jueves, 18 de diciembre de 2014

XI




En estas fechas tan señaladas, tan entrañables, tan de juntarse, tan de familia...

¿Merecen los otros, los casi inexistentes, unas palabras, un capítulo, alguna atención aquí? Sí, sin duda, la parte de mi familia paterna, la que vive en idéntica localidad que nosotros, que yo, los de primer apellido, no sólo se merecen eso. En mi opinión dan para escribir unas obras completas. Eso sí, no serán las mías. Y se van a conformar con lo que salga. Y ya con esto van a ser mucho menos ignorados de lo que seguro podrían esperar.

Llegadas estas fechas, quizá un poco antes, y mirad el día cuando esto está siendo escrito, las cuñadas se juntaban un par de tardes con motivo de las inminentes fiestas. ¿Nos juntamos alguna vez con ellos para cenas o comidas de Navidad? No, nunca. Jamás de los jamases. Por qué. Buena pregunta. No conocéis a los Soler: todo orgullo, nada de ser familiares. Un Soler es un universo en si mismo: no necesita nada, a nadie. Planeta sin estrella, sin galaxia, sólo con satélites, y eso si éstos orbitan nada más que para alumbrarles, darles calorcito del bueno y sin pasarse. Total, que quedaban las cuñadas, que no eran Soler, claro: las chachas (las mujeres de mis tíos) y mamá, para elaborar las tradicionales tortas de pascua y demás dulzaina de esta época del año. Les salían muy ricas y encima, aunando esfuerzos y gastos, se ahorraban unas perrillas. Mi otra chacha aquí, en el pueblo, el demonio de mi padre, su hermana mayor, era Soler, nada más que añadir.

Y la junta se llevaba a cabo en lo de la chacha que vivía, pared con pared, con esa tía mía, mi chacha demonio —me mola mucho llamarla así, desde hace un montón de tiempo, desde que se convirtió, por motivos económicos, en el demonio particular de mi padre—. El tema es que también era una beata de cuidado. No debe de estar reñida una cosa con la otra. A Dios rogando y a todo cristo viviente dándole lo suyo. Supongo que desde hace unos pocos años, su Señor la tendrá donde mejor haya visto. ¿A su diestra? Que vigile entonces sus inversiones por la izquierda, que esta tía mía parió y crió a un banquero que llegó bastante arriba en el mundo de las finanzas nacionales, hasta que lo retiraron de buenas a primeras —qué haría, de raza le venía al galgo el gustarle tanto echar números que le favoreciesen— y entonces, bien comido y servido, se convirtió en pequeño empresario en una ciudad preciosa, que no viene al caso. Joder, qué familia. Pero bueno, obviemos esto último, que no estamos aquí para hablar de lo negociante que ha sido y es este primo mío tan guapetón y peripuesto, tan hijo de su “santa” madre —ya decía antes que estos Soler daban para mucho más—.

La casa de esta chacha mía —la llamaremos la teniente risitas, pues tiene una risa copiada por los guionistas de esa serie de dibujos animados— se trata de una vivienda unifamiliar al pie del castillo, con una cueva enorme en su parte trasera (tapiada, mira qué listos), era el punto de reunión, como ya decía con anterioridad. La razón no era otra que una calle más abajo estaba el horno de pan donde cocían los dulces recién elaborados. Hasta aquí se podría decir: vale y qué. Y nada, la verdad que nada, pero un momento, un par de minutos más de lectura, e imaginad: una hermosa fachada, de reciente construcción, bastante grande, toda blanca y en mitad de ella, visible desde lejos, aquello...Yo me quedaba flipado, mis hermanos también y mamá diría que indignada y sin saber qué decirnos. Bueno sí, a mi hermano que no se juntase mucho con el primo, que era tres años mayor que él. Y a mi hermana y a mí qué ojito, que mejor nos quedábamos con ella ayudándola. Luego, ya en la cocina de esa casa, mi otra chacha —a ésta, la más querida por nosotros, la voy a llamar la Lauren Bacall. A ver, era la mujer de mi tío el artista y fumaba con mucho arte, aunque guapa no ha sido nunca, pero lo es por dentro— nos veía a nosotros y entonces miraba a su otro sobrino y no se podía callar: si es que da gusto verlos, mira qué guapos, qué limpios, qué educados. Y si nos encontraba con pocas ganas de salir fuera, a la calle, añadía: Anda sí, mejor quedaos aquí no se os vaya a pegar algo de ese salvaje que tiene ésta por hijo, comentaba señalando a su cuñada risitas, que qué iba a hacer...pues reírse.

