sábado, 10 de enero de 2015

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Una vez allí, tumbado en aquel potro de tortura: esa lámpara, esa luz y el frío. Después el suero, la droga del sueño, el repentino vértigo, la visión borrosa, aquel olor nauseabundo que tan mal cuerpo me ha puesto siempre, la voz de los presentes a lo lejos, a lo lejos, a lo lejos... y adiós.

Abrí los ojos, ¿antes de tiempo? Qué tenía en la boca, que no podía respirar. ¿Me habían operado ya? Sí, supongo que sí y eso que hacía nada que había perdido la conciencia (nada, cuatro horas y media. Y aprovecho para explicar una cosa: entre las distintas clasificaciones, entiendo que hay dos tipos de sedaciones, las que no pasan de las dos horas y las que superan las tres. Ni punto de comparación, las primeras son una mala broma. Las segundas, ni chispica de gracia). Qué pasaba, por qué no me quitaban la cánula que me llegaba hasta la garganta. Alargué la mano, se me soltó uno de los goteros que tenía enganchado al antebrazo —me daba igual, tenía que sacarme eso de la boca ya mismo— y tiré con fuerza de ese pedazo de plástico que me estaba asfixiando. Qué alivio. Un momento, ¿es a mí? Qué me dice el anestesista, ¿que eso no se hace así? ¿que soy un bruto? Claro, seguro. Lo que no se puede, no se debe de tener a alguien recién despertado de una operación, aún amarrado de pies y tronco al potro de tortura y no quitarle la cánula para que respire en condiciones. Eso es inhumano, o eso me parecía a mí.

Me llevaron al despertar, una sala de recuperación repleta de camas y gente quejándose. También allí tenía un frío de mil demonios: las enfermeras en manga corta y yo con tres mantas encima y tiritando como un pollo mojado. La verdad, yo más que despertar quería no hacerlo. Dios, qué me habían hecho, no podía moverme, tenía medio cuerpo dormido aún y con todo, ya me dolían hasta las pestañas. Por cierto, el párpado del ojo izquierdo se me había quedado idiota. Me asusté. Y una enfermera me tranquilizó: no te preocupes, si ahí no te han tocado se te pasará y si no, pues ya que te deriven a oftalmología. Y se reía y todo con su chiste. Le hizo menos gracia cuando le comenté que para la imbecilidad crónica no había tratamiento. Creo que se acordó de mi familia. Allí me pasé mis buenas dos o tres horas, “recuperándome”...No digo yo que no lo estuviese haciendo, pero cada vez me sentía peor: angustia, vómitos y el dolor. Según se iba pasando la sedación, el efecto de la anestesia, mi cuerpo iba despertando a la realidad, y más y más crecía el dolor. Mis dos caderas ardían, eran puro fuego y lo peor no era eso. La presión, parecía que me estaban apretando por dentro. Y con qué ganas, con garras con una fuerza de prensa hidráulica. Qué salvajada la cirugía invasiva, para arreglar algo por lo que te hacen pasar. Te destrozan vivo.

Me llevaron a la habitación y a mí me molestaba hasta el sonido de mi respiración. Por fortuna no había compañero de habitación. Teniendo en cuenta las fechas, el hospital estaba medio vacío en comparación a como solía estar. Ya eran más de las seis de la tarde del último día de aquel año. Noche Vieja, y mientras a nada, a apenas un par de kilómetros o así, en la puerta del Sol daban las campanadas y la gente se comía las uvas, brindaba y festejaba la llegada del nuevo año, yo estaba allí, en aquella cama deseando que pasara el tiempo, que volasen los días. Menudo año de mierda quedaba atrás.

