jueves, 1 de enero de 2015

II





Hay costumbres que, por costumbres, muchos abogan por mantenerlas a capa y espada. Yo no. Costumbres antiquísimas, que quizá antes tenían razón de ser, pero que no sólo habría que quitar del costumbrismo, incluso habría que ir más allá y borrarlas de la memoria. Y se me ocurren unas cuantas. Pero para no dejar ninguna de lado, sólo diré que todas aquellas que fomentan, o consienten, de manera activa o pasiva el sufrimiento de los más inocentes. Bastante dura es ya la vida como para ayudarla en lo malo. Proteger a la infancia de ciertas imágenes debería ser un objetivo ineludible.

Al fin acabó todo aquello, esa pesadilla cuyo despertar no trajo sus brazos, su regazo, su aliento: el féretro, cerrado a cal y canto, en mitad del salón, como una estampa imborrable —aún hoy, cuando miro la mesa de comedor de la casa familiar, a veces me asalta el recuerdo y en vez de ese mueble largo, de madera oscura, lo vuelvo a ver, ahí y dentro ella, tan cerca, tan lejos, ya más allá de todo y de todos— . Pero no era suficiente con eso: entrada, pasillos y también esa misma sala, todo lleno de sillas de tijera, de gente y más gente en constante tránsito: murmullos, cotilleos, pésames, lágrimas y las larguísimas horas de ese día hasta el siguiente del funeral. —¿De verdad que teníamos que tragarnos todo eso? ¿Que vivirlo de manera tan cruda, a quemarropa? ¿ De verdad que tuvimos que pasar por ahí? Era la costumbre. Maldita costumbre—. Y después la iglesia, la misa, el camino hasta el cementerio y un tercero sin ascensor para su carne, para sus huesos, para su eterno descanso. Así, sin más. De ese modo tan, tan...¿Cómo definirlo?, termina una vida y comienza otra sin ella. Por fortuna, de esto último, de contemplar como la metían hay dentro y sellaban con ladrillos y yeso ese pequeño hueco que abrió simas en mí, me libré y me dejaron en casa con una tía mía. Mis hermanos no, ya eran mayores —ya, sobre todo mayores— y también por ahí pasaron y de luto impuesto. Era la costumbre. Maldita costumbre.

Y entonces nos fuimos a pasar unos días a lo de los abuelos, pocos, la vida continuaba: colegio, trabajo, obligaciones. Allí el dolor era grande, se les había muerto la hija mayor, la favorita del abuelo, el hombro de la abuela cuando se trataba de contar penas. Y éste, siguiendo los dictados de la costumbre, no dudó en echarle un paño negro por encima a la tele. Y entonces la abuela, mucho más pragmática: Sí, hombre, lo que le faltaba ya a los niños. Y quitó ese paño añadiendo: una cosa no tenía nada que ver con otra, que al dolor no había que darle más campo del que él ya se tomaba, o algo así, quiero recordar que dijo. Y el abuelo accedió, aunque a regañadientes, por nosotros, supongo. De todas formas él estaba de luto y nada de disfrutar con las cosas que más le gustaban. Él era así. Ya no hablaba, tras muchos años luchando contra el cáncer de garganta, una última operación le había arrebatado el hilo de voz que aún le quedaba. Mamá siempre decía que no soportaría ver la muerte de su padre. Y no, no la vio.

Pasaron esos pocos días, no recuerdo cuántos. Y al regreso fue cuando en realidad nos dimos de morros con la realidad. La casa, qué fría, qué solitaria, qué triste. Se nos caía encima. Se había quedado sin alma. Así llevaba meses, pero con la esperanza de recuperarla. Ya no.

Y entonces la nueva normalidad: papá y el hermano a la mar, la hermana que se quedó sin comenzar el instituto —no cuadraban sus horarios con los míos del colegio. Y qué injusto esto, era una niña aún, tenía 14 años, sólo esa edad. Y no había nadie para ayudar, para solventar este tema— y yo, que comenzaba la segunda etapa del colegio. Más cambios, por si faltaba algo.

Ese invierno, que se avecinaba fue de los más fríos que recuerdo, y no sólo porque fueron bastantes las mañanas de colegio en las que hasta bien entrada ésta, ya pasado el recreo, los charcos del patio no dejaban de lucir una finísima capa de cristal. Una película de hielo que nos entreteníamos en quebrar a pedradas. Sí, había días en los que parecía haber hielo allá donde mirase, y para ese no hallaba piedras. Luego vino la primavera y después el verano. Y yo no recuerdo que fuese ni florida ni éste caluroso, lo más probable es que sí que lo fueran, pero no lo recuerdo. Por algo será.






acróbata




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