sábado, 10 de enero de 2015

IX






Así estaban las cosas: a mi derecha un niño pequeño todo tristeza con el sueño cambiado; en alto, en una de las esquinas de la habitación una televisión que iba a monedas, y el vasco no estaba para echarle plata; y frente a mis ojos, en la pared que quedaba a los pies de la cama, tras mi pierna atada a una pesa de tres kilos, la maldita leyenda: “Se ruega no peguen los sillones a la pared, gracias”

¿Qué era aquello, una prueba para ver cuánto era capaz de resistir? Aburrirme no, esa palabra era una broma, me desesperaba directamente. Cómo podía pasar tan lento el tiempo. A ratos me dedicaba a contemplar como pasaban los segundos a través del marcador digital de mi reloj de pulsera. Y pasaban, puedo asegurarlo, no se detenían en ningún momento, al menos mientras yo lo miraba, porque aún hoy tengo dudas de si no se detenía la rueda del tiempo una vez que yo dejaba de vigilarla. Un día era una condena, una semana toda una eternidad. Y aunque la cadera ya estaba casi en su sitio estoy hablando que ya llevaba allí más de dos semanas, cerquita de cumplir la tercera—, no entraba aún en los planes de quirófano del equipo médico. ¿Razón? Que había surgido la controversia y me explico: hasta entonces me habían tratado en otro hospital, uno con nombre brillante, por lo de la luz lo digo, pero por una reforma política, el seguro que teníamos, el del régimen de la mar, había pasado a integrarse a la SS (no, no confundir con los nazis). Y me habían transferido a esa mole de hospital al norte de la capital, el del cabezón a los pies de la fachada principal. Todo normal, un trámite administrativo sin más historia. Pero, el equipo anterior que me llevaba, el que tantas intervenciones había llevado a cabo en mi pierna izquierda y me había visto crecer casi como si fuese de la familia, opinaba que para qué operar una cadera sana en principio —la izquierda—.Y los nuevos decían que a ellos no los gobernaba nadie en su manera de actuar. Mi padre viajes para allá y para acá, entre los dos hospitales, a ver qué se hacía—ambos jefes médicos no se llevaban muy bien, por no decir directamente que se conocían de viejo y ni se hablaban. Y cada uno convencía a mi padre al cincuenta por ciento—. Y en medio yo, que pintaba bien poco siendo el protagonista en realidad del temita en cuestión. Ellos decían que no había prisa por intervenir, que así no me perjudicaba —en lo único que coincidían en cuanto a opinión—. Claro: “no había prisa por intervenir”. Ellos no la tendrían. No estaban encamados, día y noche, amarrado a una pesa, con los codos, talones y trasero, resecos a más no poder, por mucho que me echasen cremas hidratantes. Tan resecos, que a menudo me escocían, y de rojos que los veía, parecía que en cualquier momento se iban a poner en carne viva. Me estaba llagando. Pero tranquilos, sin prisas, por favor.

Y en esas estábamos...tranquilos, que nadie se altere. Entonces en una de las muchas visitas que me hizo la tía de Aranjuez—venía con el tío y con mi hermana, que también se vino con nosotros. El hermano, lejos, muy lejos, en la mar— me trajo dos libros. Aleluya, alguien pensaba, se apiadaba de mí, llegaba a la conclusión que estar todo el santo día en cama no es lo más divertido que a uno le puede suceder. Sabía que no me gustaba la tele y que ésta iba a monedas. Eran dos libros bien comidos, gorditos, gorditos, sobre todo el de tapa negra, el que me dijo que tenía que leer después del otro, el que lucía una solapa verde oliva, o verde bosque, como mejor os imaginéis. No había oído hablar de ellos en mi vida, pero sonaban bien, sobre todo el segundo tenía un título la mar de atrayente. Y eran: “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos I”. Cuánto me ayudaron, cuánto...nadie lo sabe. Me los bebí. Tan rápido los devoré que allí mismo, sobre aquella cama alta, también me dio tiempo a releerlos. Y si Frodo podía con aquella carga que le inclinaba, que le hacía doblar el cuello, yo podría también con lo mío. Y si en horas oscuras Gandalf le decía que buscase la luz dentro de si mismo, también me lo estaba comunicando a mí el mago gris. Y yo la encontraba entre las letras, entre aquellas páginas repletas de aventuras épicas, que una vez más habían venido a salvarme de un pozo más profundo que el de Moria.

