viernes, 26 de diciembre de 2014

XIX




Cambios. Esa palabra tan revolucionaria. El tiempo pasa, las personas pasan, la vida cambia. Es irremediable. Y sí, también los cambios elegidos, también esa moneda que se escoge, una vez que se echa al aire y vuela, guarda su cruz. O para la palma, o para los ojos, pero sin duda la tiene. No todo iban a ser caras.

Se presentó la vecina en casa: Mari, vente con nosotros —ella, su hijo y su nuera— hay unos pisos de nueva construcción, están en un sitio muy bueno y a ver qué te parecen a ti. Mi hijo quiere apuntarse a uno, ya sabes, para cuando venga de vacaciones. ¿Estaban buscando piso mis padres? Ni idea. Y mamá me llevó con ella en el coche de los vecinos. El piso estaba en la otra punta del pueblo, en la parte de poniente y a dos pasos de esa playa. Era indudable que se trataba de una zona de nueva construcción, en expansión, mucho mejor que la vieja calle a los pies del cabezo, donde vivíamos. Y los pisos, aún esa fase en construcción, tenían un aspecto magnífico. Así lo corroboraba el piso piloto de la etapa ya terminada, que el vendedor nos mostró. La verdad que comparada con aquella casa que se medio caía a pedazos, eran auténticos pisos de lujo. Y encima en una zona buena y con una gran proyección de futuro. El vecino y señora no se lo pensaron mucho, ya llevaban intención, y nada más explicar el vendedor las condiciones de pago se comprometieron a quedarse con el bajo que daba al sol de la tarde. Mamá se lo pensó aún menos y: muy bien, ellos el de aquel lado y nosotros el de éste (cara a levante). Y así fue como se compró la nueva vivienda familiar.

Después, no recuerdo exacto, pasaron como diez o doce meses, hasta que los acabaron. Y durante todo ese periodo, la conversación estrella en casa era el piso nuevo por aquí, el piso nuevo por allá. Todo se pensaba de cara al futuro, a los muebles a comprar, a las cortinas, en fin, esas cosas...Sí, muy ilusionados, todo parecían ventajas. Y entonces, un día de principios de verano, vino mamá a casa con las llaves del piso nuevo. Que ya estaba terminado y aunque aún estaban con la luz y el agua de obra y faltaba por pasar el ingeniero técnico para certificar el fin de obra, ya podíamos irnos a vivir allí. Fue ilusionante, entre mamá, la hermana y yo, hicimos toda la mudanza (apenas si se llevó mamá algunas pocas cosas de la vieja casa. La ropa, los enseres y lo dicho: una mesa, cuatro sillas, dos butacas, la tele, la máquina de coser, las literas de mis hermanos, los colchones y no recuerdo más, algo más sería, pero poco). Papá y el hermano, que llevaba muy poco tiempo embarcado, apenas si tenía quince años, estaban fuera, en la mar, faenando.

Y una vez allí: qué alegría. Todo a estrenar, completamente nuevo y qué grande el piso, y a dos pasos de la playa. Y mamá contenta, muy contenta. Por fin estrenaba casa, y una en condiciones, como se merecía —once meses la disfrutó, ese fue el tiempo que le fue concedido por la providencia—. Y la hermana no sé, supongo que le pasaría un poco como a mí: feliz por un lado, pero por otro...Qué aburrimiento, aquel no era nuestro barrio, ni nuestra playa y lo peor, allí no estaban nuestros amigos de siempre. Al menos yo, no congenié en un primer momento muy bien con los vecinos de allí. Entre ellos se conocían casi todos, pues aunque muchos eran también nuevos allí (aquella urbanización tenía una zona ya construida cuatro o cinco años antes), al menos se conocían del colegio. Yo ni eso, mi colegio pillaba en la otra punta. Mamá me propuso cambiarme también en septiembre, con el inicio del nuevo curso a ese colegio que pillaba al lado de casa, al cruzar la calle. No quise. Pensé que así al menos conservaría a mis compañeros de clase. Aunque eso llevaba implícito tener que madrugar algo más a diario y coger un autobús que me llevara hasta la otra punta del pueblo, a mi colegio de toda la vida. Más adelante comencé a ir en bicicleta, pero esa es otra historia que no viene al caso.

En aquella urbanización nunca llegué a echarme grandes amigos. Conocidos, amigos circunstanciales, unos cuantos, pero lo que se puede decir amigos de verdad, no. Nada sencillo me resultó adaptarme, estoy por decir que incluso llegué a sentirme despreciado por aquellos que se consideraban de una clase social más alta, o al menos esa era mi sensación. Esa fue la cruz de la moneda, al menos para mí.






acróbata



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