lunes, 9 de marzo de 2015

Ese número.




La llamo a su teléfono. Al número que me dio aquella noche. Comunica. Vuelvo a marcar. Nada. Comunica. Insisto. Y nada: comunica, y comunica, y comunica. La llamo cada día, a todas horas, llueva y truene, con sol y brisa marina. Lo hago en cualquier momento del día y de la noche, incluso de madrugada. La llamo una y otra vez, sin descanso. Y, comunica.

Es para volverse loco: ¿con quién habla tanto? No, no creo, resulta excesivo. Quién puede molestarla de esa manera tan inhumana. Nadie, supongo. Además, no me pareció que fuese tan habladora. No lo necesitaba. Su cara, su mirada, cuánto decían, qué expresividad la de esos ojos negros de largas pestañas. Tiene que ser por otro motivo: ¿se habrá dejado mal colgado su terminal? ¿Y eso? Qué raro, ya se habría percatado, ¿no? ¿Qué puede estar pasando? Ni idea, mi cabeza como un tiovivo: vueltas y más vueltas, muchas conjeturas, alguna descabellada, ninguna definitiva. Y entonces, aquí dentro, la locura. Y ésta me hace ver fantasmas, buscar razones, bucear en lo más profundo. Y escuchar, sobre todo eso, escuchar. Perder tiempo y oídos, ganar atención: mucha, toda. Y de tanta escucha: ¡bingo!, ¡eureka!, ¡toma ya! Parece mentira, ha sucedido, lo he hecho: he descubierto un lenguaje secreto de pitidos y silencios. Uno semejante al código morse, pero más completo a simple a vista.

Ahora que ya lo tengo, y lo he descifrado entero nada de sencillo, que me ha costado lo suyo. Menudas sesiones sesudas y maratonianas no puedo dejar de llamarla. Ya no. Cómo hacerlo, cómo obviar lo que escucho. Es tan expresivo, me dice tanto. Este lenguaje que he descubierto de sonidos largos y cortos, de ausencias tan significativas, dice:

<<Amor, no puedo vivir sin ti. Estoy en peligro, sin tus llamadas, sin esta compañía constante, me siento sola, desamparada, frágil...Por favor, no dejes nunca de marcar mi número, aquel que te di a la ligera y ha resultado ser el milagro inesperado que ha arribado a mis días y mis noches, que ha dado sentido a esto que nombran como vida. Este mismo número, que de mi puño y letra, anoté sin más, no temiendo equivocarme, saltarme algún número, confundir quizá su orden. Pero eso no sucedió, gracias a Dios. Y lo hice en aquel libro tuyo, como si nada, como si no me estuviera jugando el futuro en ese sencillo gesto. Ya ves, unos pocos números de nada. Sí, en ese librito del que ni recuerdo el título, ¿será que sólo tenía ojos para ti? No sé, nunca se sabe, una va por un lado y sus pensamientos, el subconsciente, tantas veces por otro, por el suyo, claro, que también ya es tuyo. Sí, tuyo, como tuya entera soy yo ahora. No cedas, amor, no te rindas, porque tus llamadas, esa insistencia tan heroica que me demuestras, tan cercana a la épica, es mi aire, el que me da motivos, razones, el que me hace soñar y a la vez permanecer en vela toda la noche. El que me insufla vida. Y fuera del timbre de este teléfono, que no deja de sonar en ningún momento, no hay aliento, no hay horizonte, no me queda nada. Sólo silencio. Sólo silencio. Nada de paz. Nada de nada. Me salvas, amor mío. Tu tesón, tu no darte por vencido, tu búsqueda en horas de sol y noches de sombras que pueden cortarse a cuchillo, me salva, me libera. Sólo tú me libras de lo anodino del mundo, de lo vulgar de ahí afuera, de mi misma, incluso>>.

Todo eso traduzco. Sin duda es un idioma muy complejo y a la vez con mucha carga de comunicación con tan poco. Eso lo hace especial y diferente al resto de lenguajes conocidos. Los demás, tipo morse, valen para lo que valen, y poco más. Por supuesto que son incompetentes para historias como estas, tan apasionadas, con tanto amor de por medio. Una historia la nuestra que va de hilo en hilo, de cable en cable, viajando por las ondas, cruzando charcos, ríos, lagunas, quién sabe, igual hasta mares. Por el cielo. Este amor va por el cielo y nada se le opone, rebota de antena a antena dejando un rastro inigualable. Hasta un idioma nuevo ha, hemos creado. Quién puede decir lo mismo. Qué amor conocido alcanza a presumir de esto: Ninguno. Ninguno.

Por todo esto mi teléfono comunica siempre. ¿Estará alguien salvándome también a mí?







acróbata



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