Por fin se pusieron de acuerdo en cuanto a qué hacer con mi cadera izquierda: operar de manera preventiva. Bueno, ese fue el ultimátum del equipo médico que ahora me llevaba y me iba a seguir llevando en el futuro. Les costó. Nos costó. Tanto que se nos había echado encima la Navidad. Casi cuarenta días llevaba allí, atada mi pierna derecha a esa pesa. Desesperándome. Envejeciendo por momentos, aunque pueda parecer mentira. Madurando más que el mosto en barrica de roble. Y a ratos pensaba yo: <<joder, me tiene que medir esa pierna dos metros más que la otra, de tanto tirar de ella>>. Y no se les ocurrió programar la operación para otro día que no fuese el de Noche Buena. Qué suerte. Aunque en realidad a mí me daba lo mismo. Lo que deseaba es que fuese ya, cuanto antes y salir de esa cárcel blanca. Ardía en deseos de que me bajasen al quirófano, a pesar del miedo que tenía. ¿He dicho miedo? Pavor, terror, sí, queda mejor definirlo así. Curioso, la puerta de la libertad pasaba por atravesar el umbral de mi infierno particular. Llegó esa mañana, me quitaron las vendas de las tracciones, por cierto, sin excesivo cuidado y tras las tiras de esparadrapo también salían trozos de piel. Me rasuraron, me colocaron los goteros, el cableado y ya preparado, en ayunas, a esperar que llamaran de quirófanos. Y nos dieron las diez, las once y las doce...(como la canción de Sabina, pero sin música) la una y las dos...y nada, intervención pospuesta. Había llegado una urgencia y después de acabar con ella estimaron que se les hacía demasiado tarde para lo mío. Esa tarde era una tarde para estar en familia. Sí, esa era la humanidad reinante que me encontré en aquellos médicos de la SS. Otra vez, a colocarme las tracciones y sí, exploté: un mar de lágrimas y tras estas la rabia acumulada: sapos, culebras y demás insultos salieron de mi boca a viva voz y todos hacían mención especial a los familiares de los médicos. Entonces quisieron ponerme un tranquilizante y amenacé que si me tocaban para pincharme me iban a tener que amarrar de pies y manos, porque todo lo de mi alrededor, todo lo que quedase al alcance de mis manos, iba a volar. Poco a poco me tranquilicé y por lo menos esa noche cené de fiesta. Comer no, se había pasado la hora de las comidas.

Bueno, suponía que me operarían al siguiente día de la festividad. Y...no, tenían programada toda la semana. Lo dejaron para el día de Noche Vieja. ¿Y no lo hacían a mala leche? ¿No estaba pagando el jefe médico del servicio de traumatología infantil, su rivalidad con el otro traumatólogo que hasta entonces me había llevado? Yo diría que sí. He aquí su retahíla preferida cuando mi padre y yo nos quejábamos y exigíamos un mínimo de respeto ante el evidente toreo que nosotros sentíamos al que estábamos siendo sometidos: vayan a lo de su amigo y que lo opere él. Ah, que no puede, porque está fuera de la Seguridad Social, pues que les deriven a otro hospital. O si quiere que venga aquí él y le opere, yo le cedo mi quirófano. Vaya, vaya a decírselo, ya que se conoce tan bien el camino. Y entonces mi padre le exhortaba a dejarse de segundas y él añadía: Aquí mando yo. Esta es mi consulta, mi planta y aquí mis quirófanos. Como de costumbre la ley del más fuerte, no del más humano o del que mejores argumentos tiene.

Y llegó el día. Y me bajaron al quirófano. Y entré, sin un guiño, a la cámara de los horrores.






acróbata



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