jueves, 13 de noviembre de 2014

Gancho de izquierdas.





Él ya empinaba el codo de antes: viernes, sábados y domingos. Y la resaca le alcanzaba hasta bien avanzado el martes. Así que era persona sólo miércoles y jueves. Y no todos, mandaba el calendario. Si caía alguna fiesta de guardar precisamente en ese par de días insulsos, él no se guardaba nada. Para qué. La verdad, sereno o sin el martillo de la deshidratación golpeando duro en sus sesos, era gris, callado y aburrido. Un tipo más. Uno sin historia, sin chispa, sin literatura, de los que tanto abundan y nada esperan de la vida. Pero entonces conoció a Lilith: una casi cuarentona que tenía unos ojos verdes sin edad, unas piernas como una de treinta y pocos, un culo desafiante al igual que las veinteañeras, un vientre plano como una tabla de planchar, unas tetas tiesas de tía de dieciocho y la calentura de un asadero de pollos en hora punta, o eso le parecía a él. Es decir un bombón—relleno de licor, por supuesto—.

Lilith echaba horas de limpiadora municipal y casi a diario le tocaba hacer la biblioteca pública. Las fijas no querían saber nada con aquel lugar. Cerraba muy tarde y abría temprano, por lo que había que alargar la jornada hasta las tantas o en su defecto madrugar mucho y eso no lo pagaban como un extra. Normalmente se ponía con la faena nada más cerrar y se le hacía medianoche, o más, para terminar. Podría haberlo hecho de madrugada, antes de abrir, pero le venía mejor ese horario. Así podía levantar ella a los niños por la mañana y llevarlos al colegio. Además, le gustaba trabajar sin prisas, en soledad. Se colocaba los cascos a todo volumen y a golpe de rock and roll se lanzaba a la faena. Así era ella, pura energía y decisión.

Lo pensó y no hallaba mejor manera de abordarla y declararle su amor, nada platónico, más bien sucio y mojado, precisamente ahí, entre la soledad de miles de voces que callan y callan lo que no está escrito. Para ello se escondía entre las estanterías un poco antes de la hora de cierre y permanecía oculto entre libros hasta que ya no quedaba nadie. Y ya solos, en la intimidad de aquel lugar mágico, aguardaba el momento oportuno para abordarla por sorpresa. Que nadie piense mal, era inofensivo, como un conejillo de indias. Cuando trazaba planes de abordaje ni se le pasaba por la cabeza forzarla a nada. Era sólo declararle sus sentimientos y esperar que ella los compartiese. Ya, un poco infantil. Y encima tímido, lo cual conseguía que nunca diese con el instante adecuado. Siempre hallaba algún inconveniente: Igual la veía con mala cara—¿estaría ovulando?— que de pronto le entraba el temor al rechazo. Y cuando no, mientras la observaba agazapado en las sombras, se quedaba dormido—eso pasaba mucho—. Ya se sabe, la tensión y sobre todo la falta de sueño: tanto cambio de turno en el trabajo ese eventual de mierda que tenía, lo llevaban siempre trastornado en cuanto al régimen del sueño y la actividad.

Pasaban los días y no había manera que diese con la oportunidad. Nada, que no se decidía. Incluso ya se planteaba conformarse con esa relación. Tampoco estaba tan mal ese tipo de amor nada carnal, así se consolaba. Comenzaba a entender a los poetas románticos del pasado. Por supuesto nada de pegarse un tiro, habiendo mano diestra. Lo único que a ratos, desde su escondrijo, cuando no podía verla moverse con esa soltura y sensualidad, se aburría terriblemente. Entonces se le ocurrió su salvación, <<ya que estaba entre libros, qué mejor que leerlos>>. Sin orden ni concierto, libros y más libros. Alargaba la mano, palpaba y el primero que le decía algo al tacto ese que elegía. Sí, una manera extraña la suya de decantarse por una u otra obra. Pero siempre se consideró un tío muy de tocar, carnal en extremo. Algunos autores le decían algo, otros nada y con la inmensa mayoría se quedaba frito. Hasta que llegó la noche, aquella noche especialmente movida, en la que tuvo que cambiar de escondrijo más veces de la habitual para no ser pillado por Lilith. Y en uno de esos cambios, cuando estaba junto a la estantería de la B, sin saber cómo, un libro se le vino encima y le atizó en todo el mentón. Fue como un gancho de izquierdas de un peso pesado. Por fortuna no le dio de lleno. Y ya entre sus manos, lo abrió, comenzó a ojearlo. En la solapa venía la foto del autor: era un tío feo de cojones; gordo; con la cara como un campo de minas a cielo abierto reventadas de mala manera; boca grande, soez, lasciva; un cacho nariz impresionante, porrona, venosa, colorada de más; sus ojos, dos canicas con un brillo travieso de niño grande; cabello ralo, despeinado. Ese tío tenía un careto de vividor que no podía con él. Joder, le recordaba a alguien y no caía a quién.

