martes, 23 de diciembre de 2014

XVI





La felicidad está en el movimiento, en el horizonte, en ese viaje que te lleva, y te lleva y te lleva. Y se huele. Y se intuye. Y se siente el destino. Y se roza casi con la punta de los dedos. Y vas a por él, hacía delante, siempre hacía delante, viajando, por mucho que cargues a cuestas. Y te lleva. Y te lleva. Y no quieres detenerte. Nunca, nunca. Y vas.

Llegaba el buen tiempo, terminaba el colegio, papá salía con su barco a pescar atunes, peces espada, peces martillo, mantas...salía fuera, lejos: Ibiza, Mallorca, Menorca, a las islas y entonces mamá preparaba la maleta, nos cogía y de vacaciones al campo de los abuelos. Unas veces tomábamos el tren hasta Elche, joder qué viaje en aquel ferrobus: cinco horas, con transbordo en Murcia incluido, para llegar. Era emocionante, como iba cambiando el paisaje y ya llegando: palmeras y más palmeras, después el largo túnel hasta el apeadero de Carrús y ahí, en el andén: la abuela, o la tía, o el abuelo, siempre alguno esperándonos. Besos y más besos, sonrisas, palabras de cariño, todas y una vez más, la felicidad, en la yema de los dedos, rozándonos, abrazándonos se podría decir.

Después, ya en el piso de los abuelos, sólo era cuestión de otro viaje de casi una hora, en el coche de la abuela, hasta la casa de campo. Otras veces todo este trayecto era diferente, venía el tío en su R12 a por nosotros aquí, al pueblo, y ya directos, por la carretera de la costa hasta aquel pedacito de paraíso que era ese pinar a unos pocos kilómetros del Mar Menor. Cualquiera de las dos alternativas eran emocionantes: carretera y más carretera, o vía sobre vía. Qué bello viajar cuando al lugar al que se va se quiere ir. ¿Hay alguna sensación más placentera que esa? Bueno, la hay, pero no muchas.

Y una vez allí: los abuelos, los tíos, los primos, la gran familia. Parece mentira, qué familiar era. Todo, o casi, me resultaba gratificante, emocionante: los paseos de la tarde por la vereda de pinos; las noches de tertulia al fresco del porche contemplando las estrellas, e imaginando que los abundantes globos sonda, que por allí soltaban los del servicio meteorológico, eran ovnis; los juegos de cada día: partidos de fútbol en el césped y cuidadito con los rosales de la abuela, las partidas a los juegos reunidos, las aventuras de los comandos alrededor de toda la finca—el escondite lo teníamos muy superado y ya que unos reyes nos trajeron unos walkies-talkies, pues había que sacarles partido—. Y qué más podría añadir: ah, sí, los baños con la manguera, los sonidos a lo lejos del mar en noches de temporal, el bajar a San Pedro al mercado semanal de compras, el buscar caracoles entre jaras y tomillos tras cualquier día de tormenta...todo era una aventura. Y si faltaba algo, si había algún hueco del día que merecía ser rellenado, para eso estaba la imaginación y yo tenía mucha. Me inventé eso de que todos los días por la tarde podíamos celebrar mi cumpleaños (y eso que soy de un mes de otoño), con tarta y todo, de manzana si podía ser, por supuesto. Y sin que faltase nada: ni velas, ni deseos, ni lo de ponernos guapos, yo creo que eso a mis hermanos les gustaba menos. Y lo entiendo, a la abuela y a mamá, un par de romanticonas de aquí te espero, se les ocurría que bien podían hacer de modelos para sus desvaríos como directoras de fotografía y entonces se dedicaban a colocarlos en poses cinematográficas (no sólo a ellos): que si con la florecita de turno en la mano, que si uno por un lado del murete y el otro por el otro en actitud de niños buenos. En fin, todo ternura. Más o menos se quejaban a su manera pero tragábamos, a mí es que me daba igual directamente, era una manera de acortar la siesta, no me gustaba, la odiaba, tiempo perdido la he considerado casi siempre—y digo casi, porque últimamente le estoy pillando el gusto. Que me hago viejo, debe de ser eso—y encima, si ese tiempo era empleado de esa manera... joer, ¡qué era mi cumpleaños!, dejaría de gustarme mucho. A ver quién puede decir que en un mes de julio ha celebrado ese día igual ocho o diez veces cumpliendo años en octubre, a finales. Pues eso.

Y si todo esto parecía poco, cada quince días o así, papá arribaba con su barco al puerto de Alicante a vender sus capturas y entonces bajábamos a verlo y a veces mientras se preparaban para otro turno (marea de pesca de 15 ó 20 días), papá se venía con nosotros al campo dos o tres días.


Aquellos años, qué felices, no corrían, volaban y yo con ellos. Y, aunque marcharon hace mucho, y parece que de ellos nada queda, si que hay algo: en mi memoria perviven, están llenos de luz y el recordarlos siempre me llena de alegría. También el viajar atrás, en el tiempo, es perseguir un horizonte, uno inalcanzable, pero...¿alguno no lo es?





acróbata




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