domingo, 21 de diciembre de 2014

XIV





Si el racismo tiene mucho de ignorancia, de temor a la persona desconocida, diferente, entonces de una sociedad racista qué puede sacar un niño todo inocencia: esponja que absorbe las aguas que le rodean.

Fue en uno de tantos viajes a Madrid. En esa ocasión nos hospedamos en Aranjuez, en lo de la tía (una de las hermanas pequeñas de mi abuela). A veces mamá accedía a eso, haciendo oídos a los consejos familiares, y renunciaba a la pensión, si en esa ocasión no tocaba hospital. Ella prefería lo segundo, era muy independiente y aunque sociable, le gustaba poco el andar interrumpiendo la vida de otros. Y además: así íbamos a nuestro aire, eso me decía. A mí, de todas formas, me gustaba más ir a lo de la tía. No había color, allí me trataban a cuerpo de rey, tanto, que mi par de kilos cogía y todo. Pero bueno, yo era un niño, y no entendía las razones de los mayores.

Estábamos como tantas otras noches, después de cenar, en la sala, viendo la tele y no recuerdo el porqué, pero salió el tema del racismo. Y yo era un niño muy hablador. A ver, respetaba a los mayores cuando ellos hablaban, bien que me lo tenía dicho mamá, pero tenía opinión y como a ciertos mayores les gustaban mis caídas —A la tía se ve que mucho—: y el niño qué opina de todo esto. Y claro, el niño, opinó: que los gitanos son malos, eso dice todo el mundo. Porque roban y no hacen cosas buenas. Y entonces la tía, que tenía una sonrisa preciosa y muy picarona, dirigiéndose a mamá: Mari, qué dices a eso, ¿has visto lo que opina el niño? Y mamá guardaba silencio, un poco incómoda comencé a notarla, pero no dijo nada, sólo movió un poco la cabeza como asintiendo. Yo ya no sabía de qué iba aquello, algo había que desconocía y que a la tía le hacía mucha gracia. Qué sería. No recuerdo cuánto más siguió alargando esa conversación de nieblas en la que ella veía a la legua y yo me estrellaba contra un muro de desconocimiento, mientras mamá, testigo incómodo que sabía, y callaba. Pero no mucho. Y llegó el viento que disipa cortinas. Y lo hizo en un soplo, su voz: Pues tu abuelo es gitano, eso dijo la tía. <<No puede ser, qué clase de broma es esta, el abuelo es bueno, cariñoso, legal, guapo, simpático...es mi abuelo y lo quiero mucho>>, todo eso pensé de golpe. Y a continuación lo siguiente—repito, es que era un niño que pensaba y rápido, enseguida creaba conexiones y llegaba a conclusiones— <<entonces mamá es gitana también, con lo buena, lo guapa, lo graciosa, lo blanca que es. No eso no puede ser. Y yo también. Pero si soy rubio>> —mi abuelo también lo era en su juventud, eso dice la abuela— <<no, no puede ser. Qué clase de broma de mal gusto es esta. A mí no me hace ni chispa de gracia>>. Y como un boxeador medio grogui que ha recibido un directo y al que le salva la campana de fin de asalto, busqué el rincón donde refugiarme, es decir, los ojos de mamá. Y sorpresa, estos denotaban cierta tristeza—supongo que se reprochaba no habérmelo contado ella, y de otra manera, claro. Seguramente no había hallado el momento, yo era aún muy pequeño y qué racista era entonces este mundo. Igual que ahora supongo. Creo que ella quiso alargar un poco más mi desconocimiento. Sus motivos tendría— y le pregunté: ¿Es verdad? ¿Somos entonces gitanos? Entonces, mamá, me contestó que sí que era verdad y cuando iba a continuar con la explicación, la tía, como un cohete, saltó—vale que su cuñado fuese gitano, pero ese nosotros también la incluía a ella, y eso sí que no, una cosa es defender la igualdad de razas y otra no defender la propia— No, no todos somos gitanos, tu abuela no, mamá la mitad y tú sólo un poquito, porque tu papá no lo es. Anda que ya le valía...Mamá si me dijo las palabras exactas: el abuelo lo es, pero es tu abuelo y te quiere mucho. ¿Tú ves que sea malo, o que se porte mal con alguien? Y no, el abuelo era todo corazón, amigo de sus amigos y sin una palabra mala para nadie. Y además, esto lo añado, aunque no venga a cuento, desde esta enorme distancia que separa aquellos hechos: los únicos nietos, de todos los que tuvo y han venido después, que llevan su apellido verdadero—Borja— somos mis hermanos y yo...pero bueno, esto da para ser contado en otro momento, quizá.

Lo que se calló la tía es que ella tampoco era paya, de raza castellana, que su padre y su madre eran judíos, incluso él, rabino y que en su lugar de procedencia, del que salieron todos los hermanos en busca de otros horizontes, eran conocidos por mercheros. Tampoco eso me lo contó mamá, lo único que me dijo, luego a solas, es que cada uno es lo que es y a las personas hay que juzgarlas por cómo se comportan. Y que cuanto menos sepan los demás del origen de uno, mejor (en esto no he seguido su consejo). Que la gente es muy mala y nunca se sabe lo que puede pasar. La larga mano del Nazismo no estaba tan lejos en el tiempo. ¿Lo está hoy en día?







acróbata





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