jueves, 19 de marzo de 2015

En tierra muerta.



Ya no existe Ultramar, ni las tiendas de ultramarinos. El mar continúa donde mismo, más allá de esta orilla, enviando despojos, llevándose lejos lo arrojado a este lado. Las sardinas también siguen durmiendo el sueño de los justos abrigadas en el escabeche de dentro de las latas, mas en otras estanterías, no en las viejas que tanta historia acumulaban y sabían del valor de lo auténtico. Y la tierra, por si alguien lo duda, sigue en su lugar, sirviendo de apoyo a los pies de los que no podemos volar, y nadar, sólo como las botellas vacías arrojadas con mensaje dentro.

Contra las piedras. Contra las piedras. En tierra muerta.

Ahora todo ha pasado a ser centro y periferia. Y lo es en igual momento y en idéntico lugar. Somos carne y espina, branquia y pulmón, hueso enfermo que se ejercita golpeándose las espinillas. Debería ser un misterio digno de libros proscritos, ser y no ser, pero no, con total naturalidad lo vivimos. Y lo que sucede allá es también aquí. Somos todos y uno: la ciudad y el hombre. El continente y las islas, cielo y horizonte. ¿Más sensibles? ¿Más solidarios? ¿Menos lobos? No hace falta contestar. Crecemos en vertical y por las ondas, mas no ascendiendo, sino ahondando la sima, buscando el fondo, cayendo más y más, en la indiferencia, la inopia, la cáscara sin nuez. Y el eco del primer susto apenas produce un eco de aguas que muere en nada, en cuanto la siguiente imagen piedra rompe el cristal que nos contempla. Somos muchedumbre y ruido. Y en silencio, mordiendo el polvo en mitad del vendaval. Porque a nadie le importa tu nada.

En el viento. En el viento. Ruido y silencio.

Siempre alguna luz encendida, muchas alumbrando la noche, sus rincones en sombra, la penumbra y sus tinieblas. Y luego, día tras día, da igual la hora, igual con sol o bajo un manto gris de nubes, algo perdidos, como insomnes con los ojos poblados de destellos. No todos, claro. Sólo tú, ese, aquel, el otro y el otro. También el de más allá y yo. Tampoco yo me libro. Yo el que más y con todo.

Ya no existe Ultramar, cayeron los mitos que hablaban de mujeres dulces como caña de azúcar, de mares calientes y sueños con aromas a café recién molido. Oriente también dejó de ser exótico, nada de clavo y canela, naranjas de cañadú y té con sabor a quijada de joven geisha. Cada vez más cerca, más cerca, como cuerpos sudorosos en un atestado vagón de metro en hora punta. Y sin embargo, la soledad, haciéndose fuerte, reinando en un mundo donde las sardinas ya no corren por el monte, ni saben de historias de otros mares, de otras tierras, de este mundo, a pesar de tanta mentira enlatada y lista para ser digerida.

Con hambre. Con hambre. Y asqueado.






acróbata


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