viernes, 19 de diciembre de 2014

XII





Me gustan las iglesias, más las catedrales, sobre todo las góticas. Esas torres, esa agujas elevándose, buscando el cielo. Esos arbotantes, auténticos esqueletos de piedra al aire. Costillar sustentando el mismo corazón de las naves. Esos muros desnudos, acristalados, con vidrieras de colores que dan sensación de ligereza, de comunión con algo que trasciende la carne. Esa luz que te hace partícipe de la grandeza. Me gustan sus interiores, sus portadas, su música. Pero aquí no estamos para hablar de arquitectura, de escultura, de arte. Y sí de mi relación con la fe que perdí, que no tengo.

Nada, que era pasar por delante de la iglesia de San José, y tirando de la mano de mamá me empeñaba en entrar. Sobre todo fuera de horarios de misa. Me gustaba a mí eso de ir a ver a Jesús. Mamá, por supuesto, nunca se oponía. Creía, a su manera: lo peor de las religiones es que están en manos de los hombres y éstos son, eso, hombres como todos los demás, eso decía, más o menos. A mí los curas me daban igual, no me representaban nada. A mí lo que me gustaba era plantarme frente al Jesús crucificado, encenderle una vela y en silencio me ponía a pensar: <<Qué pena. Pero qué valiente, siendo el hijo de Dios, pudiendo evitarse eso, dar la vida por nosotros, por todos nosotros, hasta por los que no conocía y no iba a conocer nunca. Hasta por sus enemigos, los malos, los que le hicieron todo eso>>. Y después, una vez que lo había vuelto a ver, salir de allí, orgulloso de ese hombre, del hijo de Dios. Y ya lo que tocase ese día. Virgen, santos y demás, a mí tampoco me decían nada. Total, que la visita duraba un plis-plas. Pero eso, que no me cansaba de cada vez que pasábamos por allí, entrar y saludarle. Luego, en Madrid, raro era que un día no fuésemos a lo del Cristo de Medinacelli. Ese me gustaba menos, el nazareno no representaba para mí lo mismo que el crucificado. Además, demasiada gente, nunca me gustaron las masificaciones. ¿Iba yo para beato? Ah, quién sabe, para cura no, seguro, el género bello siempre me ha atraído lo que no está escrito. Y nada de esconderme, que yo creo en el amor entre personas, en el espíritual y en el físico, faltaría más. Pero bueno, ese es otro tema.

El gusto por las visitas a la iglesia me lo estropeó un cura, el que me dio la primera comunión, y justo en ese día tan señalado. Menuda homilía. Y para referirse a mí: el cojico. No lo haría con mala intención, pero más que un niño con problemas en una pierna, parecía un tarado, un enfermo castigado por el Señor. Pero que éste en su inmensa misericordia me iba a curar. No quería decir tacos aquí, pero...Me cago en su Dios, o mejor, qué culpa tendrá el pobre con semejante representante: Sus muertos, los del puto cura de los cojones. Total, que bye-bye catolicismo. Después, al poco, seguía yo con mi fe intacta, cerca de casa los evangelistas tenían un salón donde se reunían en verano. Primero llevaban a cabo una misa de esas suyas para niños y jóvenes y después para los adultos, bueno y demás que quisieran quedarse. Era un espectáculo, los chavales de la calle nos apostábamos fuera, en la puerta y a través de los grandes ventanales observábamos la fiesta que montaban. Eso sí que eran misas, menudas: cantaban, con guitarras, panderetas y todo. Era muy divertido. Las canciones estaban chulísimas. Yo me las aprendí de escucharlas desde fuera. Y no sólo yo, otros muchos amigos de la calle. Y claro, acabamos cantándolas nosotros también. Entonces, uno de los de allí dentro, su pastor, creo, que ya venía observándonos, nos invitó a pasar dentro si queríamos y cantar con ellos. Y pasamos. El primer día todos, ya el segundo, tras contarlo en casa, quedamos otro más y yo. Mamá opinaba que allí no enseñaban nada malo, ella los conocía bien, en su adolescencia estuvo tentada en hacerse evangelista, pero al final no. Y no se hizo por lo mismo que yo dejé de ir: al principio bien, pero como todo lo que queda en manos de los hombres, enseguida las jerarquías y los absurdos dogmas, que bien pueden resumirse en: esto es así porque sí, porque lo dice Dios. Ah, vale, lo dice Dios, pero yo quería explicaciones y no las había. Cuestión de fe, esa era la sentencia. Ya estamos listos. Adiós a otro grupo cristiano. Pero Dios seguía ahí, mi fe en él. Entonces, al colegio llegó una niña que era Testigo de Jehová y...No, con estos no tuve ni el más mínimo flechazo. Dios, qué de tonterías nos soltaba la pobre cría. Que quería evangelizarnos, convertirnos, salvarnos. A mí me cayó como el culo y yo a ella más. Llegó incluso a decirme que era el Anticristo. Una gilipollas, eso es lo que era.

Y así hubiese quedado aquello, mis acercamientos a las religiones de los hombres. Desengañado de ellas, pero con fe, con mi creencia en Dios. Pero entonces sucedió lo de mamá. Y yo recé, vaya que si recé (siempre lo había hecho, desde bien pequeño: el ángel de la guarda, el padrenuestro...antes de dormir y me gustaba). Y recé con fervor, como nunca lo había hecho y pedí. Pedí por mi madre. Pedí y eso nunca antes lo había hecho. Antes rezaba sin pedir nada, no al menos de corazón, con ese convencimiento. Y nada. Ya se sabe el resultado. Y entonces como una ducha fría que te recorre entero, con ese helor, con ese frío extremo que recorrió todos mis huesos, desapareció cualquier atisbo de fe, de creencia en un ser supremo, en un Dios, en un Padre que mira por sus hijos. Si era incapaz de escuchar las súplicas de un niño de diez años que sólo pedía que salvase a su madre de la muerte, entonces qué padre y qué nada. El tiempo y los desastres que consiente me han confirmado aquel razonamiento mío. No existe, porque si lo hiciese, si existiese y pudiese evitar tanto dolor, sufrimiento, injusticia y no lo hace, se lava las manos como aquel gobernador que mandó ajusticiar a su hijo, entonces: menudo hijo de puta.

Por cierto, Jesús, el Jesús hombre, me sigue cayendo muy bien. Un ejemplo su supuesta palabra y hacer. Un ejemplo corrompido hasta límites insoportables por los hombres, cómo no. Si es que, duele decirlo, pero el verdadero Dios de los hombres: omnipotente, omnipresente, es el egoísmo.





acróbata



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