jueves, 11 de diciembre de 2014

III




La verdad es que siempre fue así, desde que me reconozco. Cuando el sol cedía, dando paso a la noche y con sus últimos rayos ardientes prendía la cera de las estrellas, mi lado tierno buscaba las rodillas de mamá y sus brazos. Daba igual que tuviera cuatro, seis, que diez años, no hubo tiempo para más. Papá y los hermanos se reían a veces, porque ya estaba grande, decían. A mí eso me daba lo mismo. Pero una vez que regresaban las luces del nuevo día y ya listo: vestido a gusto de mamá: qué rabia. Bien peinado: qué rabia. Y con las botas limpias: con eso sí que no podía, y en cuanto dejaba el portal de casa, me las pisaba para que no brillasen tanto, era cuestión de personalidad, ahí afuera no quería parecer un niño bien. Ya en el mundo, en la calle, camino del colegio, o a jugar con los amigos del barrio, según el día que fuese, ese niño rubio, con melena, un ángel me decían las señoras que parecía, se transformaba en un pequeño demonio. Y entiéndase como demonio: algo sinvergüenza, echado para adelante, imprudente, irreverente y nada temeroso. Era amigo de mis amigos. Y sí, también enemigo de quien se me cruzaba en el camino buscando encontrarme. Daba lo mismo si era un par o más de años mayor que yo. Mejor en todo caso, pues si me daba canela, era lo normal, pero si le vencía yo, si por casualidad le torcía sus planes de machacarme, y para eso lo mejor era dar primero: una, dos y todas las veces que se pudiese... Ay, amigo, qué vergüenza para él y yo me ganaba el respeto de bastantes. Claro, que eso implicaba otras cosas:

Y luego no podías negarte a lo que tocaba. Y si había que fumarse un cigarrillo con chavales tres o cuatro años mayores que uno, después de un partido de fútbol en el descampado junto a la estación de ferrocarril (mamá me tenía prohibido ir allí), escondidos dentro de algún viejo vagón de mercancías en vía muerta, pues se fumaba. Menudas toses. Y nada de irse de la boca. Aunque luego me arrepintiese y terminase a la noche confesándoselo todo a mamá. Menos mal que ella era mi confidente y nunca se fue de la lengua con otras madres. Eso sí, cómo me hacía sentir, con sólo decirme que la había defraudado. Y que no paraba de darle disgustos. Y que yo no era así. Qué bien me conocía y sabía tocarme la fibra sensible. Pero, luego, pasaba la noche, esa, o quizá unas cuantas más, en las que me pensaba lo de “ser bueno”... Y claro, llegaba un sábado, el día grande de la semana, abandonaba el cálido refugio del hogar dispuesto a correr nuevas aventuras y si el mejor amigo sisaba un quinto de cerveza a su padre, y había que tomárselo en la explanada del puerto, escondidos bajo una barca tumbada boca abajo, para ser hombres, pues el trago más largo era el mío. No podía negarme, ya sería bueno después, en otro momento, a la noche. Y la verdad, el quinto, qué asco: caliente, amarga, cerveza, parecían pipís, o mejor dicho, auténticos meados. 

Y así infinidad de pequeñas fechorías, también unas cuantas peleas a hostias. Era la historia común de todos los chicos. No se pasaba mucho sin que surgiesen combates. Y no, no era violento, pero las circunstancias obligaban a dar o a recibir. Y como encajador nunca fui bueno. Aquellos tiempos no eran estos, ni allá arrimado. Las diferencias a veces se arreglaban rápido, por la fuerza y si te achantabas estabas perdido, inmediatamente te convertías en el saco de boxeo del barrio. Había ferocidad, y no sólo entre niños, pero casi siempre de cara. Claro que también se podía ir con las quejas a los mayores, algunos lo hacían, pero entonces encima de cobarde, pasabas a ser un acusica, y esos sambenitos no te los quitaba ya ni dios. No, mejor dar y recibir, pero al menos ser respetado y valorado. ¿Y querido? Bueno, a mí ese no me quitaba el sueño, con que me quisiesen en casa y las chicas guapas, sobre todo una en especial. No sé si me querían, pero feo no era. Y esa... Y aunque entonces no se pasaba del “ese te gusta, o esa te gusta” del resto de chavales (Celestinas y Celestinos siempre ha habido), la manita de ella en mi manita en la oscuridad del cine y el ruborizarse cada dos por tres en presencia de las risas de los demás, he de decir, sin ánimo de presumir, que yo entonces-igual sigo-era muy cariñoso y algún beso en los labios me llevé antes de cumplir la decena de años. Nada, apenas un roce, pero aquello significaba mucho. Era toda una declaración de amor eterno. Menuda eternidad. Por fortuna breve y pronto sustituida por otras eternidades iguales o menos de longevas.


Ahora que lo pienso, después de contar todo ésto, en aquellos años, los U2, aún no existían como grupo y qué decir tiene que su mejor álbum: “Achtung Baby”, no lo tenían ni por asomo en la cabeza. Y sin embargo, ya en mi personalidad asomaba el acróbata. Siempre en el equilibrio de los dos lados: la luz y la oscuridad, esa tan atrayente que me invita a dejarme llevar. Y yo me dejo, pero nunca del todo. Sólo, lo justo y necesario.


acróbata






No hay comentarios:

Publicar un comentario