domingo, 14 de diciembre de 2014

VI





Un clavo, una púa, una simple y estúpida punta medio oxidada, se convirtió de la noche a la mañana en motivo de sus desvelos. Mamá no podía dormir a consecuencia de eso. Estaba en un sin vivir. Y cuento.

Para acceder a nuestro hogar en el número dos de la calle Molino, planta primera, tras la puerta de la calle, un cacho de madera viejo, estriado y con una cerradura de las de llave de hierro de cuento de hadas, había que superar un pequeño rellano. Después de éste, unos pocos escalones de obra y al fin una estrecha escalera de palo. Y ya en casa. Pues bien, abajo, justo detrás del portón de entrada, en ese rellano, nosotros jugábamos mucho y también mi hermano mayor aprovechaba para dejar su bici. Todo perfecto. Sin problema alguno. Pero un día cualquiera, de pronto, de esa pared, surgió el dichoso objeto punzante que tanto pinchaba a mamá en su imaginación. Como decía ella: <<Si es que se queda justo a la altura de la cara de mi Santi>>, mi hermano. Le comentó el tema a los vecinos de abajo, que a ver si lo podían quitar. No le dijeron que no, pero se tomaron con calma eso de descolgar de su lado de pared la fotografía recién encuadrada que con tanto orgullo presidía el centro de su salón comedor: Qué casualidad, hombre, que le moleste eso a la Mari, tan tontos van a ser sus hijos que van a ir a pincharse con un clavito de nada, eso le escuché a la tipa, al poco, estando yo del otro lado de su comedor, en el rellano de abajo de casa, en mi lado de pared. Estaba yo pensando una solución para semejante problema (a ver, era el pequeño, pero también un hombre de la casa, y para esos estábamos los hombres, o al menos eso decía papá, a pesar de que la jodida púa sobrepasaba de largo mi estatura) y mira tú lo que vine a descubrir. Fue escuchar lo de los vecinos y qué rabia. Se iban a enterar. Mucho: no te preocupes Mari, y qué falsos. Luego, creyéndose a salvo de oídos inesperados, no sólo no tenían intención de buscarle otra ubicación a su cuadro, no, encima ponían de histérica a mamá y a nosotros de tontos. Estos, no sabían con quién se jugaban los cuartos, menudos siete años tenía el mocoso de arriba. Y entonces, se me encendió la bombillita.

De sencilla que resultó la solución me daba hasta risa. Fue tan fácil como, sin decir ni pío, callándico, subir a casa, rebuscar en la caja de herramientas, hacerme con el martillo de bola de papá, bajar de nuevo a la entrada y tras unos cuanto martillazos a la punta sobresaliente —algún golpe también se llevó la pared, es que pesaba el martillo de hierro lo suyo, y uno no es que fuese torpe, no, era pequeño y con poca experiencia en esas lides—, problema resuelto. Al poco, mamá, se percató de la novedad y ya aliviada: <<algo estirados, pero buenos vecinos los de abajo, gente con conciencia>>, eso pensó ella. Así lo comentó mientras sentados a la mesa almorzábamos. Y así podía haber quedado aquello, pero no, no eran esa clase de gente, ni tan siquiera prudentes, y de cara tampoco iban. Esa misma tarde, volvió a reaparecer el problema. En casa ni se dieron cuenta, ya estaba yo vigilante, al quite. Y de nuevo—esta vez erré menos veces con el martillo, lo que hace la práctica—tuve que solucionarlo. Curioso, ese clavo estaba cogiendo costumbre de entrar y salir por el agujero, retrocedía con más suavidad. ¿Terminaría todo así? No, por supuesto.

Y tras un par más de veces con el tema, joder, que de tanto para dentro y para fuera, eso ya parecía un coito. Eso no lo pensé entonces, no sabía ni lo que era, pero ahora, reviviéndolo me ha venido a la mente y sonrío. Total, que llegó el inevitable momento y fue a la tarde siguiente, en el que los del otro lado y yo, nos enfrentamos cara a cara, con la pared de por medio, a ver quién vencía en cabezonería. Y claro, menuda agilidad había adquirido yo con el pesado martillo en mi manita de niño. No fallaba ni un golpe, todos directos, en toda la punta del dichoso clavo. Creo que de la noche a la mañana me había convertido en una especie de Thor, dios del trueno, pero en miniatura. Estoy convencido que ni una mosca al vuelo hubiese podido escapar de mi puntería en esos momentos. ¿Quién ganaría esa batalla? Pues el resultado llegó enseguida: la perdió el jodido cuadro, tanto se agrandó el agujero, que la púa acabó cediendo y ya no pudo sostener más su peso. Golpetazo y zas, menudo estruendo del otro lado. Entonces el grito de rabia, la maldición y yo en silencio, disfrutando del momento. Al instante para arriba, para casa, a dejar el martillo, sentarme con los deberes y a esperar acontecimientos.

Cómo vino la vecina a dar las quejas: Mari, eso no se hace, el cuadro con mi foto de bodas, arruinado, todo roto y su cristal hecho añicos, no hablabas de peligros para tus hijos, pues por poco me caen encima todos los cristales. Todo esto lo soltó crispada, nerviosa, como una ametralladora. Casi que lloraba de rabia la tía. Mi madre se quedó de una pieza, estupefacta, no sabía nada. Y yo, en silencio, claro. Mamá le dijo que no sabía de qué le hablaba, que creía que el tema ese se había solucionado sin problemas el día anterior, tras comentárselo y que no se preocupara que si alguno de su casa había tenido algo que ver se le pagarían los desperfectos. La vecina se largó muy ofendida y despreciando el ofrecimiento. Si es que era una estirada, lo que yo diga.

No hizo falta que mamá realizara una investigación a fondo, confesé. Nada más largarse la tía y sin darle tiempo a que valorara todo lo sucedido, esperando una bronca de aúpa: mamá, he sido yo, pero es que ellos no estaban dispuestos a quitar esa púa. Y como sabía que aquella confesión no iba a ser suficiente para librarme del castigo, argumenté aplicando la doctrina escuchada: Es que ese feo clavo, medio oxidado, se quedaba justo a la altura de la cara del hermano y él guarda la bici ahí. ¿Y si en un descuido se lo hincaba?

Mano de santo, o argumento de niño con muchas leyes. Aquello quedó así, mamá fue incapaz de castigarme. Estoy convencido que se alegró mucho, quiero recordar que un ligero brillo de orgullo nació en sus ojos. Aunque claro, me dijo que los problemas no se arreglaban así y que había que dejar los asuntos de mayores para los mayores, que los niños bastante tenían con sus cosas. Y sí, llevaba razón, por supuesto... Pero, su hijo, el pequeño, entonces no opinaba igual, y los problemas y los desvelos de su madre, si se enteraba, pasaban a ser los suyos. Y la verdad, por aquellos tiempos, era de decisiones rápidas, no me temblaba el pulso. Aunque eso sí, lo reconozco, un poco con el martillo de bola, sí: pesaba mucho.






acróbata



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