sábado, 10 de enero de 2015

VI






Fútbol, basket, ajedrez, billar, parchís, las damas, el tute...juegos, simples juegos, en el tablero de la vida. El auténtico juego al que siempre me he entregado en cuerpo y alma ha sido el de la superación. Y para eso buscaba entrenamiento, no rival. Y me gustaba competir con quienes me ganaban, hasta que les vencía. Y si lo conseguía, si al final podía con ellos, no era para vanagloriarme de mi triunfo. Y si no podía con alguien fueron muchos con los que no, no me cansaba de jugar con ellos, me servían para aprender, para crecer en el juego. Sí, de puertas afuera tenía el perfecto perder y también el apropiado ganar. En el primero de los casos no me enfadaba con nadie conmigo un poco a veces si había perdido sabiendo que podía ganar y en el segundo no trataba de humillar, de hacer sentir menos al contrario. Era tan sencillo de entender, sólo tenía un rival, uno que nunca se cansaba de ir contra mí, yo mismo.

¿Y esto es bueno?, ¿malo quizá? Y yo qué sé.

Por decirlo rápido y corriendo, me apuntaba a un bombardeo, el tema era no estar en casa. Ya de antes permanecer encerrado era superior a mis fuerzas demasiados meses de convalecencias en la tierna primera edad— y ahora nadie me amarraba corto —mi hermana, por mandato de papá, lo intentaba y eso era motivo de pelea entre ella y yo— salía del colegio y no me iba para casa, me apuraba hasta bien pasado el medio día, para llegar corriendo, comer y otra vez al colegio. Y al salir por la tarde, más de lo mismo. Y si ese día no había partido de lo que fuese, me iba al puerto a ver la pesquera de los barcos y luego subirme, ya tarde, para casa con el hermano. Amigos tenía, muchos, bueno, más que amigos, compañeros de juegos. Con el fútbol un montonazo, todos los que jugaban, en distintos barrios. Al baloncesto más de lo mismo. Ah y también jugaba con mi hermana en la puerta de casa, algunas veces. Era su manera, cuando estaba de buenas, de retenerme en casa. Y ya para juegos de uno contra uno, pues más o menos los tenía fijos. Si la cosa estaba reñida, si les ganaba fácil ya me aburría y ellos se enfadaban y dejábamos de jugar. Mejor.

Recuerdo especialmente las partidas de ajedrez con un chaval de mi clase que duraron unos cuantos meses, desde después de las vacaciones de Navidad hasta casi el final del curso. Era un chico retraído, su madre le tenía medio humillado. Una mujer bastante mayor, madre vieja, siempre con rulos, redecilla y esas pintas, que vivía al otro lado de la verja del colegio. Y en cuanto escuchaba la sirena del recreo salía muy chula ella con una bandejita en la mano, cruzaba la calle en delantal, deteniendo el tráfico rodado si era menester, y a esperar que se acercara su hijo al lado de valla donde habían quedado previamente. Y una vez allí, con prisas para que no se enfriase, le hacía tomarse el vaso de leche, después que se limpiase bien el bigotito blanco con una servilleta de tela, a continuación un par de bizcochitos y por último un triángulito de pan de molde con un par de lonchas de jamón york y entre ellas una de queso, o medio quesito restregado. Nunca de chorizo, salchichón, crema de cacao o cualquier cosa así, el bocata del nene. Y a él lo que le gustaba era lo que comíamos el resto de los compañeros. Menudo ritual. Muchos asistíamos embobados al ceremonial. Pienso que cada cual por sus motivos. Eso sí, apenas si tenía amigos, se reían de él. Yo no. Me parecía ridículo, a más no poder, pero...No sentía celos de él, ni de su madre —no por dios— pero sí un poco de resquemor de la mirada atenta de su progenitora cuando se bebía el vaso de un tirón. Supongo que ella se sentiría orgullosa de su hijo. Y él se lo endiñaba así para que se largara cuanto antes—eso me dijo tiempo después, cuando ya nos conocimos mejor—. No tenía yo intención de cultivar su amistad, y sin embargo, vino a ser la casualidad la que nos unió. Nos apuntamos ambos a ajedrez en los juegos escolares (competiciones entre distintos colegios). Y cómo jugaba. Qué máquina. Total, que nos hicimos amigos. Y comenzamos a entrenar también más allá del colegio. Y aquellas juntas por la tarde en su casa, tras las clases, se rompieron —alcanzamos un cierto equilibrio jugando al ajedrez, la ventaja de llevar blancas casi siempre era suficiente para que el que iniciaba la partida se llevase el gato al agua, o mejor dicho, el rey a postura horizontal— porque su madre no quería malas compañías. Y yo no lo era, pero es que para ella todos los chavales lo éramos. Me lo tuvo que confesar su hijo una mañana en el patio. Y qué pena, sobre todo por él, que estaba hasta las narices de su madre y de sus vasitos de leche delante de todo el patio abarrotado de alumnos a la hora del recreo. En fin, para un amigo que tuvo.

¿Qué habrá sido de aquel colega de entonces? Espero que al menos no tardase en pasarse al café, o al menos al café con leche. No se matriculó en bachiller, ya no sé si a alguna escuela de oficios o algo así. Y no era mal estudiante. Igual no fue porque temía que su madre le llevase la leche al instituto. A su padre le quedaba nada para el retiro, y lo mismo cogiendo el coche se lo hubieran llevado también allí. No me extrañaría.

Por cierto, ya no juego a nada, desde hace mucho, se me fueron las ganas de buscarme contrincantes. Para qué, si por mucho que entrene no puedo con el gran rival, no consigo vencerme. Y además, está la vida misma, ese gran juego del que sólo se sale derrotado. Y me entrena, a diario, en todo momento. Y me puede, siempre. Y quizá por eso no me aburre. Ya se aburrirá ella de mí.





acróbata


No hay comentarios:

Publicar un comentario