sábado, 22 de noviembre de 2014

La inspección





La funcionaria tenía delante suya, en la pantalla, todos sus datos: nombre, dirección, estado civil, profesión, todo. Incluso su número de teléfono personal y correo electrónico. Y sin embargo se entretuvo en pedírselos otra vez, poco a poco y bien detallados, como gozando del momento.

Por qué.

A la noche siguiente se presentó en su casa: gabardina, tacones de aguja, pendientes de aro, unas gotas de perfume y debajo piel y ganas, muchas ganas.
Llamó a la puerta, decidida, con insistencia y ante la sorpresa que levantó en la mujer que le abrió y no le franqueaba el paso, soltó por su boca de matadora:

—Vengo a follarme a tu marido. Me gusta y voy a tirármelo. Ahora, esta misma noche, en su propia casa, en tu cama.

La pobre no daba crédito a lo que estaba escuchandopero, ¿y los niños? era madre de dos criaturas y fue lo primero que se le vino a la cabeza.

No, a los niños, no. Qué te has creído, que soy una degenerada. Los coges y te los llevas o si prefieres los duermes y luego ya decides: si quieres mirar o no es cosa tuya. A mí me da igual. Eso sí, no quiero interrupciones, que luego me cuesta un mundo llegar y no me apetece usar lubricantes.

Apartó el brazo de la mujer del marco de la puerta, entró dentro y ésta, la obligada anfitriona, corriendo por el pasillo, con el corazón desbocado, a punto de salírsele por la boca, llamó imperiosamente a su marido:

Cariño, rápido, los niños, vístelos y llama a tu madre para que venga enseguida a por ellos.

Qué contestó él, pero si son las ocho y mamá a lo mejor ya estará con el pijama puesto y viendo la tele el hombre de la casa no tenía ni idea de lo que pasaba.

Me da igual, haz ahora mismo lo que has oído. Y ya, que no tenemos tiempo que perder exclamó visiblemente alterada.

Pero por qué, qué pasa y saliendo del cuarto de baño, aún con el albornoz a medio abrochar y restregando con una toalla su cabello, comprobó los motivos: la funcionaria, que ya había tomado posesión de la sala, y ahí que estaba, sirviéndose una copa en vaso de tubo. La gabardina que llevaba lucía medio desabotonada, sin mostrar mucho, aparte de unas piernas kilométricas que parecían conducir directamente al Paraíso, pero insinuando todo y más. Y esa mirada, desafiante, felina, dispuesta a dar guerra.

Y entonces, su mujer:

Porque esta noche va a ser épica, y como no me la pienso perder, no querrás que los niños queden traumatizados en su tierna infancia, ¿verdad? Tu madre, y que no tarde, nada de autobuses, que coja un taxi y se lo pagas. O mejor, llama tú a la parada y que vaya a recogerla.

Ante lo inevitable mejor no oponerse. De todos modos iba a suceder. Eso pensaba la señora de la casa. Y sí, fue algo para no olvidar: truenos, relámpagos, centellas, labios, piel, uñas...tres cuerpos, al final sólo dos, interpretando complicadísimas partituras para instrumentos de viento y percusión. Todo un recital de música bajo los aguaceros ardientes que cada poco sacudían aquella cama transportada por arte de magia a los trópicos.

Tanto dio de si la inesperada visita, que aquello acabó a la mañana siguiente en demanda de divorcio. La funcionaria y su mujer, que se enamoraron la una de la otra como dos gatas en celo. Estaba claro, eran tal para cual.






acróbata



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