viernes, 6 de marzo de 2015

El génesis.




Pelo largo, oscuro, del color de la noche sin estrellas, pero con luna llena. Ojos verdes o castaños, según la luz que en ellos incide. —Eres tú, tú misma. No lo dudes, por favor—. Estatura media, complexión atlética. —A pesar que el deporte no es lo tuyo—. Pies pequeños, manos de dedos finos, largos. Labios llenos de primaveras, brillantes, carnosos. Nariz fina, ligeramente respingona, no demasiado. Sin excesivo pecho, pero: qué bien puesto. Culo homenajeando al círculo, como un corazón de dibujo animado —Ay, amor, ay—. Vientre generador de ríos de fuego, sueños y vida. Orejas pequeñas, siempre sensibles a mis palabras, a la noche aguardando mi aliento roto en huracanes sobre el mar Caribe. De pómulos altos, y de continúo prestos a desafiar a la gravedad una vez que sonríes, y lo haces mucho —ya me encargo yo—. Y sólo mía. Siempre. Toda mía. De nadie más.

A grandes rasgos, ese fue el encargo, tras concederme un único deseo. Y entonces el alfarero se puso manos a la obra. Y respetando el encargo, mejoro muy mucho lo pedido. Puedo afirmarlo, ahí estás tú.

Eva le puso de nombre, aunque yo te llame de otra manera. Y una vez que entró en ella el soplo de la vida y tuvo aliento propio —el mismo que a mí me desnuda, me rinde, me estremece—, se declaró mujer. Y gracias a eso, supe que soy hombre. Antes de ella: era cuerpo, pensamiento, sentimiento, mas no tuve conocimiento exacto, preciso, de toda mi masculinidad, a pesar de mi inequívoca inclinación hacía el lado bello, noble, el que no existía y me hacía sentir incompleto.

Pero tuvo que suceder, nada más acabar su obra de arte, consciente de lo que había creado, quiso quedársela: para él, para él solo. A ella que no es de nadie —yo soy suyo, ¿alguien lo duda?—, que es libre: como las olas del mar, como el viento, como los astros que emergen cada noche del mar para beber de mis ojos llenos de inmensidad. Y ella, al igual que yo, nada más verme, supo lo inevitable: habíamos salido de igual barro, de idénticas manos. Ella era de mí. Yo soy suyo. Era la consecuencia lógica para una naturaleza gemela que ya se buscaba antes de existir. Para esta historia tan nuestra, tan nuestra, y de nadie más.

Sí, tuvimos que hacerlo, amor: lo matamos, mano con mano, puñal a puñal, entre los dos, sin un qué hemos hecho, sin una sola duda. Se lo había ganado a pulso. Quiso impedir lo inevitable. Intento robarnos nuestro único paraíso. Y éste es nuestro gran pecado. Yo elegí ser muerte. Tú no lo dudaste, quisiste morir conmigo. Y luego inventamos aquello del árbol, la manzana y la serpiente. Historia para libros e inocentes, dogma para débiles. El que todos conocéis, y algunos: hijos del exilio, del inconformismo, de la ley del corazón libre, tanto ponéis en duda.

Eva nunca fue inmortal. Fui yo el que renuncié a la vida eterna sin ella. Y Dios tuvo el final que se merecía, incapaz de cumplir su propia palabra. Quiso robarnos lo nuestro, el paraíso de compartirnos, de volver a ser uno: el mismo barro, el mismo aliento, igual gemido en idéntico momento sin tiempo.

No sois hijos del pecado, no, lo niego. Sois la obra de nuestra pasión más allá de las leyes impuestas, hijos del amor verdadero, el que se enfrenta a su muerte y no cede, porque es más fuerte el sentimiento que el ansia de supervivencia, aunque parezca mentira. Honrad vuestra herencia, que nada se interponga al latido que os gobierna. Sed lo que sabéis que tenéis que ser.





acróbata

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