En fin, Grease, esa palabra de lengua extranjera, Grease, hay que joderse: en gigante, en rosa, pintada con una caligrafía pésima, atravesando de lado a lado toda la fachada. No había duda, aquel era el hogar de John Travolta. Hay que dejar claro quién no era John, o mejor dicho, qué personaje era y es mi primo. Y no voy a ser cruel, intentaré describirlo como lo recuerdo en su plena adolescencia, no cómo es en la actualidad. La edad lo empeora casi todo, lo malo, más todavía: metro cincuenta escaso, barriga importante, bracicorto, patibreve, sonrisa bobalicona, pelo siempre grasiento hasta límites: eh, venid, freír aquí vuestros huevos, que por falta de aceite no va a ser. Por cierto, esos huevos de gallina que tanto le gustaban y era capaz de zamparse de una vez, con las manos, sin cubiertos, de media docena en media docena, mientras su “mamica” (la teniente risitas) se los cocinaba tan feliz de la vida. Ella, qué bonica. Sí, sin exagerar y para pasarlos bien, qué mejor que una botella de coca-cola de dos litros al trago. En fin, su hígado: un campeón. Él no. Ya ni esa víscera suya ni él. Pero lo mejor eran sus modales. —¿Sus qué?— No tenía. Simplemente no tenía modales. En su descargo he de decir que padece un ligero retraso intelectual, no mucho, pero abandonado a su suerte por sus padres desde pequeño. Eso no le eximía de ser un maleducado de cuidado — culpa también de la chacha risitas y el chaché, eso opino—. Ah, ¿y su hermana? Bien, gracias. Una repipi con aires de reina de los mares. Pero vamos, una mujer más, bien casada y con hijos.

John —así lo vamos a llamar a nuestro “Mini Star” particular, no me gusta el apodo familiar que le pusieron en su propia casa, ciertas cosas no llegan ni a simpáticas, maldita la gracia— como ya se puede ver, era muy fan de aquellos musicales de los ochenta. Y su ídolo era Travolta, esa cabeza llena de brillantina que pensaba poco. Bueno, sustituyamos el producto del cabello, no el brillo y lo tieso que quedaba y ahí tenemos el resultado. A eso hay que añadirle el peine de mano que llevaba en el bolsillo trasero de sus vaqueros acampanados y esos indescriptibles movimientos de sus caderas. ¿Sensuales? Por favor, directamente para vomitar. Lo mejor de todo, es que si le buscabas las cosquillas, a nada que le mencionases algo acerca del tema, se arrancaba a bailar y a cantar a lo Travolta. En fin, era para verlo. A mí me impresionaba. No me reía, es que era incapaz de reírme, me dejaba de una pieza. Y lo que más pensaba no era lo payaso que resultaba, no. La cabeza se me iba a otro pensamiento: cómo mi chacha y mi chaché, no le decían nada. Yo guardaba silencio y a pesar de mi corta edad comprendía la fortuna que tenía de haber nacido en un hogar donde educación no faltaba. Que no es poco, que es tanto.

Podría seguir adentrándome en su Hollywood particular, pero mejor no, que aunque en un primer momento incluso se me pueda escapar alguna carcajada, de lo kafkiano que me resulta, al poco me deja con un mal cuerpo...Por cierto, los dulces buenísimos. A mí los que más me gustaban eran los pasteles de cabello de ángel. Siempre parecían insuficientes los elaborados por mamá, y eso que cada año — no fueron muchos— hacía unos cuantos kilos más. Y nada, que apenas si llegaban a las fechas señaladas del mes. Estaban tan buenos...




acróbata



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