sábado, 17 de enero de 2015

XII





Un día azul, de verano, sin más historia que el disfrutarlo, sonó el teléfono. Y como un pájaro de mal agüero: oscuro, carroñero, la pésima noticia. Que no por ser esperada dejaba de ser menos mala. El abuelo, había pasado a ser recuerdo, memoria para los que aquí quedamos. Dejaba a este lado mujer, hijos, nietos. Ya estaba —si es que hay algo más que esto— con quien tanto le había querido, a quien tanto quería, su hija mayor, mi madre. Después vinieron más nietos y biznietos y supongo que seguirán llegando dinastías que un día ya no sabrán de él, ni de mí, ni de nadie que viviera aquellos tiempos. Es ley de vida. O mejor, de muerte, de ausencia. Pero de momento ese día no ha llegado y los que después de su adiós han llegado saben de él. Aquí quedamos muchos para poner memoria a la ausencia.

Yo me quedé frío, como sin sangre en las venas, en un principio. Fueron una serie de sensaciones extrañas, desconcertantes para mí. Y lo peor, una vez allí, en su casa, con su féretro ahí, en mitad de la sala y la familia, cada uno en su medida, deshecho, mi frialdad aumentó. Fui incapaz de derramar una lágrima. ¿Acaso no me dolía la muerte de mi abuelo? Esa fue la pregunta que tanto me hice ese día, y en muchas otras fechas con posterioridad. Y sí, sí que me dolió y no poco, lo he sabido con el tiempo. Pero en esos momentos, en los que familiares venidos de muchas partes, de lejos, ante su cuerpo, ya frío, rompían a llorar —fue un hombre muy querido, de pocas palabras, pero es que no necesitaba más para expresar y ser entendido—, yo, el primer nieto al que le pusieron su nombre, era incapaz de llorar, ni tan siquiera una lágrima. ¿Qué me sucedía?, ¿me había vuelto de piedra, un insensible? No, me negaba a creer eso. Tenía que ser por algo, por otro motivo. Pero cuál. Yo le quería, mucho. No le había tratado lo suficiente. Bastante menos que mis hermanos. Qué digo bastante, mucho menos. Pues mientras ellos pasaban temporadas enteras allí, en su casa, yo estaba todo ese tiempo con mamá en Madrid, de hospitales. Pero de todos modos con qué cariño y emoción recuerdo lo mucho que me gustaba ir a su casa. Y verlo. Y ver a la abuela. Y a los tíos. Y a los primos. A todos. Entonces, qué me sucedía, por qué no arrancaba a llorar, o al menos un pequeño desahogo. Recuerdo a mis hermanos emocionados, tampoco llorando abiertamente. A mi padre también emocionado, bueno, él, a pesar de su genio, luego se viene abajo con facilidad, aunque remonta rápido. Pero yo ni eso, frío, plano, casi como si aquello no fuese conmigo. Como si ya nada me tocase.

Fue un día largo, larguísimo. Velatorio, traslado, responso, entierro y poco más. La vida continuaba. Por suerte y por desgracia esto es así. Nosotros lo echaríamos de menos —aún cuando piso su casa lo echo de menos y eso que hace años, también es cierto que después de su fallecimiento tampoco he estado en muchas ocasiones allí. Últimamente más, por un sueño que tuve, por ver a la abuela— pero los que realmente notarían su ausencia serían los de allí: la abuela, los tíos, los primos. Esto también es ley de vida. Menudas leyes duras se gasta este mundo.

Una vez aquí no olvidé lo que me había sucedido por dentro, el no llanto, esa frialdad, cuando si algo, yo siempre había sido fuego por dentro. Años, tarde años en comprenderlo. No me había vuelto un insensible, ni mucho menos, aunque sí que es verdad que emocionalmente estaba grogui, como un boxeador sonado, que en mitad del cuadrilátero pelea más por inercia que con sentido de lo que siente. La verdad, no hice caparazón contra el mundo, fue costra. La muerte de mi madre, aún reciente, y todo lo que ello trajo consigo. Y luego esa larga estancia y doble intervención en el hospital, sin ella, la primera vez, habían envuelto mi corazón en una costra, dejando dentro la herida sin sanar. Criando pus y más pus. Tardó esa herida en abrirse, en encontrar un hueco donde dejar salir tanto dolor. Y lo hizo bastantes años después, tras otra durísima experiencia hospitalaria que una vez más me volvió a cambiar para siempre. Pero aún faltaba mucho para eso. Y dejando de lado todo aquel dolor, puedo decir que paró el viento, cedió la lluvia y salió el sol. Al fin la luz, a mis días de despertar al mundo de la adolescencia y primera juventud. Y bien que los aproveché. Me equivocaría en mucho, supongo. Pero hoy, desde la distancia, puedo decir que de estos años no cambiaría nada. Y eso ya es motivo de felicidad y orgullo para mí.





acróbata






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