lunes, 17 de noviembre de 2014

Cinco copias a doble espacio.





Ya está, cómo no se me había ocurrido antes. ¡Santa imaginación! ¡Dios de mis neuronas!, dónde estabais. Qué fácil. Sólo había que acercarse allí, pedirles lo necesario: unas cuantas decenas, quizá una centena, enriquecerlos con la receta propia y a esperar, mientras se pensaba en notas de agradecimientos, discursos festivos, etc, etc. Por supuesto si había que pagarlos se pagaban, los folios, digo, pues no es otra cosa lo que buscaba. Eso sí, imprescindible que todos llevasen bien clarito el inconfundible sello de autenticidad. Tenía que quedar bien patente su procedencia, el pedigrí que certificaba su origen noble, ¡el membrete!

Se acabó eso de dejarlo todo en manos del qué, el cuánto, el cómo o el cuál, era momento de ir más allá, de echar toda la carne al asador. Y plegarse a la “suerte” del dónde. Y desde luego aquel lugar era mágico.

Y hacía allí que encaminé mis pasos. No se me ocurrió otra manera de lograr mis propósitos. Más de media mañana esperando a que me atendieran, las cosas de palacio, que van sin prisa. Tranquilas, a base de bostezos de oso, de pasos de tortuga coja y deprimida. Y una vez que estaba frente a la funcionaria: una mujer seca como mazo de esparto, envarada, al igual que el palo de la fregona y con el carácter agrio de un limón verde, ante mi petición, puso cara de sargento legionario y con un simple: “no”, me despidió sin contemplaciones.

Qué iba a hacer, ¿rendirme? Imposible, soy un tipo con determinación. Aquello había sido un duro golpe, sin duda, pero no conseguirían que desistiera, nadie. Sí, había pecado de ingenuidad, una vez más. Había que idear un plan alternativo y rápido, porque el tiempo, las fechas de entrega, la vida, que se me escapaba de las manos, eso pensaba y sigo pensando. ¿Acaso no es cierto?

No sé si fue la cerveza o quizá las anchoas en vinagre, pero algo se me subió y me puse de un valiente que tiraba para atrás. Y no se me ocurrió otra cosa que un asalto en toda regla. Me descolgaría por la fachada trasera-la delantera estaba siempre iluminada- y aprovechando la noche penetraría por una de las ventanas de las plantas intermedias.

Cualquier otro hubiese pensado que necesitaba un plano del edificio en cuestión para saber a qué estancia accedía. No era mi caso, cualquiera me valía. Joder, lo que necesitaba de aquel lugar estaría por todas partes, los habría a cientos, que digo a cientos, a miles, allí donde hubiese un despacho. Y si algo había en aquel lugar eran despachos. Otra cosa, no, pero papel nunca puede faltar en las oficinas.

Costó un huevo hacerse con una cuerda fiable. No porque fuese difícil de conseguir, sino porque qué precios tienen esas finas de escalada. Las otras, las económicas, eran gruesas y pesadas, como el brazo, qué digo como el brazo, como el muslo de un atleta. Parecían maromas para amarrar buques de carga al puerto. Y con un metro de cuerda ya casi que se llenaba la mochila. Y necesitaba unos diez metros, más o menos.

La verdad, qué plan más absurdo. Las anchoas, seguro, algo tendrían que ver, porque cerveza bebo casi a diario y nunca me ha nublado de esa manera la razón. ¿Sería el anisakis? En fin, putos gusanos. A ver si van a ser peor que los del mezcal.

Fue una noche sin luna, claro. Y se me olvidó echarme un linterna. Y también agua, y un bocata, o algo con lo que entretener al estómago. Chicles si llevaba y gracias. Porque, para poder colarme en la azotea sin levantar sospecha, tuve que hacerlo bien temprano y ahí que permanecí sus buenas horas. Por poco pillo una insolación. Ya, era a finales del otoño, pero en estas latitudes. Después amarré, lo mejor que supe, un extremo de la cuerda a una de las torres de refrigeración. Por fortuna para mí, antes de descolgarme, probé la consistencia del nudo realizado. Éste perfecto, sólido, digno de un buen marino, no así lo que se suponía el punto fijo. Qué ruina, un simple tirón seco y trabajo de mantenimiento que dejé allí. Cómo pueden hacer las cosas así. Hubo que buscar otro lugar donde amarrar la cuerda. Y se encontró, costó, mucho, y tras bastantes pruebas que dejaron unos cuantos desperfectos de consideración. Bueno, ya tienen trabajo los albañiles.

Me descolgué con mucho cuidado y por suerte para mí no respiro por la cintura, ni por la entrepierna (ay, qué dolor), ni por los tobillos. Qué lío. Menos mal que en todo momento estuve bien sujeto por la diosa fortuna. Putas anchoas, qué llevarían, el vinagre, seguro. A saber qué graduación tendría, pues cómo me afectó para tomar decisiones tan poco consensuadas con la almohada, tan arriesgadas. Tan: ay, madre, esto es el fin, adiós vida, bienvenida tortilla de aspirante a algo.

No creo que sea necesario añadir que no acabé entrando por la ventana planeada. Y no, tampoco tras realizar un boquete con la herramienta que le sisé a un cristalero amigo. Penetré a lo bruto, porque sí, de una vez, efecto péndulo, creo que lo llaman a ese balanceo. En mi caso descontrolado, caótico, nada que ver con una órbita predecible. Y, ¿a que no sabéis qué? Pues que no era un despacho. Se trataba de un cuarto de baño. Y lo mejor, cerrado con llave. No lo entiendo, aún continúo dándole vueltas al asunto y no doy con la clave que me lo aclare: Para qué, por qué, a quién, y mil preguntas más: qué hace un cuarto de baño cerrado con llave. No creo en conserjes tan detallistas. Algo me huele mal, aún hoy, y no creo que fuese la persistencia de aquel olor nauseabundo a consecuencia de la cisterna averiada.

Imposible salir de allí. Esa puerta parecía blindada. Por fortuna, o mal menor, según se mire, también los rollos de papel higiénico tenían membrete de aquella institución cultural con tan jugosos fondos públicos destinados a subvenciones, o eso se ha tenido hasta ahora por cierto. Me hice de unos cuantos rollos, todos los que pude. Y jugándome los tobillos salté hasta el suelo (un metro habría desde aquella ventana destrozada por mi humanidad a modo de ariete, hasta la calle de atrás del instituto). Me hice un esguince, por supuesto. Pero ya he mandado lo mío a un montón de concursos de esos, de los que piden plica y toda esa pesca y siempre premian a los mejores.

En fin, ha merecido la pena, soy un puto genio, algo atrevido de más y puede que inconstante, pero irrepetible. Ahora a esperar laureles. No creo que se atrevan a usar ese papel para lo que en realidad fue fabricado. No, seguro que no.

Ya veremos...





acróbata



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