lunes, 15 de diciembre de 2014

VII



Todos los caminos llevan a la ciudad eterna. Y mi Roma particular era el mar. Imposible entender mis pasos por el mundo sin comprobar que mis pies siempre buscaron la orilla del mar. ¿Quería dejar huella sobre las aguas? No sé, quizá. O tal vez era tan simple como que todo en mi vida giraba en torno a ella: Papá, el vecindario, el pueblo en aquellos tiempos, la aventura, el misterio, la diversión en muchos casos (playa, baños, juegos sobre la arena). Creo que de casa, de las distintas casas en las que he vivido, al puerto y de éste de vuelta al hogar, ha sido el trayecto que más han hecho mis pies, y después las ruedas de aquel ciclomotor que tuve y posteriormente las de las distintas bicicletas que han pasado por mis manos.

Pero yo no me conformaba con quedarme en la orilla contemplando la inmensidad y a sus protagonistas. Yo quería adentrarme en el misterio de aguas, y saber, y ser, un hombre de mar, como papá. Tanto insistí que al final un día, a mis tempranos seis años, me llevó con él a pescar en su barco. Creo que costó más convencer a mamá que a él, pero bueno, el caso es que yo era muy cabezón y no resultaba nada sencillo cambiarme el rumbo. La constancia del pesado.

Madrugón de los de aúpa. A las cinco de la mañana, cuando aún es noche cerrada en el mundo y la vida camina con prisas de recogida ocultándose por las esquinas, o lenta, muy lenta, somnolienta, de camino al tajo. Luego salida con el resto de barcos. A la carrera, pues esto es como todo, la ley del más fuerte, el primero que llega a caladero se queda con el mejor sitio, o con esa intención se hace. Y tras el alba, tumbado en la litera de papá, en la cabina de mando, tras él, que en todo momento estaba al timón: el ruido, el olor mezclado entre salitre, brea, redes y combustibles. Y, el mareo. Dios, qué malo. No hay cosa peor que el mareo de mar, cualquier borrachera, por gorda que sea, es una broma al lado de eso. Sería buen tiempo: azul el cielo, azul el mar y una ligera brisa de fuera acariciando las maderas del costado de babor, pero un barco de pesca de arrastre, en plena faena, es un tormento dando bandazos a cámara lenta — después, cuando el cuerpo se te acostumbra, milagrosamente pasa a ser una cuna meciendo horas y horas de pesca, o en días de mal tiempo, atracción de feria: pesada, peligrosa a veces, pero cabeza y estómago tranquilos, a lo suyo—.

Y papá, ¿estás bien? Y yo que sí. Y él, come. Y yo, venga a vomitar. Y él, dándome un menjunje a base de agua, limón, azúcar y una pizca de bicarbonato. Qué malo. Qué asco. A ese tónico le sobraba acidez y le faltaba azúcar. Y yo venga a tomármelo y venga a devolverlo. Me parecía increíble, creía que mi pequeño estómago se me iba a salir por la boca. Pero, sin quejarme. Y papá, después de decirme que eso era normal, que lo del mareo hay a quienes les dura semanas, preguntándome si recogían redes y para el puerto. Y yo, que pensaba que me iba a morir de lo mal que me sentía, que no, que si eso era normal, me tendría que acostumbrar. Y él, que no pasaba nada, que ya me acostumbraría cuando fuese grande, un hombre. Vaya, ya estamos, a ver, que yo era un hombre, en miniatura, pero cualquiera me ponía eso en duda. Y que no. Y que no. Y que no. Nada de irnos para tierra. Había que echar el día entero, que para eso había ido yo.

Y qué día, se me hizo eterno. Con decir que durante bastante tiempo aborrecí: los bocatas de sobrasada con queso, con lo que me gustaban. La paella marinera con gambas, rape y calamares (frescos no, vivos casi). La fanta de limón. Los bocatas de salchichón con tomate restregado. Y la leche no, porque papá me dijo que nada de probarla, que para el mareo era lo peor del mundo. Vamos, era oler esos alimentos y mi estómago se me rebelaba. Igual pensaba que estábamos otra vez en la mar. Al fin llegamos a puerto, cerca de las siete de la tarde, con buena pesca, decían. Los marineros comentaban que el hijo pequeño del patrón, al que apenas habían visto, porque casi ni pisó la cubierta —papá no me dejó despegarme de él en todo momento y él no podía abandonar mucho el puesto de mando— tenía buena estrella, les había traído suerte. Mamá estaba, con cara de preocupación, esperándome en el filo del muelle. Y fue tocar puerto y papá desembarcarme directamente en sus brazos. Ella preguntó cómo había ido todo. Y papá le contestó que bien, que no me había quejado nada y eso que había llevado un día de perros. Y yo no dije nada, no estaba en ese momento para llevarles la contraria, sólo quería que cesase el movimiento (el mareo de mar no cesa una vez que pisas tierra, durante un breve tiempo empeora, porque tu cerebro acepta que se tiene que mover en mitad del mar, pero no ya pisando suelo firme), llegar a casa y pillar mi cama. Y nada de hablar de comida, ni cena, ni nada.

A la mañana siguiente, ya repuesto, lo primero que les pregunté era cuándo podía volver a ir a la mar. Así era yo. Por descontado, que si esperaban que aborreciese el tema de la pesca, les salió el tiro por la culata. Al menos a mamá, porque yo creo que a papá le gustaba la idea. Y a raíz de aquello comencé a ir a pescar en alguna que otra ocasión, primero muy espaciadas: en vacaciones del colegio, una o dos veces al año, hasta que tuve trece años y ya me acostumbré del todo al mareo, después de ir un montón de veces seguidas un verano. Tuvieron que pasar seis años más, tras acabar el instituto y matricularme en Derecho, cuando me embarqué de fijo con la intención de compatibilizar Universidad y pesca. Y cuándo vivía entonces, eso me pregunté tras el primer año. Salió perdiendo lo que menos me gustaba y enfoqué mi vida hacía la profesión que tanto me había llamado desde el principio.






acróbata



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