sábado, 15 de noviembre de 2014

En este lugar.




Quizá un poco tarde, pero ahí estás. Puedo verte. De memoria conozco tu silueta. Vienes caminando hacía aquí, a este lugar tan nuestro. Una luz te guía. Te sientas a mi lado, haciéndote la despistada, como si no me hubieras visto, como si no me reconocieras. Estamos en silencio, rodeados de oscuridad y anonimato. A saber cuántos ojos ignorantes a nuestro alrededor. Cuántas conciencias adormecidas, hipnotizadas, quizá. Sé que la tuya no. Te conozco, puedo leer en el libro abierto de tus silencios, tú me enseñaste. Sé que tus ojos me esquivan porque mirarme sería perderte. Entregarte al enemigo en el campo de batalla, así lo dirías tú con esa sonrisa maliciosa llenando tu boca.

Pasan apenas unos instantes. Cuántos, cuántos habrán sido. No muchos, creo, pero a mí se me han hecho eternos. <<¿Y a ti?>> Por supuesto no te lo pregunto. Imposible. Sólo ha sido un pensamiento que cruza fugaz mi mente. Entonces tu brazo toca mi brazo. Un estremecimiento me recorre. Siento una descarga eléctrica de arriba a abajo erizando cada poro de mi piel. Parece no tener fin esta sensación, hasta que, como antaño, se atrinchera, se hace fuerte en mi nuca. Comienzo a sudar. Qué hacer. Nada, no puedo hacer nada. Intento convencerme a mi mismo: habrá sido casualidad. Así estoy, conformándome, intentando no parecer alterado. Lo último comprometerte.

Ahora tu mano en mi rodilla. Ha sido un leve roce, apenas un toquecito, una llamada de atención. No ha sido casualidad. Imposible. Estoy seguro. Te miro. Percibo la agitación de tu pecho. Tu respiración a través del oscilar de tu escote. El brillo de tus labios húmedos, ligeramente entreabiertos. Continúas sin mirarme, sin girar tu rostro hacía mí. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Qué nueva sorpresa debo esperar de ti? Esto me pregunto. Sé que ese ligero tocamiento ha sido una invitación. Nada en ti, entre tú y yo es casualidad. Nunca lo fue. Pero decido resistir. Me resulta muy difícil hacerlo, casi imposible. Incluso pienso en levantarme y marchar. Sería lo apropiado, pero no puedo. Soy débil, mucho más que tú. Mientras resisto la tentación y decido qué hacer, tú agarras mi mano y la guías a tus piernas. Siempre fuiste más decidida que yo, más imprudente, también. Mi mano acaricia tu rodilla desnuda. Te quitas el pañuelo que llevas al cuello y lo colocas en tu regazo, tapando mi mano. Ahora asciendo, sin prisa, sin pausa, disfrutando cada instante, cada lugar oculto de tus muslos. Siento el fuego crecer: el tuyo y el mío. Mis dedos buscan el cielo, el origen de tu deseo. La suavidad de tu piel, la firmeza de tu carne, todo en mi tacto. Encuentro la morada del Minotauro, el centro del laberinto. Tu agitación, tu humedad, tu incendio, han sido el hilo de Ariadna que me ha guiado. Sin él igual lo hubiese hallado, no albergamos duda. Te muerdes los labios, continúas con tu cara al frente. Tu mirada perdida por mucho que disimules. Tus ojos parecerán contemplar lo de ahí adelante, eso que poco te dice, que nada nos importa.
En mí también crece el fuego. Amenaza con desbordarse en cualquier momento. ¿Podré resistirlo? Ahora agarras con fuerza mi brazo, no me dejas detenerme-no pensaba hacerlo.- Clavas tus uñas en mi piel, siento como casi la penetran haciéndome sangrar. No quieres que me detenga. Mueres porque no lo haga. Tranquila, no lo voy a hacer. Ya no, es demasiado tarde, no podría aunque quisiera, tu voluntad me domina.

Te giras hacía mí, un instante, un solo momento: tu boca es un volcán de lava, tus ojos son dos pozos en llamas y de tus párpados escapan dos enormes lágrimas, ya negras por tus mejillas ruborizadas. Estás cerca, muy cerca. El desenlace ahí mismo. Entonces cae la bomba. Explota. Un tremendo fogonazo cegándolo todo. La ciudad entera está en llamas. Muerdes con fuerza tus labios, te tensas por momentos, percibo como curvas ligeramente la espalda, (por mucho que trates de evitarlo puedo notarlo). Estás, mojas por completo mis dedos, toda mi mano, das un suspiro y poco a poco tu cuerpo se destensa. Aflojas la presión de tus dedos sobre mi brazo, tomas con ternura mi mano con la tuya y la retiras de tu cuerpo.

Todo ha terminado, o casi. Es el fin, encienden las luces. Tienes el rímel corrido y el amor pintado en el rostro. La gente comienza a levantarse para marchar. Yo decido permanecer sentado. Imposible no hacerlo. Esperaré a que se vacíe la sala para levantarme y salir fuera. Tu marido también se levanta, justo al mismo tiempo que tú y te dice:

-Cariño, te has emocionado.

Tú, sin muchas ganas de hablar, le contestas:

-Sí, ese final.

Entonces él se percata de mi presencia, me saluda y añade:

-Qué casualidad, hemos venido a sentarnos justo aquí, a tu lado.

-Sí.- Le contesto yo. Y no digo más.

Tú no dices nada, tomas a tu marido del brazo y le invitas a marchar. Él, algo violento por tu actitud, te disculpa:

-Perdónala, está muy emocionada. La película. Ella es así, la conoceré yo.

No digo nada, asiento con un ligero ademán y aquí quedo, en este lugar: en silencio, frío y solo, después de todo.





acróbata







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