miércoles, 24 de diciembre de 2014

XVII




La culpa, ese objeto arrojadizo. Esa piedra en cualquier mano que atenta contra el de allí, el de aquí, contra aquel, contra todos. E incluso, a veces, contra esa imagen de brazo alzado, armado, que refleja el espejo que contemplas, que te devuelve igual desafío en su mirada que la tuya propia. Y cientos, miles de cristales hechos añicos, una y otra vez, y otra, y otra...Respirar, el primer soplo de vida, ese aliento que te llena de mundo, de lo mejor y de lo peor de este mundo y ya eres culpable, tan culpable como llegues a sentirte alguna vez. Porque la culpabilidad es un sentimiento tan humano, tanto...Un ataque más. Una defensa más, muy pobre, paupérrima a más no poder, como pobres somos todos en muchos momentos, pero humano, como humanos somos todos.

De cristal, eso decían, no se cansaban de decir los médicos, así era el único hueso de sostén que había sobrevivido a la infección. Un peroné, que tras ser trasplantado de lugar, le tocaba hacer de tibia a falta de esta. Casi dos años de reposo, sin poder dar ni un paso, hasta que el experimento resultó y este hueso destinado de acompañamiento al principal de la parte baja de la pierna, reaccionó y se dispuso a engordar, a tomar cuerpo de tibia. Había sido un éxito, uno a base de intervenciones, pero un éxito incompleto, pues si esa pierna no volvía a tocar suelo, a apoyar y servir de sostén, entonces para qué. Un aparato ortopédico que ayudase, que sirviese de protección, fue la genial idea. Y a caminar. Pensaban que ya no sabría, que tras todo ese tiempo transcurrido y teniendo en cuenta lo pequeño que era, habría que enseñarme otra vez, tendría que aprender con casi cinco años, lo que sabía hacer desde que tenía uno y que había dejado de hacer poco antes de cumplir los tres. Se equivocaban. Salí caminando, ya cojo de por vida, pero caminando sin ayuda de nada, de nadie. Era la felicidad y sí, sí que lo era, pero ésta nunca es completa.

Un poco más de tiempo, apenas unos meses y aunque no me lo permitían, ya no sólo podía caminar: correr, saltar, también entraba dentro de mis posibilidades. Podían más mis ganas de vida, la sangre que hervía por mis venas que cualquier limitación. Y era un niño, y qué quería: jugar con el resto de los niños. Y lo hacía, casi a escondidas muchas veces, pero lo hacía. Y ahí empezó a anidar en mi pecho la culpabilidad. Sí, un poco. Era malo, a ratos era malo, me portaba mal, desobedecía a los médicos, a papá, a mamá. Qué le íbamos a hacer, por mucho ángel que tuviese dentro pidiéndome calma, también me habitaba un demonio bien alimentado a base de impotencia que no paraba de desafiarme, de convertirme en un rebelde con causa. Demasiado dolor, demasiada injusticia en un cuerpo tan pequeño, imposible retener tanta rabia dentro. Y la única manera que encontraba de sacarla de dentro era no conformándome a ser un niño enfermo, diferente al resto de los niños de mi edad.

Fue en una visita de rutina a Madrid, a la clínica. Una más—íbamos cada mes o mes y medio, se podría decir que a mis cinco años de edad, era tan madrileño como aguileño, con decir que mi acento era de la Capital, con lo murciano que soy hablando hoy en día. Algo normal por otra parte, mamá era conocida entre la familia de papá como la madrileña, y durante días y días yo sólo escuchaba esa habla— de tantas: radiografías, consulta, quizá ortopeda si había algo que modificar del trasto de aparato que llevaba en mi pierna izquierda y para casa, si todo estaba bien. Pero en esta ocasión no todo estaba como debía. Nada más ver los traumatólogos las radiografías: no puede ser, eso decía uno de ellos. Y otro de ellos: pero es. Y entonces llamaron a un tercero, el jefe del servicio, y éste: vaya, era una posibilidad, esto podía pasar. Y mamá, ya deshecha por la incertidumbre: qué pasa, doctor, ¿algo no va bien? Y el jefe: no, algo no está bien, pero no se preocupe señora —la cara de mi madre era un poema— tiene arreglo, hay que intervenir ya, cuanto antes, esta misma tarde, pero no será algo complicado de arreglar. A mí entonces se me vino el mundo encima: intervenir, esa palabra, ese horror, esa pesadilla que ocupaba tantas de mis noches. A ver, no era sonámbulo, no al modo tradicional, tenía terrores nocturnos y no de los normales a esa edad. El cuerpo médico ya había advertido a mis padres que el origen de esas terribles pesadillas era consecuencia de tantas anestesias juntas y los psicólogos añadieron que había sido mucho para la psique de cualquiera en muy poco tiempo y que esa tensión, ese sufrimiento tenía que salir por algún lado. Aún hoy a veces, ya casi nunca, sueño con quirófanos, sobre todo con esa luz, esa lámpara que desciende y me ciega y me penetra y no deja nada de mí a salvo de su ojo escrutador, del fuego que me abrasa. Pero bueno, con todo se aprende a vivir.

