miércoles, 17 de diciembre de 2014

IX




¿No es sorprendente? Mientras respiramos, sobre todo en los primeros años de existencia, en aquellos de inocencia y constantes descubrimientos, qué poco presente tenemos la muerte, cuando todos, absolutamente todos, la llevamos dentro y sí, también, la tenemos a nuestro lado, en cualquier esquina, tras la puerta más inesperada, al acecho.

Como tantas otras tardes salí de casa en busca de mi enemigo íntimo, o mejor dicho, ese pequeño dictadorzuelo bola de sebo, un año mayor que yo, que no tenía para mí esa consideración, aunque yo para él sí. ¿La razón? Sencilla: entre su tiránico gobierno en la calle para con el resto de niños de nuestra edad y la medio anarquía existente, sólo me interponía yo. Y me explico. En mis largas ausencias a consecuencia de los constantes viajes a Madrid, el colega, imponía su ley por la fuerza de sus puños y convertía al resto de niños en auténticos lacayos de sus caprichos. Un matón, eso era. Luego llegaba yo, que conocía de sobra lo que había y lo que acabaría intentando y ya, de buenas a primeras, le dejaba las cosas bien claras. Sabía que no me podía dejar avasallar, pues entonces adiós a la dignidad. Quizá él fuese más fuerte que yo, era un peso pesado criado a base de bocatas de crema de cacao con avellanas y sobrasada, todo junto, a la vez. Pero, por suerte para él, no llevaba el demonio de la impotencia dentro, la rabia que traía yo de tantos días de hospital. Y por eso yo era su enemigo, porque conmigo no podía. Y era íntimo, porque una vez que comprobaba que en esa ocasión tampoco me iba a doblegar a su voluntad, pues tan amigos. Eso sí, nada de verme una debilidad, porque entonces me traía a algún primo suyo de otra calle, a ver si me podía. Una vez me trajo a uno que coincidió que era un buen amigo mío del colegio —el muy liante del gordinflón iba a otra escuela, yo creo que a una de tontos del culo— y cuando su primo vio lo que buscaba, terminó calentándole a él por utilizarle contra un compañero de clase. En fin, así era, el muchacho. Luego, ya en años mozos, acabó bien metido en muy malos rollos, pero ese es otro tema. A lo que iba:

Llegué a la puerta de su casa, que estaba una calle por encima de la mía, al doblar una esquina, y me la encontré abierta de par en par. De dentro salía un murmullo de gentes. Qué raro, pensé. Allí sólo solía estar su madre, otra gordinflona medio tontucia que animaba a su hijo a ser un tirano con el resto de los niños, su hermano menor: un gordito chiquitín criado como una niña — su madre siempre quiso tener la parejita, y en cierto modo se puede decir que lo consiguió, era un amanerado con aires de mariposilla y cada poco disfrazado de Campanilla, o de cualquier otra figurita de cuento— y la vieja mala hostia de su abuela. No es de extrañar que su padre, un buen tipo, sólo apareciese por allí para dormir. Entré dentro, todo decidido y zas, el pastel: bueno, más que algo dulce, me di de morros con algo amargo, desagradable de pantalones. El velatorio de su abuela. Y ahí, en todo el centro de la sala, el ataúd, abierto de par en par, y dentro, la difunta, su abuela. Era la primera vez que yo veía un muerto de verdad, así, de golpe y menuda impresión. Simple y llanamente a mí no me parecía ella. Vamos a ver, era bien reconocible, pero en realidad a mi entender sus manos y sobre todo su cara eran de pergamino, piel pegada al hueso, una calavera con algo de pellejo cubriéndola. Su pelo, una peluca, que no lo sería, pero, de tan repeinada. Y blanca, de una blancura enfermiza, Y eso que en realidad ya estaba más allá de toda enfermedad, bueno y de la salud también. Era como una feísima muñeca de porcelana avejentada. Estaba para una película de terror. Por fortuna tenía los ojos cerrados, no así la boca, que no sé por qué, la tenía ligeramente entreabierta. Parecía que en cualquier momento iba a decir algo, seguramente alguna de sus maldiciones porque le estaban pisando el suelo encerado de la sala. Era impresionante aquella escena. Yo estaba como petrificado, anclado al suelo, fijo, incapaz de moverme, de hablar, de nada más. No sabría decir si era miedo aquello que sentía, o qué. Y entonces se rompió el hechizo: de su boca, entre sus labios sin color, salió como si tal cosa, volando, una mosca. Qué asco. Esa sensación sí que la recuerdo a la perfección. Una mosca común, gorda, negra, zumbona. Seguro que la misma que hacía nada estaría revolviendo en cualquier contenedor de basura. O peor, imaginad: perros, acera...no hace falta especificar, ¿verdad?

No duró mucho aquello, enseguida una vecina, algo más espabilada y con bastante más sensibilidad que el resto, al ver mi cara y que no me movía del sitio, acudió a mi rescate y con mucho tacto, me echó el brazo por encima del hombro y me sacó de allí. Ya en la calle, me acompañó hasta la puerta de mi casa y le contó a mi madre lo sucedido. Y nada, todo se pasa, pero menudo trago, me tiré un poco de tiempo que tenía pesadillas con la escena.

A veces pienso que me afectó más a mí la muerte de su abuela que a él, a mi enemigo íntimo. El muy cafre estaba casi contento: una menos para darle collejas y tirarle de la orejas cuando pisaba lo fregado, ya sólo le quedaba la pusilánime de su madre. Claro que ésta, con confeccionarle a su pequeño, trajes de princesita, ya tenía bastante.








acróbata



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