sábado, 20 de diciembre de 2014

XIII




La normalidad, qué palabra. Si existe, si es verdad que existe algo normal en este mundo, entonces yo debo de ser, lo menos, de Júpiter.

La mayoría de los niños aprenden a leer en el colegio, a los cinco o seis años, tras superar la enseñanza primaria, entrar de lleno en la obligatoria y avanzar por ese camino tan decisivo. Esa es la normalidad, ¿no? Pues yo empecé en esto de la lectura—maravilloso mundo, ese que a través de las letras y de la imaginación propia, te lleva allá donde seas capaz de ir. Yo he estado muy lejos, más allá del cinturón de asteroides. E incluso en distintas épocas. Sí, la lectura es la auténtica máquina del tiempo, la única de momento, que se sepa— a los tres añitos. Y fue mi salvación. Me enseñó mamá en una tarde, en una aburrida tarde de hospital. Y no, no soy ningún superdotado. Ella, que era muy lista y se explicaba de maravilla. —Yo fui incapaz de enseñar a mis hijas—. Así comenzó mi normalidad en cuanto al tema del aprendizaje escolar, pero no acabó ahí, no, ni mucho menos.

No fue chulería, o dejadez de obligaciones paternas, simplemente las circunstancias, que lo pueden todo. Por eso empecé el colegio con seis años. Y claro, no en preescolar. Hubiese sido el gigante de la clase. Qué ridículo. Tampoco en primer curso, y si no comencé en tercero fue porque mi madre no quiso: demasiado mayores los niños, mejor que sea en segundo, con los de su edad, eso dijo. Aunque mi nivel, tras realizarme una prueba previa, era ese, el de tercero y bien avanzado. Y reitero, nada de superdotado, tenía que guardar reposo —qué expresión, “guardar reposo”. En fin, el lenguaje y sus bromas pesadas— y mamá, temiendo que me quedase medio analfaburro, decidió bien temprano, en previsión de no saber cuándo podría abandonar el maldito reposo, hacer también de maestra conmigo. Y qué bien enseñaba. Nada, que en todos mis años de estudios, nunca encontré a ningún profesor con esa paciencia y sabiendo llegar a la mentalidad de quien tenía una edad tan dispar con la suya.

Pues: qué bien, podría pensar cualquiera, eso de empezar así el colegio. Pues no, nada de bien. Como el tema de mi salud siempre estaba ahí. Bueno, la verdad es que yo estaba hecho un jabato, para qué negarlo, y bastaba que alguien me desafiase en algo, cualquier locura y nada: para adelante, pero mi pierna izquierda tenía el hueso de cristal, eso decían los médicos y eso me repetía una y otra vez mamá. Muy bien, me parecía genial, tendría cuidado: correría con cuidado, saltaría con cuidado, jugaría al fútbol con cuidado...esa era mi idea. Por supuesto, no la de mamá. Conclusión, los recreos sentado en un banco en conserjería. Empezábamos bien el colegio. Ya si era el niño que casi nadie conocía, porque había llegado de repente, tarde y sin historia de otros años por detrás, pues nada mejor que ser señalado así para encajar bien. Eso decidieron entre mamá, el director y mi tutor. Aquello era insufrible para mí. Y a los pocos días, el conserje, decidió que bien que podía convertirme yo en su ayudante. Parecía tan buen chico y tan callado, que tranquilamente me podía mandar a cerrar puertas, tocar la sirena... en fin, esas tareas tan complicadas propias de su oficio. Y me harté. Así de simple. Y decidí que claro que podía cerrar la puerta que daba al patio desde el vestíbulo, una vez que ya estaban todos los niños en el patio. Y lo hice, pero conmigo también en el patio. Se lió buena, los profesores buscándome, y el conserje también. Y yo en las pistas de fútbol viendo como jugaba mi hermano. Y entonces éste me vio y bronca. Y yo, que eso del hermano mayor y el respeto por serlo, me ha dado risa toda la vida, le dije que si se pensaba que era papá. Y entonces, mi hermano ejerció de lo que era, mayor, y sabiendo el tema me llevó de regreso al interior del centro. Traición, alta traición, a su hermano pequeño. Eso pensé, aunque claro, ahora lo comprendo. Y en esas estaban las cosas. ¿Me iba a conformar? Pues no, aguanté unos días más, no creo que llegase a una semana, haciendo pequeñas fechorías: se perdía la llave de los lavabos, o un grifo abierto, me equivocaba y tocaba el pito antes de tiempo... en fin, lo que estaba en mi mano. Pero eso tampoco era divertido. Y me planté. Así se lo hice saber a mamá una mañana: Si no hay recreo para mí, no voy al colegio. Que si tenía que comprenderlo, que si era por mi bien, que si al colegio había que ir, que si patatín, que si patatán, pero al igual que yo la conocía a ella, ella sabía perfectamente a quién había parido. Y cedió, eso sí, con la condición de que tuviese mucho cuidado y echándole responsabilidad encima a mi hermano —Y lo dicho con anterioridad: él no era mi padre.

No fue mal, lo único que todos los golpetazos que me diese en el patio, me los iba a callar, y si luego me veía algún moratón —por fortuna es raro que me salgan, tiene que ser una hostia fuerte— pues entonces...le echaba imaginación, para eso era un gran lector ya en aquellos tiempos tempranos. No se creía mis cuentos, pero, qué iba a hacer.

Y esta es la normalidad de mis inicios escolares. Lo dicho: de lo más normal.







acróbata


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