jueves, 11 de diciembre de 2014

II




Un par de camas con los somieres de muelles vencidos por el paso del tiempo y de gentes. Una mesita de noche entre ellas. Un pequeño armario de dos puertas: castaño, barroco, feo, que en la oscuridad de las horas sin luz parecía un auténtico monstruo antidiluviano. Una mesa de formica, de las que tenían una hoja con bisagras para ensancharla un poco. Un par de sillas de esas de cocina: patas metálicas, asiento duro, a juego con la mesa. Y poco más: una bombilla de cuarenta vatios enroscada en un casquillo que colgaba de un hilo del amarillento techo, aquellas mantas pesadas de reserva por si apretaba el frío y había que echárselas por encima, aunque bajo su peso te sintieses casi enterrado en vida junto con una mortaja de sábanas ásperas como pliegos de lija. Y lo que nosotros llevábamos: una maleta marrón llena de ropa, una radio de mano, un pequeño infiernillo donde cocinar algo, la hermosa juventud de ella, la niñez mía, amor de madre a hijo y de mí a ella y esperanza: mucha, toda.

Aquella pequeña habitación en la pensión de la calle Guzmán el Bueno, ni televisión tenía. Con suerte, si no la pillábamos llena y podíamos escoger cuarto, entonces tomábamos uno que diese su ventana al exterior, a la calle. Era entretenido, siempre pasaba gente a la que observar e inventarles vidas. Menuda imaginación tenía yo entonces, mamá sonreía mucho con todo aquello, cuando me ponía a contarle la vida de aquella mujer, o ese otro tipo, que pasaban por allí, casi siempre con prisas, todo el mundo tenía prisa en la ciudad (algunas cosas nunca cambian). Si no teníamos fortuna y las habitaciones exteriores de la casa estaban ya ocupadas, tocaba conformarse con las vistas a un patio de luces, donde en sus bajos con el paso de los años fueron desfilando distintos negocios: una tienda de ultramarinos, una lavandería, un gimnasio de kung-fu. Ángel, el casero, un tipo mayor con cara de rata de alcantarilla y aires de señorito, se quejaba de todos: Mala gente, todos malas gentes, eso decía. Claro, que, quién era bueno para él. Nadie, ni su mujer, ni sus hijos, y menos sus nietos: un par de niños remilgados, repelentes, con cara de ratoncitos.

Días, semanas, meses, visitas a la clínica: al traumatólogo, al ortopeda, pruebas y más pruebas. Paseos por Princesa mirando escaparates, los parques cercanos a la Plaza de Cristo Rey donde tomar un poco el aire y el sol, el kiosko de la esquina de abajo de la pensión: El Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas, alguna sopa de letras, los cuadernillos de Rubio...Y las horas muertas en la habitación de la pensión escuchando la radio, leyendo, jugando, haciendo deberes, aburriéndome como una ostra. Y mamá, siempre mamá, ahí conmigo, o mejor, yo con ella.

Siempre hacía frío en el Madrid de mi infancia. Y todos los días el cielo estaba gris (a veces arrancaba a llover y parecía que no iba a parar, pero lo hacía, vaya si lo hacía, lo que no pudieran aquellos brazos, aquella voz suya...) Eso sentía yo entonces. Sin embargo, ahora, desde la enorme distancia que me separa de aquel lugar de mi memoria, sé que también lucia el sol y el calor reinaba y no poco. Era feliz, aunque ni lo pensaba. Estaba la fe, una reserva infinita, intacta, en un mejor mañana. Y estaba mamá. Y ya con eso el mundo, aquel mundo del siglo pasado, era un lugar que merecía la pena.






acróbata





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