viernes, 17 de abril de 2015

Bandera a cuadros.





     M fue conmigo al colegio. A la misma clase, aunque no éramos amigos, sólo compañeros. Se sentaba dos filas más allá. Luego, en el instituto, le perdí la pista. No sé si dejó los estudios, eso creo.

     Pero a los dos años reapareció en nuestras vidas. Tenía una Derbi Variant roja y le gustaba picarse con todo lo que tuviese ruedas y se moviese. Daba igual la hora, el día, el trazado, los rivales. Y qué mejor circuito que las calles del pueblo. Conmigo y mi Variant negra unas cuantas veces lo hizo. No la llevaba mal, pero aquello no era un vídeojuego.

     Un domingo por la tarde —creo recordar que gris y algo lluvioso— se picó con otros chavales, por el pueblo, cerca del puerto, sorteando el tráfico de esa hora. Y al saltarse un cruce: la furgonetilla, ahí, de repente. De dónde había salido, y encima tan despacio, con esa parsimonia típica de los caracoles que asoman a darle la bienvenida a la humedad reinante. No pudo evitarla. Ni tiempo le dio a frenar. Y se estampó de lleno contra el cristal de su puerta trasera.

     Fue tan fuerte el impacto que acabó metido dentro, casi encima de una señora mayor que iba sentada tranquilamente en el asiento trasero. La parte posterior de aquella furgoneta abierta, mal abierta, como una lata de sardinas con la que se ha utilizado un cuchillo de sierra a falta de abrelatas. El vídrio hecho añicos. Y la señora gritando, como loca, al comprobar que M tenía los ojos abiertos, de par en par, la mirada perdida y el cuerpo, tras unos ligeros espasmos: quieto, muy quieto. Había caído justo a su lado, y no reaccionaba. 

     Aquel día, y ya nunca más, hubo bandera a cuadros para M.





acróbata






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