lunes, 24 de noviembre de 2014

Entregado al amor de las olas.



Ahora que puedo, que el día entero se ha convertido en imperio y yo en su emperador, en cuanto pasan los meses del estío y el ruido, de huellas confundidas por la arena, me gusta buscar los rincones menos visitados, las calas solitarias y en silencio que me quedan cerca. Un paseo descalzo por la orilla, la mirada perdida en el infinito tras el vuelo de los alcatraces y la mente en azul. Alguna que otra piedra laja, con aspiraciones de golondrina de mar, al vuelo: uno, dos, tres...hasta seis o siete saltos he contado a veces sobre las aguas hasta convertirse en ausencia y olvido. Y luego, si así me lo reclama el cuerpo o se empeña la cabeza, un baño como mejor se gozan los baños, como vine al mundo y como espero marchar en un día bien lejano: desnudo de polvo y ropa; cubierto de eternidad e historias; entregado al amor de las olas.

Me hierve la piel, se estremece todo mi cuerpo y el corazón bombeando incendios al son de un tambor a manos de un niño travieso. El frío me recuerda quién soy: apenas nada, una moneda al aire, una pequeña piedra de salto en salto, un fuego finito que se extingue, pero aún resiste a las invitaciones de Caronte.





acróbata



2 comentarios:

  1. Me gustaría felicitarte por lo que cuentas a través de la sutileza de cada palabra y como trasladas al lector a la escena dando forma a un silencio compartido con el mar que siempre acompaña como testigo los pensamientos que en él se derraman.

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