sábado, 10 de enero de 2015

VIII





Se ruega no peguen los sillones a la pared, gracias”.

Ahí, fijo, como llamándome, no dejándome tranquilo ni un instante. Y los ojos: una y otra vez que se iban hacía esa pared y leían. Maldita sea. Tuve que hacerlo, una jarra de agua, una jeringuilla y fuego a discreción. Cómo sangraban las letras, escurriéndose pared abajo. Y luego el cadáver de una oración irreconocible. Pero no adelantemos acontecimientos...

Como decía, esa leyenda: “Se ruega no peguen los sillones a la pared, gracias”. Frente a mis ojos, a los pies de la cama. Y amarrado a esa cama alta, fría, con ruedas para ser llevado de aquí para allá y ganchos donde colgar bolsas de medicamentos. Amarrado del pie sin poder levantarme, sin poder casi incorporarme, con la pierna derecha vendada hasta la ingle y con una pesa enganchada de tres kilos a la planta del pie a través de una polea. Así cuarenta días, que tuvieron su historia. Había que llevar la cabeza del fémur a su lugar, para después intervenir. En un principio operar la cadera derecha nada más, después las dos, la izquierda por precaución —aseguraban los doctores que cuando eso sucede en una pierna, el desplazamiento por desarrollo, casi siempre suele pasar también en la otra al poco—. Rajar, abrir, taladrar, atornillar, coser...por precaución. Ya, había que hacerlo, sí. Y yo padecerlo.

En una esquina de la habitación, en alto, una pequeña televisión que funcionaba a monedas. A mi derecha una mesita y más a la derecha, el vasco. Un chaval cuatro o cinco años mayor que yo, que medía cerca de los dos metros y pasaba de largo de los cien kilos de peso. Y encima algo emparanoyado. Un chicarrón del norte que cuando su madre le negaba cualquier cosa: alguna revista, o un bocata de la cafetería, o un par de cigarrillos para fumárselos por la noche cuando se apagaban las luces...Un grandullón irascible, que cuando le ponían peros a algo, lo que se le ocurriese, se ponía a vocear el: “Gora Euskadi Ta Askatasuna”. En un principio yo no sabía que diablos significaba eso, pero para sus intereses era mano de santo. La madre se ponía lívida e inmediatamente se le acababa la resistencia ante las peticiones de su hijo. Después, ya solos, tras pasar la hora de las visitas, le pregunté el significado de esa frase que ponía tan nerviosa a su progenitora, y mientras lanzaba anillos de humo de su cigarrillo al techo, me aclaró que era un grito de guerra independentista abertzale. Y claro, lo último que deseaba la madre era que los tomaran por proetarras o incluso algo peor. A él se la traía floja todo ese tema, bastante tenía con su pierna, un estropicio a la espera de otra intervención más, y llevaba unas cuantas. Era buen tío, a pesar de esos arranques, aunque algo caprichoso —no dudaba en sacar partido de su enfermedad, ¿estaba eso bien?, antes hubiera dicho que no, ya no lo sé. Este mundo es para los listos, los que saben aprovecharlo todo—al que le daban crisis de ansiedad y tenía muy malas pulgas. Recuerdo el día en el que una enfermera bastante dominante, que no quiso esperar al psicólogo de turno, intentó que se tomara una sopa que parecía agua de fregar los platos y éste, tras negarse hecho un manojo de nervios, ante la insistencia de la enfermera—hizo el intento de dársela a la fuerza— le salió el alien que llevaba dentro, se transformó en un ogro y apestillando a la pequeña mujer, que tenía más mala leche que cuerpo, le quitó la cuchara de la mano y tomándola él con la suya se la metió llena de sopa en la boca. Cómo gritaba la tipa. Y él: ves, a que no te gusta, esto no hay quién se lo coma. Es bazofia, puta. La que se montó, inmediatamente acudieron los otros enfermeros y compañeras a socorrerla. Y al poco el médico, cuando ya todo se había tranquilizado, a ver qué se podía hacer con el vasco ese bruto. Entonces el doctor probó la sopa y estaba mala de cojones, menudos guiños ponía. Le preguntó a mi compañero de habitación qué le pasaba, si buscaba que lo echaran de allí y se quedase con la pierna en esas condiciones. Y éste dijo que no, que sólo quería un pollo asado. El doctor se giró hacía mí y me preguntó que opinaba yo y entonces contesté que por qué no, que era buen compañero y allí se comía de pena. Al poco llegaron dos bandejas de cocinas para la habitación 112. Ese día comimos de fiesta, pollo asado con patatas fritas e incluso un refresco de cola. El vasco dijo que igual tenía que haber obligado un poco más a la enfermera y en vez de refresco hubiese sido cerveza. Yo callé, tenía trece años y prefería el refresco, no tomaba nada de alcohol en aquellos tiempos.

Y es que en realidad era buen compañero, conmigo, ni en sus peores crisis de ansiedad, se puso borde. Además era un tío gracioso, me contaba cada cosa, no sé si verdad o no, pero divertidas si que eran, por ejemplo: me contó que una vez en casa, a uno de sus vecinos se lo llevó la Ertzaintza por terrorista y que él aprovechó el tema para exigirle a su madre que le contratara a una prostituta. Eso, o el grito de guerra que desde aquel momento venía lanzando a los cuatro vientos en cuanto algún deseo suyo no le era concedido por su vieja. Su madre no quería, por supuesto, pero...En la bañera, se lo hizo en la bañera con la tía de turno que le trajo la madre: debió costarle nada, estaba ya algo vieja, las tetas caídas y algo de barriga, la puta esa, pero bueno, cerré los ojos e imaginé que era una modelo de esas de la tele. Como por ahí ninguna es fea... Cosas así me contaba por la noche cuando estábamos solos. Y los dos amarrados a sendas camas, él con la pierna atravesada de lado a lado con un tensor y sujetada en alto. Y yo en mi lado, a un par de metros, con mi maldita pesa tirando del fémur hasta colocar su cabeza en el lugar exacto. Eran sus batallitas antes de dormir.

Y así avanzaban los días, como una condena, pero medio llevaderos. Casi siempre era su madre la que le echaba monedas a la tele y él ponía cada programa...de pena. Aunque bueno, de todas formas a mí no me gustaba la tele, a mi padre, en el rato de visita, le parecía bien lo que ponía el vasco, y yo me aburría como una ostra, tampoco me llamaban las revistas del corazón. La verdad, estaba harto, muy harto. Tanto, que muy cerquita de derrumbarme. Y más cuando ya intervenido el compañero, a los pocos días lo trasladaron al hospital de su Bilbao, Cruces o algo así se llamaba. Entonces me trajeron a un niño chico, tres o cuatro años tendría. Se pasaba las noches llorando, sollozando bajito y eso sí que era deprimente. Yo le hablaba, para tranquilizarle, pero nada, no había manera. Y por el día durmiendo, tenía el pobre el sueño cambiado.

Y ahí, enfrente, aún indemne, el cartel con la maldita petición: “Se ruega no peguen los sillones a la pared, gracias”. Algo tendría que suceder, venir a socorrerme, porque yo estaba al límite de mi aguante, o eso creía. Qué ingenuo.





acróbata



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