sábado, 10 de enero de 2015

VII





Las cosas suceden porque tienen que suceder. Y luego lo goloso de buscar culpables. Balones fuera. Tú. Tú. Tú tienes la culpa y nadie más.

Estaba tan bien, como de costumbre, la pierna izquierda dejando pequeños los aparatos ortopédicos que me iban colocando y el resto del cuerpo compensando esa carencia en el intento de no llevar una vida de enfermedad y conformismo. Tan bien dentro de lo que había.

Y aprovechando, la hermana y yo, unos días en lo de los abuelos. Papá y el hermano pescando, creo. Mejor que andar solos por casa, allí, con el resto de la familia. Y en esas fechas concretas fue donde comenzó aquello, jugando con los primos por la finca de la casa de campo. Corriendo entre los pinos, por el césped. Quiero recordar que estábamos dándole patadas a un balón, o jugando al pilla pilla, no sé, esfuerzo físico estábamos haciendo. Y de repente noté algo raro en la cadera derecha. No era dolor. Se trataba de una sensación como si necesitase que crujiese el hueso y éste no crujía. No llegaba a ser agarrotamiento de la articulación. Era algo raro, más una sensación que otra cosa. No le di importancia, pero al rato, como no se me quitaba, comencé a preocuparme. Y más cuando, repito, no era dolor, se trataba de un cansancio extremo en en esa articulación, acompañado con ligerísimos pinchazos. ¿Se lo tendría que haber dicho a algún mayor? Sí, claro, y llevarme alguna regañina. Eso era lo típico. Si hacía algo físico, cualquier juego que implicase esfuerzo: malo. Y si encima decía que me había hecho daño: apaga y vámonos. Lluvia de reproches, aquello parecía el deporte nacional de los mayores que me rodeaban: que sí para qué haces nada, que si no me extraña, que si como tienes la pierna, que si sólo buscas ser el centro de la atención, que si eres un salvaje, que si patatín, que si patatán...En fin, todo compresión y amor. Guardé silencio y pensé: << no será nada, me habré hecho un poco de daño en la cadera derecha, reposo y mañana bien>>. Esa tarde la pasé junto a la chimenea apagada, porque estábamos a finales de verano, tranquilo, en el sofá, leyendo. Me preguntaron: qué haces que no sales fuera a jugar con los primos. Contesté que no tenía ganasmentira, me moría de ganas, pero, ni era tan salvaje, ni tan inconsciente como pensaban. Estaba de reposo, también los grandes deportistas a veces tenían que perderse algún partido, así me consolaba a mi mismo. Y entonces uno soltó: anda sí, mejor que se esté ahí quietecito, que menudo salvaje está hecho, nada más que correr, saltar, dar patadas al balón. Oh, qué salvajadas, un chaval de doce años jugando al fútbol, al escondite, al pillar...por dios, no, un completo animal...no te jode. No dije nada, me guardé el pensamiento.

A la mañana siguiente como nuevo, no me dolía nada. Y a jugar. Y al principio bien, como antes de, ni una molestia. Qué alivio, no era nada, una sobrecarga, ya por aquellos tiempos se puso de moda esa palabra entre los speakers que retransmitían los partidos de fútbol, y yo que siempre me ha embrujado el tema del lenguaje, bien que tenía los oídos alerta para incorporar palabras nuevas a mi léxico. Pero no, al poco otra vez la maldita sensación, y esta vez con unos ligeros dolores. No forcé. Dejé de inmediato de jugar y uno de los primos se dio cuenta: qué te pasa, ¿te has hecho daño? ¿te duele algo? Y yo que no, pero no se lo creía. Se lo dijó a los mayores y ya se sabe: el reproche. Yo me defendí diciendo que no era nada, que sólo una molestia, como un pequeño tirón. Y los primos dijeron que no me había caído ni nada. Total, como ya nos íbamos a ir para casa, pues allí ya veríamos. Yo pensé muchas cosas: <<esto es serio, de normal nada. Pero otra vocecita, la de la esperanza me decía: no te preocupes, qué va a ser, un tirón, una sobrecarga de esas. A ver, si no te has dado ningún golpe ni nada. Y entonces cuando ya casi me convencía, me venía a la memoria una conversación antigua cazada al vuelo entre mamá y papá. Y mamá decía: esa otra pierna, la derecha, está sufriendo demasiado, excesivo peso, mucho esfuerzo para compensar la debilidad de la izquierda. Y papá: ya estás otra vez, no pienses en eso. No pasará nada>>.

Una vez en casa, las molestias iban y venían, tenía días buenos y días no tanto. Todo dependía de los esfuerzos que hiciese. Así que cada vez más fui renunciando a cualquier asunto físico y día a día me fui convenciendo que algo no marchaba bien. Papá y el hermano estaban fuera, pescando lejos, en las islas y nada sabían, la hermana ya sí. Y entonces comenzó el colegio y con él se agravaron los problemas: más esfuerzos, movimientos y entonces llegó el dolor de verdad. Tanto que comencé a quedarme en casa, apenas si podía caminar. Y una mañana, en la que al levantarme e ir al baño oriné sangre, me asusté mucho. Y la hermana y yo fuimos a mi médico de cabecera. Infección de orina dijo que sería. Antibióticos y a esperar que orinase bien, ni análisis ni nada. ¿Y el dolor de la cadera? Nada, eso era del riñón, eso decía el cafre con ojos de sapo y bata blanca. Y no, no lo era, claro que no. A la siguiente llamada de teléfono de papá a ver cómo iba todo, le contamos que algo no iba bien y éste le dijo a la hermana que me moviera lo menos posible hasta que él llegará. Arribaron a puerto un par de días o tres después y tras echarme una buena bronca por inconsciente —y dale con el tema, pero si yo no había hecho nada, pero no se lo creían— me llevó a un médico de aquí, de paga. Radiografías y, con ellas y todo, no sabía lo que tenía, lo único que decía era que la cadera derecha estaba distinta a la izquierda. Viaje relámpago a Madrid y menudo viajecito con la leche de la culpa. Y una vez allí, el palo: la cadera derecha desplazada, fuera de su sitio la cabeza del fémur. Necesitaba cirugía urgente. No era ninguna broma el tema. ¿Y la culpa? Los doctores le aseguraron a mi padre que de nadie, todo a consecuencia del desarrollo. Era algo que pasaba a un pequeño porcentaje de preadolescentes. Y cómo no, me tenía que tocar a mí. Yo sigo pensando que la culpa fue a consecuencia de tener que cargar esa pierna con mucho más peso que la otra. Eso sí, nada de mía, además, si lo fuera, que no, ¿no lo pagué a base de bien? Y sigo pagándolo.

Y ahora, si alguien trata siquiera de insinuar siquiera que yo era tal o cual, porque quería llevar una vida lo más normal posible, no es que hiciese ninguna salvajada, si lo intenta, lo mando a paseo sin dudarlo. Ya está bien con la jodida culpa.

Ingresé por urgencias en una mole de hospital sitio al norte de la capital. Uno que en su puerta hay una enorme cabeza de piedra de un premio nobel bien conocido. Menudo cabezón. Era la primera vez que pisaba quel hospital, no fue la última ni mucho menos. Estábamos a primeros de noviembre, hacía nada que había cumplido trece años. Un número con cenizo, por lo que dicen. Y menudos tiempos viví entre aquellas paredes.





acróbata





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