martes, 18 de noviembre de 2014

Fui un canalla.




No me había hecho nada
pero me caía mal
por empollón
por blando
por niño bien.

Repito:
Nada, nunca me hizo
nada, ni el más mínimo desprecio.

Y sin embargo.

Me crucé con él
por el paseo,
ambos en bicicleta
y sin pensármelo,
así, sin más,
le aticé un buen empujón.

Fue a dar con sus huesos
en el asfalto.
Por fortuna no se hizo daño
-quizá algún rasguño,
no lo sé, la verdad-.

No hizo falta que dijera mucho:
su mirada
su sorpresa
su cara de dolor
su por qué
a mí me mataron
un poco por dentro.

Y no supe qué decir
qué hacer.
Me largué de allí
dejándolo solo
dolorido
y con su bicicleta aún tirada
en mitad de la calle.

Fui un canalla.

Y todavía hoy,
después de tantos años,
me duele el recordarlo.

Este pasado verano
en una cena de esas,
de viejos compañeros de instituto,
estuve hablando con él un buen rato
y lo pensé
pero no fui capaz de pedirle perdón.






acróbata


2 comentarios:

  1. Oh, pues una lástima. Quizá valga con dedicarle tu poema.

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  2. No, eso es algo entre él y yo. Le pediré perdón, lo tengo que hacer. Nunca dijo nada de aquel suceso. Y yo es la primera vez que lo hago.

    Gracias, Anita, por tus palabras.

    Un abrazo.

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