viernes, 2 de enero de 2015

III




El gran reto de la Ciencia es dotar de sentido a lo que no tiene explicación. El ser humano siempre asistió a acontecimientos que no entendía, algunos los ha desentrañado, otros no. Y en los que no, igual seguimos, luchando contra el desconocimiento, la incredulidad ajena y también en ocasiones la superstición. Demasiados frentes abiertos a la vez parecen.

Las ventanas interiores de la casa familiar dan a un patio de luces elevado donde mamá tendía la ropa. Uno compartido con el otro bajo de enfrente, que en aquella época permanecía cerrado a cal y canto, pues no se vendía. Es decir, esas ventanas quedan en alto, pegadas al techo de las habitaciones traseras, cocina y lavadero. Pasillos, salón y dormitorio principal son exteriores y sus ventanas a media altura. A eso del medio día estábamos en la cocina la hermana, la abuela, el abuelo y yo, y no recuerdo si alguien más. Era a finales de primavera y ya hacía un clima más que templado, de ahí que tuviésemos las ventanas abiertas de par en par. Entonces el abuelo se quedó como petrificado mirando hacía arriba, al patio de luces. Yo estaba de espaldas a esa ventana y no veía lo que él, sólo que de repente se ponía lívido y como alma que lleva el diablo, visiblemente alterado, echó mano de su sombrero y con gestos nos dijo que se iba a dar una vuelta por la calle, parecía muy acalorado. ¿Qué mosca le habría picado? Ni idea, yo seguí a lo mío, sin girarme a mirar por la ventana, no imaginé que ahí había estado la razón de su inquietud.

Llegó la hora del almuerzo y el abuelo que no venía. Ya pasadas las tres, viendo que no regresaba, y muy preocupados por él, apunto de salir a buscarle, apareció. Venía con las ropas sucias, la camisa manchada de sangre ya seca y con un buen corte en la frente. Parecía transformado. Inmediatamente la abuela comprobó que ese corte no revestía gravedad, un simple rasguño que al sangrar había evitado la formación de un feo hematoma. Y tras adecentarse un poco en el servicio, pasamos a preguntarle qué le había sucedido.

No quería contar nada, lo único que expresaba por señas era que se había mareado y se había caído paseando por la orilla de la playa. Y que hasta que no se le había pasado el mareo no se fiaba de levantarse para regresar. Nosotros nos quedamos conformes con esa explicación, la abuela no. Y menos cuando quería marcharse ya, insistía en irse inmediatamente. Ni quedarse a comer le parecía oportuno.

No tardaron en irse, la abuela lo retuvo todo lo que pudo, apenas un rato más, lo justo de comer corriendo y deprisa y el café casi al trago. Tiempo después, bastante tiempo después, la abuela nos contó el motivo. Se lo había confesado a ella, entre lágrimas y muy asustado, en el viaje de regreso a su ciudad. Así decía: la he visto, le dijo muy alterado y santiguándose. A quién has visto, le preguntó la abuela viéndose venir la contestación. A quién va a ser, a mi hija, todo esto expresado con mímica, pero de manera bien evidente. Venga, no puede ser, te habrá parecido, qué iba a decir ella. No, te lo aseguro, primero he dudado, porque la he visto de espaldas, en el patio ese en alto de su casa, tendiendo la ropa, por eso me he marchado, porque no podía ser, porque he sentido miedo de que se girase y se confirmase que era ella, aunque no tengo ninguna duda que era ella. La abuela, a estas alturas, ya no lo ponía en duda, sólo quería que siguiese con la narración: ¿y qué te ha pasado en la playa, después? Una pregunta que intuía la contestación. Pues que allí, en la playa, junto al espigón, entre las piedras, la he visto de cara, caminando hacía mí, y era ella, sin duda, venía sonriendo, con esa sonrisa tan suya. Y la abuela: qué ha pasado entonces, ¿te ha dicho algo?, llegados a este punto ella, la abuela, era toda expectación, quería saber, una metralleta preguntando. No, no me ha dicho nada, pero es que yo me he asustado, he salido con prisas de allí y al echar a casi correr me he tropezado y al caer me golpeado en la frente con una piedra. Nos contaba la abuela que parecía apesadumbrado de haber sentido miedo de su hija recientemente fallecida, pero ella insistió: Y qué, qué más, cuenta, cuenta, ardía en deseos de saber más, de conocerlo todo. Y entonces no sé, he perdido el conocimiento y al recuperar la conciencia, nada, en apenas cinco minutos, ya no había nadie. Y el resto del tiempo he estado llamándola, pero nada. Le he fallado, quizá quería decirme algo y he sentido pánico. Le he fallado. Esa pena tenía el abuelo. Así nos lo contó la abuela.

Nunca más volvió a pisar nuestra casa, su enfermedad le atacó al poco con más saña que nunca y ya desahuciado por los médicos, con tan sólo tratamientos paliativos, aguantó el pobre mucho más allá de lo que nadie podía imaginar. Amaba la vida, sí. Y también temía a la muerte, creo. ¿Qué fuerza de las dos consiguió sostenerle tanto tiempo a este lado? En una de las últimas visitas que le hicimos, quizá en la última, su deterioro físico a mí llegó a impresionarme. Eso sí, llevó todo el proceso con una dignidad encomiable.





acróbata




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