sábado, 10 de enero de 2015

V





Hay palabras, dedicatorias, que con el paso del tiempo cobran cada vez más sentido. Aunque claro, en un primer momento pueden dejarte frío, sin sangre en las venas.

Fue por primavera, a finales, cuando todos los jardines lucían bellos, hermosos, renacidos, tras el frío invernal. Y en ellos, miles de flores. El verde desbordaba las glorietas. Sí, también aquí, en tierras del sur. Aquel invierno había sido lluvioso y en esta latitudes la tierra es de lo más agradecida. Una gota de lluvia, un rayo de sol y se desborda la vida, aunque luego ésta enseguida amarillee en cuanto avanzan las fechas y los rigores estivales amenacen con tostarnos como simples granos de café. Una mañana de un día cualquiera, sin decirle nada a nadie, se puso guapa, más aún de lo que era: vestido, el de tonos verde, que le sentaba de bien, tacones, maquillaje y directa que se fue a un estudio de fotografía. Se hizo unas cuantas fotos de exterior, entre flores. Luego, cuando recogió los resultados nos sorprendió a todos con una foto dedicada para cada uno. Estaba guapa a reventar, su primera belleza: salvaje, espectacular, de juventud, había dado paso a una de reciente madurez, asentada, equilibrada y para nada menos hermosa. A sus treinta y seis primaveras lucía espléndida. Los años pasaban por ella, como por todo el mundo, pero lejos de marchitarla le iban dando una serenidad de rasgos que anticipaban un saber envejecer, a pesar de quedarle muy lejos esos tiempos grises de nieves y decadencia —los mismos que nunca llegó a conocer y que hoy estaría viviendo—. Tenía clase, así de simple. Y cuando esto se tiene todo se lleva mucho mejor. Entonces una arruga, una cana, si que es cierto que dotan de misterio, de expresividad, de personalidad.

Y nosotros, sus hijos, enseguida nos pusimos a mostrarnos las dedicatorias. No recuerdo lo que decía la de mi hermana, la de mi hermano sí. Y para mi gusto de entonces pensaba yo que daba a entender que era el niño de sus ojos. La mía venía a decir que yo era un faro que iluminaba todo lo que estaba a mi alrededor, pero que era muy mío.. ¿Os gustaría leerla tal cómo está escrita? Venga, vale, os lo concedo:
Te quiero tanto Tomás, como arena hay en la mar, estrellas en el firmamento, pero tú eres el sol que da vida a esta humanidad. De quien sabes que siempre te quiere, de corazón tu madre.”
Ya, palabras nada objetivas, de una madre a su hijo.

Y me enfadé, me sentí poco querido, incluso despreciado, . Y más cuando mi hermano empezó a hacerme de rabiar: me quiere más a mí, yo soy su favorito. No pude con eso, me puse hecho una furia, me fui hacía ella y le dije que no quería esa foto, que se la quedara y se la diera a su hijo favorito, al que tanto quería. Ella, trató de calmarme: yo os quiero a los tres iguales y es muy bonita y acertada la dedicatoria que os he escrito a los tres. Sois así, como yo os veo. A mí no me convencía, y menos cuando mi hermano seguía chinchando con que eso me lo decía para convencerme. Y de nuevo, ya entre la rabia y el desespero le arrojé la foto a sus pies diciéndole que no la quería, que no y que no, que si a mi hermano lo quería más que a mí yo no quería ninguna foto suya. Ella se puso triste y me dijo: No seas tonto, eres demasiado pequeño, algún día comprenderás que es mucho más importante ser un sol que alumbra a todo el que te rodea que la luz de una sola persona. Y todo sin dejar de ser uno mismo. Pero a mí eso no me importaba, yo sólo quería ser su favorito y se lo dije: a mí eso me da igual, yo no quiero ser el sol de nadie, sólo el tuyo, sólo el tuyo, y no lo soy. Y no quiero ser mío, quiero ser tuyo. Ella no se calló: sí lo eres, mi vida, pero no sólo mío, no solamente, aunque seas mi hijo pequeño.


A un tris estuve de hacer migas la foto. La dejé arrumbada en un rincón, junto a una maceta. Ella no la cogió, ni permitió que nadie la tocara, me conocía, sabía que necesitaba tiempo para recapacitar. Luego, a la tarde, en silencio, sin decir ni pío, cogí la foto, me la guardé, pero el dolor seguía ahí, no cedía. Lo entendí, mamá, lo entendí, muchos años después, ya mayor. Y sí, cuánta razón llevabas, mío por encima de cualquier circunstancia, mío, siempre mío...y también un poco tuyo. Aunque sigo sin saber si soy un sol para los demás, sé que para ti era mucho más de lo que en realidad soy. Y ahora, con esa misma foto entre mis manos, en cierto modo algo no ha cambiado, yo quería y quiero ser un sol para ti. Para ti y para unas pocas personas más, nada más.





acróbata





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