Entonces llegaron las preguntas médicas. Me conocían y tras preguntar a mi madre acerca de si no había notado nada raro en mi caminar, en mí. Y ésta aseguró que no, aunque ella me miraba y en sus ojos podía leer la pregunta: <<¿qué habrás hecho que no sé, qué no me has dicho?>> Pasaron a preguntarme a mí directamente: ¿Te diste algún golpe? ¿Has notado un dolor muy fuerte de repente en algún momento? Cosas así querían saber. Y yo que no. A ver, a mí me dolía la pierna siempre—como ahora, como desde que me reconozco—, unas veces más, otras menos. Y mamá, que ya no podía más con la tensión, acabó preguntando que tenía mal exactamente. Y los médicos le dijeron que tenía una pequeña fractura en el tobillo con un ligerísimo desplazamiento, casi inapreciable, pero que solía producir unos dolores terribles. Y entonces mamá les confesó que era un niño muy desobediente y no me conformaba con caminar y jugar con tranquilidad, que era un poco bruto. Y lo que no esperaba, el jefe médico salió en mi defensa: Señora, no reprenda a su hijo por ser así, es como todos los niños de su edad y ese peroné-protibia está resultando precisamente por eso, porque está siendo exigido al máximo y ha reaccionado como nadie esperaba, ni yo mismo. La naturaleza es sabia, más de lo que imaginamos, todo eso argumentó el doctor. Y gracias. Ya, pero de todas formas él es demasiado rebelde, y no se conforma con nada, insistió mi madre. Sí, su hijo es así, un luchador y eso le ha salvado la vida primero y después la pierna. La comprendo, señora, pero si este niño no fuese así y no tuviese esa fuerza interior, esas ganas de vivir, hoy no estaríamos aquí. No se preocupe más. Y tú no te pongas triste, tomasín, me dijo revolviéndome el cabello, te prometo que va a ser nada, un rato malo y en un mes y medio o así, otra vez vuelta a la normalidad. Y así tenía que haber acabado todo, pero no:

Cuando ya todos supieron la mala noticia, que era mala, pero no tanto, y de vuelta en casa, reposo y después recuperado, quedó la culpa: se la echaban unos a otros por no haberme cuidado más, por haber permitido eso que hice o aquello que también. Y la culpa como una patata caliente iba de mano en mano, alguna pillé yo también, aunque aquellas palabras del cirujano me cubrían de mucha de la culpa arrojadiza, no de toda. Y lo que quizá no sepan ellos, los que pudieron sentirse culpables y sacaban fuera esa culpabilidad arrojándosela al de enfrente, es que a mí me hicieron sentir culpable hasta límites insoportables. Una culpabilidad que anidó en mí y aquí sigue. Sí, dentro de mi inocencia de tanto como viví como condena: soy culpable, me siento culpable de mi enfermedad, de haber sido motivo de tanto dolor, de haber influenciado demasiado en la vida de otros. Quizá de manera irreversible en ocasiones. Y aunque lucho contra ese sentimiento, no puedo con él: me vence, es viejo, forma parte de mí.





acróbata




2 comentarios:

  1. He visto durante muchos meses esa pierna atravesada por decenas de alambres, sujetados por argollas a un extremo y otro, con tuercas dispuestas para extender la distancia entre ellas, con el fin de equilibrar la longitud de su homóloga.

    También he visto al portador de esa pierna jugar al basket con gente de nivel, de tú a tú, sin quejarse por un choque o amagar un cuerpo a cuerpo.

    Por lo tuyo y por lo mío aprendí que la vida solo puede y debe vivirse a tope, con alegría. Me enseñaste que aquel que se pone límites es un acomplejado; porque no existen los límites, solo gente limitada.

    No puedes sentirte culpable de nada. No tienes ningún derecho. Al contrario, amigo. Eres un ejemplo. El que no lo vea así tiene más problemas que tú, de largo. Tal cual.

    En fin, he visto muchas otras cosas, algunas no las creeríais: https://www.youtube.com/watch?v=5P0y4y5WspQ
    Pero esa es otra historia.

    Besos Borja.

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  2. Gracias, Domi, por tus palabras. También hablaré de todo eso que cuentas.

    Abrazote grande, nen!

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