miércoles, 29 de octubre de 2014

Ginés el cabrero.




No sabía leer. No sabía escribir.
Y ni falta que le hacía.
Era pastor desde los siete años
y le importaban dos cojones
las cosas del mundo.

Sólo temía al amo Antonio
-así lo llamaba él-
y a la guardia civil.

Campo. Campo. Campo.
Y los domingos por la tarde
la partida en el bar
su Real Madrid
y Estrellita
una puta avejentada
entrada en carnes
que menudos muslitos tenía
-eso decía relamiéndose.-

Ya el resto de la semana
se iba apañando
con las cabras preñadas
que se les ponía aquello
como el culo de las zagalas jóvenes.







acróbata





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