazaba a los caballos y se volvió loco. Él sólo le puso palabras al pensamiento de muchos. A la razón de los tiempos.

Que me perdonen los hombres y mujeres de fe. O que no lo hagan. Quién soy yo para pedir nada. Por menos de esto no hace tanto a mis pies una pira de leña. Sí, en defensa de Dios y la palabra puesta en su boca, me hubiesen quemado vivo a lo Juana de Arco. Y no Dios, sus fieles y en su nombre. Y sin ser héroe, ni guerrero, ni nada que se le parezca. Sólo nadie, tan nadie como cualquiera, como tú mismo. Algo hemos evolucionado, aunque no en todas partes. Sigue mandando el lugar más que el momento. Continúa presente el infierno en la Tierra. El mismo que alimentan de odios calientes los intolerantes. Y que no es patrimonio de ningún credo, sino de los intestinos podridos de tantos y tantos cobardes. Cobardes asesinos que hallan coartada en el miedo del ser humano a no ser eternidad.

Al tercer día la carne sin vida: hiede. Y eso no es cuestión de fe.






acróbata


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