miércoles, 14 de enero de 2015

XI





Aquel verano que se avecinaba descubrí bastantes cosas: la primera, hormonal, dentro de mi cuerpo se estaba produciendo una auténtica revolución. De repente, las chicas, que bonitas se estaban poniendo algunas, muchas, casi todas. Bueno, casi todas no, que las que no, no. Y también descubrí que era demasiado enamoradizo. Y eso, a esa edad —igual a ninguna—, siendo varón, no es buen asunto. Por qué, fácil, muy fácil de entender: te gustan chicas de tu edad o mayores y a ellas les gustan los que son mayores que ellas. Vamos, que te ven muy niño, inmaduro, que se atrevían a decir las que se las daban de mayores. Por ese lado tocaba sufrir, aunque, para qué engañarnos, tampoco mucho, o al menos, no por la misma destinataria. De todos modos, para no faltar a la verdad, anduve algo colgado de una chavala que disfrutaba dándome calabazas. Y yo no era masoquista, pero si demasiado romántico. Le entraba, nanai de la china popular. Pasaba de ella, se hacía de querer. Ya se sabe, me guiñaba el ojo y mucho más. Un decir, vamos. Lo que se podría llamar una joven Matahari. Y me he cruzado varias en mi camino. ¿Tendré imán? No, supongo que eso lo logra el puto romanticismo. Yo y mi espíritu de Larra, me atrevería a decir. Pero bueno, que eso fue en mis primeros años de entrar en el juego de la sexualidad. Interesante pasatiempos, que termina ocupando gran parte del tiempo, en ocasiones de manera velada y en otras de velada en velada. Unas veces soñando y muchas desvelado. La vida, que gracias a las hormonas es maravillosa y horriblemente maravillosa. Aunque claro, si no fuese así, igual nos extinguíamos. Como los dinosaurios, pero sin meteorito ni nada.

También por aquella época me dio por andar en bici. No hacía tanto que había aprendido a llevarla. Sí, ya casi viejo, como aquel que dice. Con lo que a mí me llamaba ese vehículo: ruedas, ruedas, ruedas...que tanto me ha significado y significa: carretera, viento en los cabellos, pedales y el infinito ahí delante, tras el penúltimo horizonte. ¿Fue torpeza lo que me llevó a aprender tan tarde a montar sobre dos ruedas? No, nunca fui torpe. Aprendí, yo solo, y en una tarde. Como de costumbre se trataba de mi salud, no me dejaban siquiera intentarlo y los entiendo, por el temor a las caídas. Y ya tan crecido, sin mamá para impedirlo, me daba vergüenza el ponerme a intentarlo aquí, donde todos me conocían. ¿Absurdo? Puede que sí, lo más probable, pero uno siempre ha tenido orgullo y ha llevado mal el aguantar las risas de otros a su costa. Y así de cruel puede ser el mundo. Aprovechando una semana de vacaciones, yo solo, sin los hermanos ni nada, en el campo de los abuelos, me puse manos a la obra. Y la verdad, me costó poco, pensaba yo que iba a ser más complicado. Mi cabezonería, supongo. O para que quede más bonito: ese espíritu mío de superación. Quizá lo mejor que he tenido siempre y que ha conseguido compensar otras deficiencias.

Una vez de vuelta en casa, me puse manos a la obra con la bici del hermano. La tenía abandonada, él ya andaba en moto. Le pegué unos arreglos y...libertad. Se acabó el aburrirse por el barrio. El mundo creció, se hizo bastante más grande. Y entonces mi radio de acción se convirtió en todo el pueblo. Me vino bien, a pesar de mis buenos porrazos, ya se sabe, vehículo de dos ruedas y huesos al suelo son sinónimos o casi. Además, la prudencia y yo nunca nos hemos llevado muy bien. Y menos en aquellos tiempos. Ya sí. Ya sí. La madurez, supongo. Y como me suele pasar con tanto: si veía a alguien bajando escalones con la bici, pues yo quería aprender. ¿Un caballito? Claro, por qué no. En fin, lo dicho: que a fuerza de golpes se aprenden ciertas cosas. Alguna raspadura en codos, manos y rodillas y nada más. Tuve suerte. Sí, eso, y que nunca fui torpón, ni para caer, vamos.

Y así avanzaba la vida en aquella edad mía tan bonita de constantes descubrimientos. Cuando todo parece nuevo, apasionante y ahí, para ti. Estaba bien. Me gustaba. Quizá, por ponerle una pega: continuaba sin hacer buenos amigos entre los chavales de mi barrio. Y eso, en las largas noches de verano, en las que no era cuestión de andar lejos de casa, ni encerrado en la misma aburriéndome hasta la hora de irse a dormir, me resultaba un poco descorazonador. La lectura suplió esa falta. Un día, tontamente, rebuscando entre los libros de casa, y no sé de dónde había salido ese, vine a dar con uno de bolsillo. Editorial destino, con una imagen en la portada que me llamaba mucho y un título muy atrayente: “El tercer ojo”. Iba de un niño tibetano que estaba destinado a ser monje lamaista y le internaban en un monasterio. Fue todo un descubrimiento para mí. La filosofía oriental, qué mundo. Y me enganchó bien el tema. Devoré aquel libro y los siguientes sobre ese autor, que luego resultó ser un impostor, o eso dicen. La verdad es que para mí en aquellos tiempos fueron lecturas muy importantes, aunque a posteriori, hace ya mucho, repasé ese primer libro y el siguiente y mi percepción fue muy distinta. Es lo que tiene la edad, que te convierte en más objetivo y por supuesto en bastante más descreído.

Recuerdo que en casa, cuando me enfadaba por algún motivo y amenazaba con largarme lejos —siempre lo quise hacer, el irme. Aún hoy cuando me tuerzo esa es mi válvula de escape, marcharme, y me voy, pero cerca y poco tiempo, porque hace mucho que descubrí que de mi mismo no puedo irme—, y se querían guasear de mí, me venían con la tonta gracieta: al Tibet, ¿no? Te vas a ir al Tibet y te vas a hacer monje budista. Y yo me encendía más aún, y unas veces no contestaba, me refugiaba todavía más en la lectura de aquella filosofía que abogaba por replegarse hacía el interior, hacía uno mismo, pero otras sí que lo hacía y arrojaba fuera mi amenaza, la que sentía como un deseo profundo: sí, allí mismo, al Tibet y para no volver. En realidad pensaba que ojalá pudiese, pero no podía, y no sólo me faltaban medios, también empuje, decisión, lo que tantas veces me ha faltado en esta vida, no dejarme vivir por las circunstancias e ir yo a por mi propio destino. Pero como ahora, miro mi pierna, sus limitaciones y entonces el temor a perder el equilibrio vigente. Que quizá es precario, pero al menos no me tiene por los suelos. No, no tirado soportando suelas de zapatos, arriba, aún arriba, sobre la cuerda floja.

A mí me gustaría narrar mi vida sin mencionar mis dos cruces, las que llevo a cuestas: unas veces ligeras, casi sin hacerse notar, la mayoría bien pesadas. Pero obviar la ausencia de mi madre (esa cruz no siempre estuvo, ya se sabe) y esta puta enfermedad, es imposible, sería faltar a la verdad. Cada cual vive y cuenta lo que tiene. Y en lo mío ha habido y hay, malo y también bueno. Aquellos tiempos no fueron malos para mí. Y lo mejor, después vendrían mejores. Aunque antes, ese mismo verano, trajo el adiós definitivo de una persona importante en mi vida, más de manera indirecta que directa.







acróbata




No hay comentarios:

Publicar un comentario