jueves, 25 de diciembre de 2014

XVIII





La memoria, ese archivo de indias sin pies ni cabeza. Capaz de archivar cualquier cosa en anaqueles imposibles de perder de vista, de escribir con letras de plomo fundido en la piel de hasta la espalda más dura y también de arrojar al olvido cientos y cientos de páginas de vida. La memoria, ese sin dios que huye del Dios Kronos, que se ríe de él en sus bigotes poniéndole cada poco en el compromiso de ser un don nadie. La memoria, quién no tiene la suya propia además de la colectiva que nos convierte en familia, clan, sociedad, civilización. Y yo, recuerdo, incluso en momentos dados puedo recordar de oídas, de vivencias que tanto influyeron en mi vida y que sin embargo tengo enterradas muy al fondo, en el olvido incluso para el ser consciente.

Después de llegar hasta aquí, leyendo, alguno podría llegar a pensar: vaya una memoria que tiene, narra de la niñez, de la tierna infancia como si nada, esa es una opción, la que seguramente tendrán los menos desconfiados. Y otros, los que llegan a poner en duda hasta su nombre si se lo repiten dos veces seguidas de manera equivocada, igual opinan: menudo fabulador está hecho, quién se puede creer que recuerde vivencias con apenas tres o cuatro años. Y ya quedo yo para intentar aportar luz a las sombras, ya quien quiera o pueda creérselo no es asunto mío. Esta es otra faceta más de mi anarquismo, yo narro, no cuento, porque la pretensión es una obra de carácter autobiográfico, no una fábula para irse a dormir, y que cada cual se haga su idea. No tengo una memoria prodigiosa, es buena, nada más. Pero hay vivencias que son imposibles de olvidar, otras muchas, incluso de ayer mismo, se me escapan que es un gusto. Y si recuerdo tanto de entonces es bien sencillo. Dejadme que os narre mi primer recuerdo de vida, no tenía aún ni tres años, y entonces quizá comprenderéis:

Abrí los ojos, mis párpados pesaban como dos losas, como si me hubiesen colocado encima pesetas —eso hacía mi hermano mayor cuando mamá le pedía echarle un ojo a la hermana de bebé, a ver si seguía durmiendo, él tenía dos años (recuerdo familiar)— para que continuara en el mundo de los sueños. Mi pequeño cuerpo ardía, era puro fuego, estaba desnudo, encima, por todo el cuerpo, paños húmedos, fríos, que me hacían tiritar. Quise incorporarme, no podía. Me faltaban las fuerzas. Además, tenía brazos y piernas enganchados a un montón de cables y tubitos. Y si todo esto era poco, de mi costado izquierdo, a la altura de la tetilla, salía un tubo grueso que iba a parar a una máquina con un fuelle que subía y bajaba en todo momento. ¿Me estarían dando aire como si fuese yo un globo? Miré más detenidamente: estaba en un cama alta, con la sabana bajera manchada de sangre, de bastante sangre. En una pequeña habitación con poca luz y a mi lado, en una silla, con la mirada húmeda y el rostro surcado de pequeñas arruguitas de preocupación, cansancio y dolor, mamá, pelándome un plátano para la merienda. Le hablé: pélamelo como Tarzán —siempre me gustó de niño comérmelos así, sin retirar del todo la cáscara— y no te preocupes tanto, mamá, que me voy a poner bueno, que todos estos aparatos son para curarme. Ahí comenzó a archivar mi memoria vivencias en imágenes imposibles de perder. Cómo no voy a recordar esos momentos.

Y ahora pasaré a relatar de memoria también, de la que ha llegado a mí de oídas, principalmente por mi padre. Hasta los casi tres años yo fui un niño sano como una manzana, vamos con una salud de hierro: algún ligero constipado y nada más. Estábamos a primeros de julio, en la casa de campo de los abuelos, de vacaciones, como tantos y tantos veranos de mi infancia. Y en el atardecer salimos a pasear por el camino entre pinares, como tantas y tantas tardes. Los niños íbamos delante, corriendo, saltando, jugando y los mayores detrás, conversando. Entonces me fui para mamá y le dije que me dolía la pierna. Así, sin más, ni golpe, ni caída, ni nada. Mamá me aupó y notó que estaba caliente y se lo dijo a papá. Regresamos del paseo y ya dentro, en casa de los abuelos, lo que en un principio era nada, en apenas un par de horas se convirtió en algo serio, algo que mi padre decidió que no era normal (pierna izquierda inflamándose de manera escandalosa y fiebre, mucha fiebre, más de 40 que no bajaba con nada). Unos decían que no sería nada: una gripe, un bicho que me habría picado en la pierna y eso era una reacción, y que si por la mañana no estaba bien, pues al pueblo al médico. Mi padre no cedió y pensó rápido:<< el hospital más cercano el de Cartagena>>. En un principio trataron de calmarlo: no seas exagerado, no puede ser nada. Y si algo ha tenido siempre mi padre es genio y convicciones casi inamovibles: o nos lleváis o llamo a un taxi. Y se acabó la controversia. Por supuesto nos llevaron, a papá, a mamá y a mí, cómo no lo iban a hacer, eran la familia. Ingresé por urgencias, y tras un ligero chequeo diagnosticaron una infección de origen desconocido y sin foco aún seguro, aunque la pierna ganaba muchos enteros. No dejaron quedarse a mis padres conmigo y ya a altas horas de la noche encontraron una pensión donde pasar la noche.

