sábado, 21 de febrero de 2015

Todo un demonio.





De cuello de cisne. Así se llama este jersey. Y qué trabajo ha costado meter la cabeza por él. Es como si hubiese vuelto a nacer. Me he sentido recorriendo el estrecho canal, el túnel de la vida: los huesos de mi cráneo aprisionados (y sin la ayuda de poseer abierta la fontanela); la nariz chata, chata, como un boxeador acostumbrado a besar la lona; los ojos cerrados, por supuesto, las pestañas aplastadas, vueltas hacía dentro, hincándose en la delicada piel del contorno ocular; y la respiración contenida, no queriendo tragar pelusillas, nada, ni una, que luego dejan la boca como si hubieses comido tocino directamente de la manta. Así estaba yo, ahora mismo, naciendo de nuevo, atravesando la noche oscura del tejido, buscando la luz. Hace frío, es invierno, e irremediablemente hay que abrigarse bien. Y más el cuello, de hombre, nada de ave —¿de patito feo quizá, si fuese un buen pajarraco? Pio-pio— en estos días grises de humedad. Pero esto no ha acabado, ni mucho menos. No creo que una prenda de estas quede bien de bufanda —y girar, y girar, como un molinillo dando hostias a diestro y siniestro—. Tendré que continuar con la faena, primero un brazo, después el otro, como mandan las buenas costumbres.

Mi mano recorriendo la manga. La miro, ya no es mi mano, se ha convertido de repente en una culebra de agua: ¿una anaconda del Orinoco? ¿Una capaz de engullir un cervatillo, tal vez incluso un hombre de pequeñas dimensiones? Un momento, ¿seré lo suficientemente grande, son mis dimensiones inabarcables para esa bocaza amenazante? Qué miedo. ¿Y si de esa manga: estrecha, estrecha, muy estrecha, surgen esas poderosas mandíbulas que me hagan picadillo, carne para macarrones —tranquilos, la salsa de tomate ya la pongo yo también, desangrándome a chorros— y me comen, me engullo a mi mismo como un pulpo desesperado por el hambre? Aún estoy a tiempo de evitarlo, tengo la otra mano libre, puedo golpearla, fuerte, con toda la fuerza que alcance a reunir. Y en momentos de apuro, de terror irracional, quién sabe de qué es capaz el cuerpo humano recorrido por la adrenalina, esa droga natural que nos pone a cien. Pero no, qué me estoy diciendo, debo de estar muy mal, y no drogado, cómo va a ser una serpiente, imposible. Está claro lo que es: una lombriz gigantesca. Y ahí viene reptando. ¿Son peligrosas las lombrices? Yo pregunto, no lo sé. Las pequeñas supongo que no mucho, pero quién sabe con éstas gigantes. Y si tuviera en la boca garfios, guadañas, afiladas, o peor, de hojas melladas de tanto escarbar la tierra, la piedra viva incluso. Recuerdo un animal de estas características en una película —¿fue en la Guerra de las Galaxias?—. Y menudo monstruo. Entonces más que un gusano estaríamos hablando de un leviatán, un demonio de las profundidades. Continúo estando a tiempo de evitar la tragedia, ya casi asoma por el puño de este maldito jersey. Aún puedo detenerla, creo: ¿Sujetando el borde con mi otra mano, la libre, ésta, que no hay duda, que es mi mano, encajada a mi brazo, al hombro, al resto de mi naturaleza humana? No, sería un riesgo, puede que no sea suficiente freno. ¿Y coger el cuchillo del pan? No, por dios, qué digo, menuda escabechina, que es de sierra. Mejor el hacha de partir la carne. Eso, la tomaré con mi mano libre, la agarraré bien fuerte: y zas. Un momento, problema, no soy zurdo y esta mano tonta mía seguro que falla el golpe y me rebano un trozo de muslo. O peor, me desgracio algo más cercano al ecuador de mi cuerpo. Nada, que es inevitable, mientras sigo haciendo fuerza por colocarme esta primera manga, por otro lado resisto a mis miedos. Por cierto, qué jersey más estrecho. Yo creo que abriga más por lo que cuesta ponérselo, que te hace sudar de lo lindo, que por lo que es en si: breve, fino, delgado, apenas una segunda piel, no llega ni a pellejo de osezno. Ni mucho menos, se queda en funda de gusano de seda.

Y ahí viene, lo que sea, se trate del monstruo que emerja de las sombras. Aquí está ya. Asoma un dedo —sé que es un dedo por la uña, que si no fuese por ella, podría ser cualquier cosa: un apéndice, la barba de un salmonete, el periscopio de un submarino nuclear en misión de reconocimiento—. Y ya el resto del puño, parezco Mazinger Z al ataque. Gracias que no se ha quedado ningún dedo atrás, atascado. Estaba yo temiendo por el meñique, tan propenso a hacer de las suyas. Y eso qué es de frágil. Bueno, por fin, mi mano, entera, ya fuera. Qué suerte. Y es una mano, nada de culebra, lombriz, demonio, o qué sé yo que bicho devora hombres. Ahora parece mi brazo una longaniza embutida. Bueno, no exactamente, algo más recio: toda una butifarra. Y esto no ha acabado, me queda el otro brazo, mi mano torpe, la izquierda. Con lo que ha costado ésta, la decidida, la que no duda. Y lo peor, pero si con medio cuerpo dentro ya no coge más. Igual me he equivocado de jersey y he cogido uno de ellas: de mis hijas, o de mi mujer. Me estoy agobiando. Sudo. No quiero cargármelo, pero a ver cómo me lo quito. ¿Pasar de nuevo por todo lo que acabo de padecer para ponérmelo? No, horror. Ni hablar. Y todo por no echar mano de una bufanda. Pero es que no me gustan. Y si se me enganchase en cualquier lugar y me estrangula: el ahorcado de la farola, del semáforo, de la señal de stop. No, nada de interrumpir el tráfico —¿se pararía alguien por esto? Lo dudo, estamos insensibilizados—. Ay, cuánto echo de menos mis bragas. Aquellas de tejido polar que mantenían mi cuello calentito. Y qué sencillo colocárselas. Pero nada, que no puedo ya tenerlas. Que en cuanto escucho esa palabra, y las imagino en mi cuello, tan cerca de mi boca, se me va la cabeza a esas otras: negras, caladas, mínimas...y es el pantalón el que me aprieta. Voy para viejo verde. Y eso que me gusta vestir bastante más oscuro.

En fin, como decía: el frío, el invierno, una lucha. No, no me he quitado el jersey, llevo prisa, que llego tarde. Me he colocado encima otro ancho, recio, de lana gruesa y allá que voy. Apenas si se nota. Lo único que si me despisto, como se me escape la manga libre por abajo, voy a parecer un mutante con tres brazos. O con dos y una culebra, o dos y una lombriz. Yo, todo un demonio. Sonrío, da igual, voy que asusto, que piensen lo que quieran. Luego ya veré cómo me lo quito sin hacerlo pedazos. Para qué pensarlo más. Problema pendiente. Otro más.






acróbata



2 comentarios:

  1. A relegar los cuellos de cisne al fondo del armario, ea. Esto no se hace, que lo sepas... que eran parte fundamental de mi vestuario invernal... pero no pienso arriesgarme a que me salga una sierpe por la manga!
    Besos, acróbata.

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    1. Jeje...;)

      Un año de estos te regalo una batamanta, friolera.

      Besos, Magda.

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