jueves, 19 de febrero de 2015

Un clavel de sangre.





En la mirada la luz mortecina de la madrugada invernal bajo el único paraguas de una farola de gas. La ropa ajada, sucia, con demasiada intemperie a cuestas. El cabello lleno de nidos de pajarillos. La tez pálida, desángelada, como si por sus venas corriera horchata. Y sobre la blanca camisa, en mitad del pecho, donde otrora la tela se inflamaba como una vela al viento de levante, la quietud de un clavel de sangre ya reseca.

Aún le huelen las manos a pólvora, y el aliento a aguardiente, el mismo que había tomado unas horas antes del fatal desenlace buscando darse ánimos en su empresa. Aunque todos esos aromas apenas si disimulan el inconfundible tufo a muerte y sus amoniacos que acompaña su presencia.

Viene a buscarla, cada noche, caminando por el pasillo: fiel a la cita, en idéntica postura de agujas, rayando la hora bruja, a eso de las doce en punto. Justo en la frontera difusa entre lo más viejo del ayer y el mañana recién nacido. Viene despacio, en silencio. En una mano un libro de poemas propios, dedicado, en la otra una sortija con una aguamarina incrustada, la misma que no llegó a ofrecerle como pedida, esa que temió perder su luz generosa guardada en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta. Y al llegar al umbral de su cuarto, entre las sombras, como niebla barrida por el viento, se disipa. Luego, con el alba colándose por la ventana, y el canto del gallo en los oídos del mundo, en el lugar de su aparición, besando el suelo y sus fríos, junto a la puerta, idéntico montoncito de cenizas. ¿Estará ardiendo en el infierno por su pecado? ¿Será esa su penitencia?

Guillermo, el joven poeta de marras, ante el rechazo de su musa, imitando a pretéritos maestros, que en tantas tardes de lectura le habían acompañado en la soledad azul del pequeño cuartucho arrendado, se había pegado un tiro al anochecer de un martes lluvioso de abril. No hacía tanto que de provincias había arribado buscando la oportunidad que allí se le negaba. Y una vez aquí, en la Capital del reino, su suerte, igual de esquiva en lo literato, le había brindado la fortuna de cruzarse con ella: su musa, su amada, la inspiración de sus mejores letras, su amor platónico. Pero ésta una vez más le había rechazado. Y no conforme con ésto, ante su insistencia, le juró su desamor eterno y su temprano ingreso en el convento de clausura como novicia. No pudo soportarlo. Aquello fue demasiado: el puñal en la bomba de relojería, la sal en la herida abierta, la traición al latido que le gobernaba. Él que ese día, venciendo sus miedos, esa timidez suya que arrastraba desde niño, aquella que le sacaba los colores nada más contemplarla y atrancaba su voz en las barricadas de su garganta, iba a pedirle compromiso convencido de sus sentimientos gemelos.

Lo que ya nunca sabría era que tal rechazo en realidad no lo era. Almudena, joven mujer de armas tomar, hija de editor de biblias y de actriz dramática de teatro, también era una ávida lectora del romanticismo con tintes góticos, además de estar colada por el joven inventor de versos que se había cruzado en su camino. Y apurando esas fechas inolvidables, había querido alargar aquella bella historia de amor. De ahí la tragedia.

De un modo inimaginable lo ha conseguido, este amor mortal, terrenal, de poema, lo ha convertido en atemporal, en algo más allá de este mundo. No sólo lo tiene en las apariciones que nada más ve ella, también mientras duerme, en esos sueños tan reales, tan vividos. Ya siempre le acompañará. Juntos, en la noche, pero tan distantes en cuanto crece la luz, nace el nuevo día y regresa a la verdad consciente de este lado de la vida.





acróbata








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