A la mañana siguiente, bien temprano, al llegar a la habitación y verme, mi madre se puso loca: qué le han hecho a mi hijo (ya estaba enganchado a la maquina con asistencia respiratoria, además de a otros muchos cables y tubos). Enseguida, a expensas del personal de enfermería, acudió la jefa del servicio de pedagogía: pueden denunciarme si quieren, pero anoche, ya de madrugada, no pudimos localizarles para que firmaran la autorización y, o interveníamos, o su hijo no salía de esa. Desarrolló una septicemia, se le encharcó el pulmón izquierdo y a consecuencia de la presión torácica, tuvo dos paradas cardiorespiratorias. De momento hemos conseguido estabilizarlo, pero si son creyentes recén todo lo que sepan, hemos hecho todo lo posible y no sabemos si logrará superar la infección generalizada. Es muy severa y de una velocidad que yo al menos nunca antes había visto. Mis padres, por supuesto, no la denunciaron, todo lo contrario, se lo agradecieron de corazón: me había salvado la vida. Después, con el devenir de los días, llegaron las preguntas, a ver de dónde podía venir semejante infección. Y nada, no daban con el origen. Tres meses ingresado en Cartagena, la septicemia remitió, el pulmón curó, sin secuelas, pero la pierna...Hasta que un día, un médico con un corazón enorme, cogió a mi padre en un aparte y le confesó: Si fuese mi hijo yo me lo llevaba de aquí hoy mismo, eso le dijo confidencialmente. Cómo, qué me dice, si está mejorando, ¿no?, preguntó mi padre realmente sorprendido. Eso es lo que parece, pero en realidad no sabemos qué tiene, la infección está contenida, pero no vencida. Y si no se ataja el origen regresará y su hijo ya no podrá luchar contra ella, estará sin armas. Sea lo que sea lo que tiene su hijo no es para nosotros. Esto, de poder tratarse en condiciones, tiene que ser en Madrid o Barcelona, y a saber. Y mi padre, que como dije antes, una vez que decide algo, hay que matarlo para sacárselo de la cabeza, se fue directo a inspección médica: ahora mismo, una ambulancia para Madrid, para el mejor hospital de Madrid. Y no querían, pero sabían que ellos no podían hacer más. Y claro, pusieron sus condiciones: bajo su responsabilidad, igual no supera el viaje, son casi cinco horas y no nos podemos hacer responsables de nada, se lavaban las manos. Por supuesto que asumo toda la responsabilidad, es mi hijo, a mi padre con esas... ¡Ja!

Ingresé en Madrid, en una clínica de la seguridad social del mar. Una de las más avanzadas de la época. Tres meses más allí (tengo recuerdos de ella), o eso creo. Y dieron con lo que tenía, cogieron al toro por los cuernos, así lo expresó el jefe de la unidad: una infección de una bacteria come huesos que había devorado el 90 % de mi tibia izquierda y que estaba a unos pocos días de entrar en el torrente medular — algo así dijeron— y una vez allí nada se hubiera podido hacer por mi vida. ¿El reservorio donde la bacteria se hacía fuerte? Mis anginas. Hasta que no me las extrajeron no había modo de mejorar. Origen de la infección: desconocido. Dos años con trazas de infección en la sangre, con décimas de fiebre. Y no me cortaron la pierna porque mi madre se negó. Les vino bien, experimentaron de lo lindo. Desde la distancia comprendo a mi madre y también a los médicos y también sé el calvario de operaciones y secuelas por el que he ido pasando, incluida esta jubilación forzosa.

Ahora mismo, mientras escribo esto, tengo 41 años, un mes y 28 días. Llevo jubilado de la mar casi tres años y mi pierna izquierda, según palabras de una de las médicas que me envió al tribunal que valora el tema de las incapacidades, por como está por dentro, debe de andar por los ochenta años o así. Supongo que no me va aguantar todo lo que estoy dispuesto a vivir. Eso, o va a batir el récord de supervivencia del ser humano. No sé. Lo que tenga que ser será. Si puedo, aquí estaré para contarlo.








acróbata




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