Pasó esa noche, y el día siguiente y el otro. Y poco a poco, muy poco a poco, comencé a notar mejoría. Y gracias, porque menudas cuarenta y ocho horas de postoperatorio. Qué cosa más mala estar operado de las dos caderas al mismo tiempo, no me podía mover, ni abrir siquiera un poco las piernas. Pero todo pasa, también lo malo, por fortuna. Y aunque esas dos enormes cicatrices parecían dos costurones, carne de matanza, también secaron y casi a las dos semanas me quitaron los puntos. Unas cuantas pruebas más de control, radiografías y esas cosas, y al fin llegaba el día de salir de allí. Entonces fue cuando a una enfermera joven, que además de simpática y guapa, tenía un corazón enorme, le pedí una jeringuilla vacía y un vaso de agua. No me preguntó para qué, ya lo sabía, hacía tiempo que le venía diciendo lo que pensaba hacer una vez que me diesen el alta. Y qué puntería la mía —en un principio no tanta, pero a fuerza de probar, munición no faltaba—, venga jerenguillazos al cartel que tantas veces había leído. Y cómo sangraban sus letras tinta china. Irreconocible que se quedó. Nos reímos mucho de aquella venganza fría y mojada que me inventé.


Casi dos meses, apenas faltaron unos pocos días, y de nuevo, tras un largo viaje en ambulancia, a casa. Entré por mi pie a ese hospital, salía en cama, pero mejor, camino de una pronta recuperación. Y en la salida, la nieve, estaban nevando. Madrid, completamente blanco, me despedía con una cara que siempre me ha gustado, vestido de blanco. Bonita novia la capital del reino. Aquello lo consideré como un buen presagio. Y sí que lo fue.

Después tuve que estar otro par de meses en reposo, en casa, sin poder caminar. Y tras este tiempo, otro mes más con muletas, apoyando con cuidado y por fin vuelta a la normalidad. Aunque mucho en mí había cambiado: además de crecer más de un palmo en altura, me había endurecido por dentro bastante más de lo que yo mismo pensaba, demasiado diría, pronto pude comprobarlo. Pero no adelantemos acontecimientos de ese año recién comenzado.

Como recuerdo visible de aquella vivencia, dos enormes cicatrices en ambas caderas, en la derecha no sería la última. Esa cadera cuando dejase de crecer tenía que volver a ser intervenida. Mira qué gracia, acababa de renovar con nota mi pánico a los quirófanos y a falta de una operación pendiente, me faltaban dos: la de la cadera y la otra, la que estaba aguardando desde que era bien pequeño, la de mi pierna izquierda. Estaba predestinado, cada etapa de mi vida tenía que cerrarla y abrirla con un quirófano. Pero para eso faltaba aún mucho. Lo borré de mi mente, sólo quería pensar en el presente. Y éste pasaba por terminar octavo de EGB y comenzar el instituto, ya que: Tendrás que estudiar, porque para otra cosa no vas a valer...cuántas veces tuve que escuchar eso de la boca más cercana que tenía en aquellos tiempos. En fin, el tacto, algunos lo tienen, otros nunca lo tendrán, así vivieran doscientas vidas. A mí me gustaba la mar, de siempre, y ya con esa frasecita que me sonaba directamente a: eres un inútil. No sólo era una cuestión de gustos, se convirtió en mi grande desafío, demostrar que no, que no era ningún inútil, a pesar de mis muchos problemas de salud.

Intenté aprobar, con todas mis fuerzas, pero ese curso lo empecé en primavera, después de las vacaciones de Semana Santa. Y aunque recuperé seis asignaturas, para el verano me quedaron tres. Mi tutor me aconsejó, que si iba a ir a BUP, mejor repetir. De ese modo al año siguiente iría mejor preparado. Y sí, llevaba razón. Por eso tuve que hacer dos veces octavo, no porque fuese mal estudiante, o un tonto el haba, como algunos han creído después, con el paso de los años. Tampoco me vino mal, la verdad, me eché mejores amigos de los que tenía. Caí en una clase muy maja. Y lo principal, de las caderas bien, muy bien, ni molestias ni impedimento alguno. Comenzaba mi adolescencia.




acróbata







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