Decidió comenzar a leer el puto libro, ya que le había atizado a ver qué más podía hacerle. Después lo haría pedazos, con sus propias manos, por lo del golpe a traición. Sólo necesitó la primera hoja para darse cuenta que era distinto. Tenía vida. Hablaba de lo de ahí afuera, del mundo. Menudas historias contaba, tan reales. Nada de sandeces para nenazas. Se bebió aquel libro de un tirón. Sin prestar atención al resto, ni tan siquiera a Lilith, que a punto estuvo de pillarle con las manos en la masa. Y en una semana ya se había metido en el buche todo lo que allí encontró de ese tal C.B.

Sí, su vida ya no sería la misma después del descubrimiento. Había cambiado para siempre. Ahora sabía que lo mejor para evitar las resacas tan tremebundas y ese par de días de mierda, anodinos, aburridos, sin fuegos artificiales, en los que de verdad intentaba amoldarse y ser un muermo más. Aquellos dos días famosos de miércoles y jueves, sólo podían ser evitados bebiendo a diario, sin descanso, como una esponja, mientras el cuerpo aguantase. Botella o muerte, venceremos. Ese pasó a ser su lema de guerra. También aprendió más cosas que enseguida puso en práctica.

No necesitó pensar mucho acerca del momento bueno para asaltar a Lilith, a las primeras de cambio salió de golpe de su escondrijo, así, sin más. Y aunque ella le soltó un cachiporrazo con el palo de la fregona en toda la cabeza que le abrió una buena brecha, la compasión, su juventud bien proporcionada y sobre todo la botella de vodka 7 que llevaba consigo para homenajear a su Venus del amor, le ablandaron el pecho y sobre todo le abrieron lo suficiente las piernas a Lilith, aquella mujer toda fuego, para hacérselo tres veces esa noche sobre la mesa forrada de la biblotecaria. Le daba morbo aquella mesa, ya desde que la vio por primera vez y no precisamente ahí, sino en su lugar de procedencia. Menudo final de alcohol y fuego, de incendio tras incendio, de escándalo, para esas largas jornadas de espionaje, indecisión y descubrimientos.

No es de extrañar, que a la mañana siguiente, la madura funcionaria encargada de aquel lugar, se pasase su jornada laboral pensando que allí olía raro: ¿A realismo sucio?, quizá. Sabía perfectamente a qué, a sexo salvaje, pero mejor callaba, se relamía roja de vergüenza y rememoraba los viejos tiempos. Los de su juventud rebelde en los que fue capaz de cruzarse el charco, telefonear al viejo poeta desde el aeropuerto de esa ciudad tan cerca del cielo y una vez en su destartalada casa, bajo la atenta mirada de un buen puñado de gatos rubios, tirarse al irrepetible tío Hank. Luego regresó a casa, o mejor dicho, regresaron a casa, ella y la futura criatura que nacería de sus entrañas. El origen en los tiempos presentes de sus desvelos. Qué iba a hacer con su chico, ya fuera de la adolescencia y sin embargo en ese trabajo de mierda a turnos, y cuando no borracho y buscando problemas. Era igualito a su padre y eso que nadie sabía lo de su gran secreto. Pero bueno, eso es otra historia demasiado larga para contarla aquí.






acróbata




2 comentarios:

  1. Todo en la vida tiene un camino.

    Me encantan los personajes. Ahora, espero esa otra historia....

    Buen día!

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