viernes, 12 de diciembre de 2014

IV




Nada tuvo que ver con el desembarco de Normandía, ni con la llegada del Hombre a la Luna. Tampoco con la caída del Muro de Berlín, ni con el accidente nuclear de Chernóbil. Ni tan siquiera con la conquista de la Selección de una Eurocopa —la de Francia se estaba disputando entonces, quiero recordar— o el Mundial de fútbol. No, nada de eso. Para el mundo fueron unos días más, unos meses más que no cambiaron el rumbo de la Historia. Pero para mí fue un cambio radical, trágico, doloroso. Y ya, nunca, nada, volvió a ser lo mismo, ninguna historia mía, de una manera u otra, ha quedado ajena a aquello. Será que cambié yo tanto por dentro.

Hablar de la muerte de mi madre es tarea pendiente. Algo que alguna vez tendré que acometer de verdad, al detalle, sin tapujos, pero, aún no ha llegado el momento. No puedo. Me faltan fuerzas. A pesar del tiempo transcurrido, a veces cierro los ojos y lo tengo presente. Mas, para que esta historia no nazca ya huérfana, no puedo, no debo obviar lo que más me ha marcado. Aquello cambió tantas cosas: todas a peor, muy a peor, y en el centro del huracán estaba yo, no solo, junto a mis hermanos y mi padre, pero yo era el más pequeño. Sí, y también el más mimado, además de estar enfermo, y la verdad, me sentí muy solo— nunca me había separado de ella, ni un solo día de mi vida que yo recuerde—. Tanto, como para que la soledad arraigase en mí de manera definitiva para siempre, aunque en realidad nunca, o casi nunca, lo esté físicamente.

Todo comenzó en vísperas de un día de San Juan, en el atardecer de un 23 de Junio de 1984. Y alcanzó hasta un primero de Octubre de ese mismo año, en la que una llamada de madrugada a casa —estábamos solos, mis hermanos y yo. Y aún no entiendo cómo pudieron dejarnos solos en esos momentos con la edad que teníamos (16, 13 y 10). Normal que papá no se despegase del hospital, normal que la abuela y el abuelo igual, normal muchas cosas, pero para mí, eso, dejarnos solos en casa, en otra ciudad, a más de una hora de coche, aunque se tratase únicamente de una noche, siempre será difícil de entender teniendo en cuenta las circunstancias— confirmó lo irremediable. Fueron 101 días de lucha, de agonía, en la que junto a la llama de la esperanza común, ella, su luz, se fue apagando. Luchó, sufrió, cómo sufrió, Dios mío, cómo sufrió —yo, que por desgracia sé lo que es permanecer amarrado a una cama de hospital durante meses y con bastantes operaciones a cuestas, no he sufrido nada en mis carnes, nada, comparado con lo que tuvo que pasar ella—. Y para qué, para acabar exhausta a manos de una complicación respiratoria después de tanta lucha. Era imposible que se recuperase. Cualquier cosa, ya al final, hubiese podido con ella. Su fortaleza, la enorme fuerza de sus treinta y seis años, luchando a brazo partido contra lo inevitable, hacía ya que había sido doblegada. ¿Y existe Dios? Y una mierda. Una cosa es morir, otra muy distinta hacer sufrir de esa manera a una persona maravillosa que jamás hizo nada malo a nadie. Todo lo contrario, por donde iba, su sonrisa, su palabra, su luz, lo inundaban todo. Era un ángel. Y no lo digo yo solo. Cualquiera que la conoció lo sabe, aún me lo dicen por la calle. Y esto es todo, basta, no quiero hablar más del tema, no puedo, me rompo.

En fin, la vida sigue, siempre sigue, sumando historias, como si nada y eso es lo bueno y en ocasiones también lo malo. Yo trataré que “Una historia conocida”, que no es otra que la que me ha tocado vivir, también continúe llenando páginas. Queda mucho por contar, lo más duro de narrar ya está, por suerte, aquí queda.







acróbata



2 comentarios:

  1. Me has dado directo al corazón.
    No sé si es verdad o no (ojalá que no), pero es increíble lo frágil que es la vida, tan fina, tan delicada. Un día cualquiera te despiertas pensando que va a ser un gran día y te partes en dos. Independientemente de todo, para los que quedamos aquí, sólo nos toca reír por ellos, por todas esas sonrisas que el mundo se perderá. Revivir a esas personas con cada movimiento.
    Es... desolador, pero también esperanzador. La mejor forma de luchar es demostrarle a la vida lo mucho que quieres a los que se han ido, y lo bien que vives por ellos.
    Un besito (roto).

    Miss Carrousel

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  2. Muchas gracias, Pececilla.

    Ojalá esto sólo fuese imaginación, pero no, es real, tan real, es "Una historia conocida", mi historia.

    Besos.

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