lunes, 22 de diciembre de 2014

XV





De los caramelos que llegan así, de repente, sin motivo aparente, siempre, siempre, hay que sospechar. Tanto dulce no puede ser bueno. Joder, que hay que leer más cuentos infantiles y creérselos.

Conocimos a aquel tontoelhaba un día cualquiera tras un partido de fútbol en la explanada junto a la estación de ferrocarril (ese lugar al que mamá no quería que fuese y se ponía enferma en cuanto sospechaba que había ido). Se había hecho una especie de cabaña con cartones, palos y trapos en lo alto de una gran rama de uno de los gigantescos eucaliptos que por allí había. El colega era como cinco o seis años mayor que nosotros, es decir, que estaba en plena adolescencia. Allí estábamos los mismos de siempre, casi todos los niños de la calle. Y se hizo “amigo” nuestro, de los más pequeños, porque los mayores, los que eran apenas un par de años menores que él, o de su edad, se reían de sus payasadas. A mí no me cayó muy bien. Pero a mis mejores amigos sí: manejaba pasta y no le dolía gastarla a lo grande comprando de todo: refrescos, golosinas, tebeos...y después litronas, tabaco, revistas porno. Llegados a ese punto yo me abrí del tema. Ya había probado el tabaco una vez, hacía poco, un par de caladas nada más y tras confesárselo a mamá, —no podía con el cargo de conciencia— no quería caer otra vez en lo mismo. Además, ese no era trigo limpio, algo buscaba y se veía venir. En realidad nos abrimos casi todos, menos un par que eran tontos del culo, o mejor dicho, interesados como ellos solos. Y mientras él pagase la fiesta, pues era emocionante para ellos. Además, las tías esas de las revistas estaban buenas, y eran de hombres esas cosas, eso decían metiéndose conmigo y con el resto de los que no quisimos volver por allí, a no ser que fuese como de costumbre para jugar al fútbol. Por supuesto que aquello era top secret, lo sabían los chavales mayores de la calle, pero los adultos no.

Y así estuvieron un par de semanas, o quizá un mes, no lo recuerdo exacto y mucho de oídas. Nada más salir del colegio, este par de dos se iban a lo del señor x (así le vamos a llamar). Y vente. Y vente. Y vente, eso me decían, a mí y a los demás. Y yo que no. Y que no. Un día, vente, que el señor x tiene un juego chulísimo que va de comprar casas y venderlas y con billetes de papel que parecen de verdad y nos va a enseñar a jugar. Y yo que no. Otro día: vente, que el señor x va a llevar esta tarde la merienda y no veas cómo nos ponemos de dulces y refrescos. Y yo, que no. Y otro más: Y vente, que el señor x, ha puesto una cuerda con nudos para subir a su refugio del árbol y nos va a enseñar a subir. Y ahí no me conformé con decir que no y les dije que no subieran. Y si luego no podían bajar. Y ellos que el señor x les ayudaría si no podían. Y subieron. Y una vez arriba, después de beber cerveza y fumarse un par de cigarrillos con el señor x, éste retiró la cuerda y de allí no podía bajar nadie si no era dando un gran salto hasta el suelo. Uno que igual te acababa rompiendo la crisma. Y ellos no lo dieron. Y entonces el señor x sacó sus revistas porno y les invitó a tocarse. Y ellos, atemorizados se tocaron. Y después les insto a que le tocaran a él. Y ellos, aunque no querían, acabaron tocándole a él. Y él a ellos. Como diría un castizo, se hicieron un “Torrente”, bueno, le hicieron, porque ellos no estaban aún en edad de eso. Aquello no pasó de ahí, por fortuna, pero estos dos cuando acabó todo y los dejó bajar del árbol, ya no querían pisar por la explanada de la estación ni a tiros, ni para echar los partidos de fútbol que en ocasiones jugábamos. No decían el motivo, pero era mencionarles aquel lugar, y sin nombrar al señor x, y se ponían lívidos. Comenzaron a correr rumores feos entre los chicos mayores de la calle. Y entre llanteras uno de los dos acabó confesando el pastel. Entonces se juntaron unos cuantos de los mayores, fueron a la estación en busca del señor x, subieron a su cabaña del árbol, se la hicieron migas y después le dieron una buena tunda. Y así quedó todo.




acróbata



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