martes, 11 de noviembre de 2014

El pan nuestro.




Aquella familia estaba llena de costumbres extrañísimas para él, sobre todo en lo referente al pan: que si cruces con la navaja antes de partirlo; que si nada de ponerlo boca abajo en la mesa, casi nerviosos que se ponían con eso; y la más simpática para su parecer, darle besos al cacho sobrante antes de echarlo al plato una vez saciada el hambre. Incomprensible, pero estaba dispuesto a encajar, le iba su futuro junto a la hija mayor, o eso creía.

Una vez superada la primera timidez, y las contestaciones casi monosílabas ante el tercer grado al que fue sometido por parte de sus anfitriones, sentados a la mesa en el día del Señor, le pidió al cabeza de la casa que le permitiera partir el pan. Y lo hizo, vaya que si lo hizo, pero no se conformó con una simple cruz. Él era un artista con el dibujo a mano alzada y menudo pentagrama invertido que le tatuó a la hogaza en todo el centro. Luego, henchido de orgullo, tras mostrarla a los ojos atónitos que no sabían qué decir, al ir a dejarla sobre la mesa, vino ésta a tumbarse y cuando ya casi estaba boca abajo, él, más rápido que el viento, de un manotazo (excesivo manotazo) se la estampó en los morros a su futura suegra. Por fortuna pudo contenerse la carcajada y le alcanzó para poner una mueca que bien podía pasar por estupor.

Y ya para finalizar, intentando arreglar lo que no tenía solución, no conforme con un ligero roce de labios a su cacho sobrante de pan, al igual que hacían los demás, echó el resto y bien que le metió la lengua hasta el fondo, hasta mojar de saliva toda la miga y aparecer con los morros blancos, pero blancos, de harina y grumos de corteza que parecían deshacerse en su boca.

A ellos nunca se los ganó, le consideraban un loco, además de un pervertido, pero a la chavala sí. Era una mujer rebelde. Y pensaba la muy pilla que si era capaz de hacer todo eso estando delante sus padres y hermanos, y hasta la abuela, qué no podría hacer(le) en la intimidad.







acróbata




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