martes, 17 de febrero de 2015

Estoy en casa.





Mar adentro. Tras unas jornadas de niebla espesa, persistente como no recordaban ni los más viejos del lugar, hemos soltado amarras.

Es un día gris, amenazante, la oscuridad creciente de la raya que separa mar y cielo, que une azul con azul, presagia tormenta. La costa apenas si es visible. A ratos, hasta las cumbres más altas de la lejana cordillera, se pierden por completo. Arrecía el viento, en él las voces de decenas de gaviotas alborotadas, y una tupida cortina de lluvia se derrama, cubriéndolo todo: horizonte, palos, barco, ojos, lavando la cara al mundo. Comienza a crecer la mar, de manera sutil, pero constante. El viento se muestra confuso, con muchas ganas de aullar, pero indeciso desde qué esquina. El barco enseguida percibe el cambio e incrementa la intensidad de su cabeceo. Navegamos proa al tiempo con rumbo incierto, a ratos sur, en otros oeste y entre tanto sursuroeste. Aumenta la visibilidad por poniente, entre la masa compacta de nubes, se rasga una con gran estrépito de truenos, y en el ambiente el sabor eléctrico del rayo, la luz que llena de culebras lo negro del telón de fondo. Y tras esta nube rota, deshilachada, como una camisa vieja, un trozo de cielo: nuevo, limpio, azul, de un azul intenso como no recuerdo. Y con él viene algo, un invitado no del todo inesperado, el horizonte quebrado, encrespado como una cabellera india, lo anticipa. Se acerca, deprisa, muy deprisa, ya casi lo tenemos encima, apenas si da tiempo a cambiar el rumbo, a ponerle la proa, es un monstruo de innumerables jorobas, un dinosaurio gigantesco de agua y espumas, se trata de un tren de olas. Y viene a toda máquina. Una ola tras otra, seguidas, sin casi espacio entre ellas, y son enormes, rugientes, desmelenadas, rompedoras, de crestas blancas y cuerpos duros. Aguas que parecen piedra. Bofetadas que parten de puños de gran pegada. Llegan rajando, son gigantescas, y la siguiente, aunque parezca imposible, supera con mucho a la anterior y ésta que ya tenemos encima no es nada comparada con la que le pisa los talones y la empuja cargada de prisas. Embiste la proa, roncan las maderas, se estremece todo el barco, corren las aguas rotas por la cubierta llevándose todo lo flojo. Y tras la caída al vacío, entre seno y seno, ahora, de nuevo, la proa busca el cielo. Vuela huyendo del pozo y sus oscuridades, la popa queda abajo, muy abajo, confundida entre montañas de agua salada, engullida por el monstruo marino del temporal. Vamos a zozobrar, parece inevitable, si no en ésta será en la siguiente, o en la próxima. No se le ve el final a este convoy descarrilado. No hay escapatoria. Y con suerte seremos náufragos asidos a un resto que ha perdido su naturaleza, su nombre, su cualidad. Asidos a una tabla que ya no es navío, buque, pez volador por encima de las olas. No da tiempo a pensar. Volvemos a caer, esta vez desde más alto, mucho más alto, al vacío. Y ahí el vértigo de la caída. Y aquí el desastre consumado. Esto es el fin. Imposible superar la penúltima embestida de esta fiera hambrienta de sacrificios humanos.

Doy un salto, uno cargado de energía, como si un latigazo de corriente recorriera todo mi cuerpo: azotando los huesos, enervando mis músculos, estremeciendo cada poro de mi piel. Despierto, en mitad del mar revuelto de mi cama. Mis piernas enredadas entre sábanas, mis brazos agarrados con fuerza a la almohada, los ojos como platos y mi cabeza dándome vueltas aún, fuera de lugar, posicionándose. Estoy sudando, inquieto, con la boca seca, la lengua casi pegada al paladar, el corazón desbocado y mi cuerpo empapado en salitre. Pero eso sí, ya lejos, muy lejos del temporal. Y cuando al fin consigo relajarme, apaciguado el aliento, comprendo que nada ha sido real, sólo un sueño muy vivido. Respiro. Ahora, rompiendo los últimos silencios de la noche, con la luz tenue del alba acuchillando mi ventana, el sonido estridente de la sirena del faro anunciando niebla.

Estoy en casa. He vuelto, para quedarme. No hay duda.






acróbata




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