miércoles, 10 de diciembre de 2014

I



Sioux, Apaches, Pies Negros, Navajos...Y la Unión. En la conquista del salvaje Oeste siempre me decanté por la nación india. Y tras cada sesión de cine, en la que los pieles rojas eran masacrados por el hombre blanco de corazón negro, yo, dolido, enojado y en silencio, juraba venganza.

Luego, de vacaciones, en la casa de campo de los abuelos, junto a la lumbre de aquella chimenea que presidia la sala, aprovechando los descuidos de los mayores... Uno tras otro, los soldaditos azules del fuerte de mi padrino, eran ajusticiados por la mano inocente de un niño de seis o siete años. Mientras, los indios, bien colocados en fila de a uno, frente al fuego, asistían callados al espectáculo.

Y cómo ardían, con qué muecas demoníacas se retorcían. Se derretían con un último fogonazo amarillo que los unía, convertidos en plástico irreconocible, a la ceniza de aquellas brasas al rojo vivo.

A mi tío casi lo dejo sin ejército de la Unión. Sólo indios y más indios, salvajes, libres, al galope de sus caballos pintos por las grandes llanuras del salón familiar. Tampoco sirvió de mucho: el enfado de la abuela, el enfado de mamá, el enfado veinteañero del tío y diría que la media sonrisa disimulada del abuelo. Ya de lejos me viene el inclinarme del lado de los perdedores. Parece inevitable. Debe de ser mi naturaleza.






acróbata


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