sábado, 13 de diciembre de 2014

V




¿Imprime carácter el venir al mundo en el seno de una familia humilde, en una casa humilde, en un barrio humilde, en un lugar epicentro de la nada? Lo pregunto, porque no lo sé.

Ni calentador de agua, ni bañera, ni lavadora y como desagüe del fregadero un cubo que había que vigilar que no se desbordase. En verano, vale, estaba bien, era divertido bañarse en la pila de lavar la ropa. Pero en invierno, qué pereza, eso de tener que hacerlo metido en un barreño en mitad de la cocina y mamá venga a calentar ollas de agua al fuego de la cocina de gas butano. Pobre, ella lavaba, también con todo el frío, a la intemperie, en la pila de la terraza, remangada, empapándose a base de bien, y sin embargo, nunca se quejaba por nada.

En la planta de arriba de esa casa, cuatro muebles escasos, tampoco cogían más, con decir que la terraza era más grande que el resto de la vivienda. Luego abajo, en la planta inferior, vivían otros que nada tenían que ver con nosotros. Un poco estirados me parecían a mí. Pero bueno...

Y qué más cosas en casa: Una tele en blanco y negro, en la que sólo se pillaba la primera, un radiocassete grandote comprado a una vecina que, con la excusa de ver a la familia bajaba todos los años al moro y volvía cargada de chismes para venderlos y así ganarse unas perrillas. Un frigorífico malaleche que soltaba unos calambrazos que te quedabas medio pegado. Mi hermana si le tenía aprecio al jodido “federico”, estaba siempre echando viajes a la cocina a verlo: unas veces porque, como no le gustaban los guisaos, ninguno, peleada por completo con la cuchara que no fuese de postre. Y si no había arroz, con locura— así lo llamaba ella de lo mucho que le gustaba— intentaba sustituir el almuerzo por lonchas de chorizo Revilla. Mamá no la dejaba, y menudas regañinas. Otras, cuando apretaba el calor, para tomar el fresco. Eso decía. Imaginad: lo abría de par en par, se colocaba delante, con su biquini chulo, o incluso sentada dentro y a refrescarse. Más broncas con mamá. Ella era así, mi hermana, todo un carácter.

Otra cosa que tenía aquella casa, era la música, además de las coplas de Peret y sus gitanos, Manolo y su carro o Julio Iglesias, si hacía mucho viento, concierto de flautas y flautines, por todos lados se colaba el aire silbando. Si era de noche a mí me daba un miedo. Estoy convencido que hablaba el viento y cosas bonitas no decía. Y si llovía, pues alegría. Viva la pequeña percusión, qué de goteras, por todas partes. Y mamá venga a poner cubos, ollas, cazos, hasta platos hondos...una risa. El tejado de aquella casa parecía un auténtico colador, más agua que el Titanic hacía. Aunque a ella no le hacía ninguna gracia. Y una vez que granizó, muy asustados. Papá, con una pala, sudando se puso con el frío que hacía, quitando a todo meter el hielo. Temían que del peso nos desplomásemos sobre los de abajo. Hubiese estado bien, con lo tiquismiquis que a mí me parecían. Yo no tenía miedo, casi que quería que siguiesen cayendo bolas de hielo. Era lo más, parecía el suelo de la terraza la pradera nevada de los cuentos de Heidi.

Y esa era la vida en los setenta y primeros ochenta a los pies del cabezo molino —un cabezo en el que ya no existía ni molino— en el número dos de la calle del mismo nombre, esquina con la calle de la Gloria. Una vivienda vieja de solemnidad, que medio se caía a pedazos, por mucho que mamá no se cansaba de adecentar la parte de arriba, nuestro cachito de techo y terraza, que más parecía un palomar que otra cosa. Aquella era una vida de gentes muy humildes en un barrio de pescadores, céntrico, próximo, geográficamente hablando, de la escasa zona noble de la localidad, pero alejado en realidad una barbaridad, por mucho orgullo que ya entonces tuviesen algunos.

La verdad es que no había mucha diferencia entre los vecinos de aquel lugar, todos más o menos por igual en cuanto a pobreza. Si algo, la inmensa mayoría vivían bajo techo propio. Y nosotros, muy felices —yo lo era— pero de alquiler.





acróbata





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