sábado, 10 de enero de 2015

IV






Cientos, qué digo cientos, miles de gargantas, de bocas, de voces y... silencio. Un silencio duro, marmóreo, granítico, de fotos que amarillean al sol de levante y también al de poniente. Un silencio de epitafios absurdos, ingeniosos, poéticos. Un silencio espeso. Y fiel a su naturaleza, ese silencio eterno, ni una sola palabra más por mucho que sean tantos los ojos que los visitan. Nada, ni un susurro, ni un quejido, ni un grito, ni un aliento, nada. Allí están, por y para siempre, y sin embargo no hay nadie. Sólo pasos sobre la grava, sobre el cemento, con ruidos de procesión trepando en ocasiones por peldaños de hierro hasta alcanzar su altura, otras veces ni eso. Pasos ajenos a su no mundo que antes o después acabarán formando parte de idéntica nada.

Y se empeñaba en ir. Había que ir por lo poco una vez por semana. Al principio lo veía yo normal, si él lo decía sería porque eso era así, pero poco a poco fui cambiando de opinión. De manera rápida, en apenas unos meses y él dale que te pego con el tema de subir. Si es que parecía que cuando salíamos de casa sin destino fijo había que acercarse allí. Todos los caminos dejaron de ir a Roma y acababan donde termina el paseo de eucaliptos. Qué pesadez. No sé qué esperaba encontrar y siempre la misma cantinela: no le pueden faltar flores frescas. Esto tiene que estar siempre limpio, que se puedan comer sopas. Y luego la promesa que nos hacía hacerle: cuando yo falte no os olvidéis de subir, de seguir subiendo. Y una vez y otra y otra. Y yo pensaba: <<cuando tú faltes no andarás muy lejos, cerquita, por aquí mismo. ¿Y subir? Para qué, ya tendré tiempo, la eternidad enterita para no bajar más al pueblo, para no salir jamás de aquí>>, (pues si que va a descansar algo retirado, supongo que en la zona nueva, y yo también, lo más seguro. Hace unos cuantos años tuvieron que ampliarlo. Ya se sabe, esos lugares del descanso eterno no paran de crecer). Yo es que nunca creí que allí quede algo más allá del cuerpo, el traje, el vestido que nos sirve para caminar por tierras de dolor. Y al final ni eso. Además, me resultaba doloroso subir. Era ver su foto ahí, en una lápida de mármol blanco a tres metros y pico del suelo, la misma foto de estudio que se hizo unos meses antes para regalarnos una cada uno, dedicada de su puño y letra, y sentir un mar contenido de tristeza, de rabia, de impotencia, que amenazaba con desbordarse. Él sentiría que así cumplía. Eran sus creencias, pero no las mías. Y llegó el día que se lo solté: esto es absurdo, venir aquí es de masoquistas. Yo no quiero subir más. Y se ofendió: cómo se te ocurre decir algo así, ahí está tu madre, vaya un hijo que estás hecho. En fin, él, todo tacto. Y yo no me callé: pues un poco más allá está la tuya y que yo sepa antes no subías nunca. Y bronca.

De todas formas era curioso eso del cementerio, yo antes del fallecimiento de mi madre no había estado nunca, y acabé por conocérmelo bien. Me gustaba alejarme de la tumba de mi madre, era la única que me producía dolor, las demás no me decían nada. No, la de mi abuela tampoco, no la conocí. Y cuando apenas si había nadie, te sentabas en un banco de esos de la rotonda del centro, al sol y qué paz, qué silencio. Luego, si te aburrías, te dabas una vuelta, leías epitafios, te fijabas en los ángeles esculpidos, en las fechas de los difuntos y te entretenías enseguida.

También nos llevábamos algunas sorpresas de vez en cuando al ir a llevarle flores frescas a mamá. Llegábamos, con la escoba de mano, el cubito, la bayeta, la esponja, el trapo de gamuza y el ramo de rosas o claveles y...¡toma ya!, que se nos habían adelantado. Y ya estaba todo hecho. Quién podía ser. La primera vez papá se calló, no le sentó bien, pero no dijo nada. Pero a la segunda explotó: no les da vergüenza, hacerse casi trescientos kilómetros, para venir hasta aquí a ponerle flores y no pasar siquiera a saludar. Papá se ofendió mucho y la hermana más y soltó lo suyo: si ella pudiera ver esto se sentiría muy dolida, más que dolida. Y entonces hecha una furia, se subió a la escalera y frescas como estaban las flores las quitó con rabia y pidiéndole a papá las que habíamos subido colocó las nuestras. A mí todo aquello me daba lo mismo, no esperaba nada de ninguno que no dormía bajo mi mismo techo. Y además, confirmaba lo que ya pensaba yo por aquellos entonces, ahora más: todo en vida, cualquier detalle, sea lo que sea, o incluso agravio, en vida. Porque una vez al otro lado, qué más da nada. Los intocables son eso, intocables.

Pasó el tiempo y papá dejó de subir, supongo que todo tiene su momento. Sólo la hermana sube en ocasiones para echarle un vistazo y adecentar un poco aquella lápida. Y yo después de aquellos primeros tiempos habré subido dos o tres veces más, por pesadez de mis hijas, que querían ver dónde estaba enterrada su abuela. Y, para qué, no creo que haya allí nada de mi madre, pero, bajo su tumba, viendo su foto ahí, en lo alto, pegada a un cacho mármol, el nudo de la garganta no cede, se agarra con más fuerza, y, me tengo que contener el llanto viejo.





acróbata






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