lunes, 29 de diciembre de 2014

XX





Hay quienes afirman que el tiempo es una invención del ser humano. Otros que si se trata de la llamada cuarta dimensión —¿y viajar por él? Menudas consecuencias traería eso, si ya es difícil manejar un presente, como para tener opción a más—. A saber. Lo único indiscutible, creo, es que sin relojes, calendarios y contabilidad no sabemos vivir y para nuestro tiempo de vida nos hemos inventado etapas, a grandes rasgos: infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y se acabó. Y todos estos pasos a través del tiempo los tienen más o menos medidos en intervalos de edades. Será. Aunque no lo tengo yo tan claro.

Atendiendo a esos criterios, puedo decir que la vida me ha robado unos tres años, o mejor expresado: no me robó, me los tuvo en el limbo. Entonces no fui consciente, pero ya de adulto sí. Mi infancia como tal acabó con la muerte de mi madre, con diez años, y hasta los trece, en los que comenzó mi adolescencia, tras otro palo, éste de salud, estuve en un período en el que ni niño, ni adolescente. Fueron unos años extraños, muy extraños. Pasaron sin mucha historia para mí, casi los tengo en blanco y quizá sea por el dolor de la pérdida, ¿sería esa mi defensa? Aunque, bueno, alguna vivencia, no pequeña, hay que merece ser contada, lo haré. Pero no estamos en eso aún, estoy en cerrar una etapa de narración de la mejor manera que se me ocurre. Y sigo. Este periodo lo pasamos recomponiéndonos, aprendiendo a vivir sin mamá. Cada uno se agarró a lo que pudo. Y aunque juntos, como una familia unida, tengo la impresión que en cierto modo nos convertimos en cuatro soledades. No fue fácil, para ninguno. Papá dejó de ser aquella figura que delegaba autoridad y decisiones del día a día en mamá, para convertirse en padre. A ratos severo, a ratos hundido (sólo en la intimidad del hogar) y necesitando el apoyo de sus hijos, tres críos tan hundidos como él. El hermano lo tuvo crudo con papá como jefe en el barco (enseñar nunca ha sido lo suyo) y como...jefe en la casa. La hermana teniendo que desempeñar un papel que no le tocaba ni por forros, casi de mujer adulta, tuvo que aprender a marchas forzadas a ser ama de casa, y todo eso intentando compaginarlo con los estudios. Y yo, bueno, ya se irá leyendo aquí, en siguientes capítulos. Pero de todo se sale. Nada como ese sencillo gesto de respirar, que ni dominamos en realidad, para que hasta los vientos más fríos pasen, aunque claro, su huella dejan. Es inevitable.

Y poco más que añadir al respecto de mi infancia. Seguro que en el tintero ha quedado mucho, pero creo que a grandes rasgos he contado lo más determinante, aquello que obró en mí, en lo más tierno de mi despertar a la vida y que pienso que tuvo gran parte de culpa en formar la persona que hoy soy.

Habrá quien pueda opinar que una infancia muy triste, —motivos más que suficientes para así interpretarla— pero la realidad que siento no es esa. Muchos bastos y muy pocos oros en la mano, me sirvió el destino, y sin embargo la recuerdo con cariño. Y aunque parezca mentira, fui un niño muy feliz, risueño, espontáneo, nada tímido, nada retraído o solitario. Y a pesar de la crueldad de la primera edad, que a veces se cebó conmigo por mi tara física, yo encajaba enseguida, aunque amigos de verdad no me echaba muchos. Por qué. Sencillo, me hacía de respetar y para los que se metían conmigo no tenía otra mejilla que poner. Creo que de querer por unos pocos también me hice. Iba de cara y eso, el ir de cara, aunque pueda parecer que está pasado de moda, nunca se pasa. Esa es excusa del sinvergüenza, del taimado Judas de turno. Creo que los que me conocieron y me conocen personalmente hoy en día podrán decir que si soy tal o cual, pero pienso que no me tacharan de falso.

Puede decirse que, aunque demasiado pronto, cambió el camino, cambió el horizonte, cambiaron muchas cosas como es lo normal en esas edades. Y lo que más cambió para mí fue el descubrimiento de la pérdida. Una que me acompaña desde entonces, aunque a veces me crea pleno. Hay huecos imposibles de rellenar que siguieron y siguen ejerciendo una gran influencia en mí. Me parece increíble, pero también en ausencia mi madre me ha educado y me ha dado en ocasiones la luz, la fuerza, que no hallaba en ningún lugar. Mas no es cuestión de dejar esto así, sólo con la narración de aquellos primeros años. Acompañadme en este viaje que termina una etapa de vida, pero aún queda mucho para llegar al lugar y momento desde el que escribo. E igual hasta puede que os resulte interesante o entretenido conocer la historia de alguien con algo que contar, aunque no tenga mucha historia.






acróbata






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